¿Fusiles AK-47?

¿Fusiles AK-47?

Octubre 10, 2017 - 11:50 p.m. Por: Alberto Silva

Ahora cuando la ONU supuestamente está fundiendo las armas que han entregado los grupos armados, para hacer sendos monumentos conmemorativos de la ‘gesta’ sangrienta de los últimos 50 años, vale la pena antes de todo, dejar una reserva de ellas, para levantar primero los monumentos en honor de los mártires de la Independencia olvidados olímpicamente por la historia centralista del país.

Aquí no más, al valle geográfico del río Cauca, la Nación le debe cualquier cantidad de homenajes para reivindicar su ofrenda de vidas por causa de la preciada libertad, esa con la cual se permiten ahora debatir, aprobar o reprobar el actual proceso de paz. Veamos algunos.

El de Manuel María Larrahondo, caleño abanderado de tropa, primer caído en la Batalla del Bajo Palacé, primera batalla de la Independencia de Colombia; le acompañó en su sacrificio el artillero Juan Cancio, primer soldado de la raza negra muerto en combate.

El Alférez Real de Cali Joaquín de Caicedo y Cuero, primer neogranadino fusilado durante la época de la Independencia en Pasto, junto con 11 vallecaucanos más. Su delito: haber ido allá a convencer por la vía diplomática a los pastusos realistas para adherir a la causa libertadora.

A falta de una Policarpa Salavarrieta, el valle geográfico del río Cauca en la Independencia aportó siete damas quienes fueron fusiladas sin reparos y que nadie, ni propios ni extraños, reclaman para ellas homenaje alguno de la Nación por su sacrificio. Estas fueron: en Palmira, Dorotea Castro y María Josefa Costa; en Quilichao Rafaela Denis y María del Carmen Olano; en Toro, Carlota Rengifo y Dorotea Lenis y en Caloto, Bárbara Montes. ¿Alcanzarían los 7000 pinches fusiles entregados a la ONU para fundirlos y erigir un monumento en homenaje a esas valientes mujeres inmoladas?

Y si por estos lados del país llueve, por otros lados no escampa. Es el caso ocurrido en Charalá, Santander, donde el 4 de agosto de 1819, tres días antes de la Batalla de Boyacá, las tropas realistas del gobernador del Socorro, Lucas González, degollaron a más de trescientos civiles, mujeres y niños charaleños, en la plaza principal. La razón: se habían negado valientemente a entregar la provisión de víveres para las tropas del general José María Barreiro que se aprestaba a combatir contra Simón Bolívar en la Batalla de Boyacá efectuada tres días después, donde murieron tan sólo 13 patriotas. Otra cosa habría sucedido si los charaleños hubieran dejado pasar esos víveres para Barreiro. Qué lejos estamos de entender para qué se erigen los monumentos, dónde y cuándo. En los campos de Boyacá donde se dio el memorable combate hay cuatro espléndidos monumentos recordatorios de esa sublime fecha. En Charalá, ninguno. Ni siquiera la recreación de las trescientas tumbas de los inmolados.

Y que tal los insumos escogidos para fabricar los monumentos pretendidos por la ONU y el Estado colombiano: fusiles de todo tipo incluido por supuesto los AK-47 rusos, los más vendidos del mundo. 80 millones de unidades producidas desde 1947, cuando su creador, Astomat Kalshnikov, los diseñó y fueron conocidos por su acrónimo AK-47. Fusiles con los que les volaron las cabezas a miles de colombianos. Solamente falta que a este prócer ruso los colombianos también le hagamos su monumento correspondiente que se alcance a divisar desde Moscú. Parranda de pendejos.

Si hay una región en que su gente merezca ser enaltecida por la gesta libertadora, es el valle geográfico del río Cauca, donde 54 de ellos fueron fusilados en diferentes poblaciones. Solamente en Cali, 12 rindieron sus vidas en el patíbulo y por esas cosas del destino no fueron enaltecidos a su tiempo ya que no existían los medios de comunicación ni la voluntad política para hacerlo.

VER COMENTARIOS
Columnistas