Iscuandé

Iscuandé

Enero 18, 2012 - 12:00 a.m. Por: Alberto Silva

En un puntico perdido en la inmensa selva de la costa nariñense del Pacífico colombiano, muy cercano al límite con el departamento del Cauca, se encuentra el puerto fluvial de Iscuandé, sobre el río del mismo nombre, hoy conocido como Santa Bárbara de Iscuandé. A unos cinco kilómetros de ahí, aguas abajo, antes de entregarse el río al mar, se ofició la primera batalla naval de la Independencia de Colombia, el 29 de enero de 1812, cuyo Bicentenario se cumple dentro de diez días.De acuerdo con el habitual desdén del Estado colombiano por estos asuntos de la Historia Patria, esta sería otra fecha insignificante más, considerándola con respecto a un 20 de Julio o un 7 de Agosto. Cuán lejos de la realidad. Todo por el desconocimiento del protagonismo de las provincias durante las gestas libertarias del país. Pero la Batalla Naval de Iscuandé es de especial importancia porque en ella los protagonistas patriotas fueron 190 vallecaucanos comandados por el coronel santafereño José Ignacio Rodríguez. Pocos meses después de la Batalla del Bajo Palacé, la primera de la Independencia, librada por las fuerzas de las Ciudades Confederadas del Valle del Cauca, partió una expedición de patriotas desde Cali hacia Buenaventura a través de la inhóspita selva de la Cordillera Occidental. Allí en el puerto, se apertrecharon con embarcaciones tipo, ‘faluchos’, ‘ceibos’ y ‘falcas’, todas a vela, y tomaron rumbo a Guapi la cual tomaron sin resistencia, para seguir luego hasta las bocas del río Iscuandé, a la espera de interponerse a la armada española comandada por el capitán de navío Ramón Pardo, quien acompañado del depuesto gobernador de la Provincia de Popayán Miguel Tacón y Rosique, iban hacia la población de Iscuandé, importante puerto fluvial, para asegurar los embarques del oro de esa rica región aurífera de aquel tiempo, con destino a España.Pocos de los patriotas vallecaucanos conocían el mar y faltaban 50 años para contar con la quinina y poder soportar la malaria; los recursos de sanidad, alimentación y comunicación eran precarios, por tanto no es difícil imaginar las condiciones con que aquellos aguerridos patriotas, quienes junto con la pequeña población de nativos de Iscuandé, debieron enfrentar a la armada española compuesta por el bergantín artillado San Antonio de Morreño, lanchas artilladas ‘blindadas’ en bronce -ya se blindaban en aquella época- y otras embarcaciones menores. A esta armada la completaba un contingente de 200 fusileros españoles.En la tarde del 28 de enero, los patriotas les esperaron en las bocas del río e incitaron a los españoles a seguirlos situándose a tiro de cañón para atraerlos río arriba. Sabían que a esas horas, la marea alta les permitía a las embarcaciones españolas de mayor calado, navegar holgadamente por el río tras los patriotas, quienes también conocían que en las horas de la noche, una vez bajara la marea, las naves españolas encallarían en los bancos de arena que el río deposita en la bajamar y quedarían bloqueados, sin maniobrabilidad y sin ángulo de tiro para sus artilleros.Al amanecer del día 29, el espectáculo observado por los patriotas no podía ser más dramático: las naves españolas se encontraban encalladas en los bancos de arena, escoradas, con sus velas al pairo y flanqueadas en las orillas por la rudimentaria artillería que el cura párroco de Raposo les había proporcionado a los patriotas. Se rompieron fuegos desde las diez de la mañana hasta las cuatro de la tarde, en que las embarcaciones realistas fueron tomadas por asalto. Muy pocos realistas lograron huir, entre ellos Miguel Tacón y Rosique. Cerca de 80 realistas perecieron junto a una decena de patriotas. Al resto de realistas, se los tragó la selva.

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