El galeón San Antonio

El galeón San Antonio

Enero 02, 2016 - 12:00 a.m. Por: Alberto Silva

Muy cerca de Cali, en las estribaciones de los Farallones se encuentra otro galeón con muchas más riquezas que las del San José, aquel hundido por los ingleses cerca de la península de Barú en la Costa Atlántica. Este no se encuentra sumergido. Por el contrario está a flote casi encima de la ciudad y se puede ver desde muchos sitios. No exhibe en su bandera, la roja Cruz de San Andrés que identificaba a los galeones españoles de la época del hundimiento. Enarbola a cambio y entreveradas en su velamen, las plateadas hojas de los Yarumos, con las flores moradas de los Sietecueros y los Flor de Mayo y las gualdas de los Guayacanes y Flor-amarillos, con trasfondo de fresca niebla de montaña, tripulado por una avifauna que asombra al mundo. Ha estado allí anclado por muchísimos años desde antes de la llegada de los europeos durante la Conquista, a 1.500 metros sobre el nivel del mar. Fue testigo de la fundación de la ciudad y responde al nombre de ‘Bosque de Niebla de San Antonio’, cuya historia afortunadamente ha sido consignada en el precioso libro que lleva ese mismo nombre.Este galeón repleto de tesoros de vida natural en sus bodegas, fue identificado cuando llegó por el puerto de Buenaventura en 1911, por Frank M. Chapman con sus colaboradores Louis Agassiz Fuertes y William Richardson, investigadores y dibujantes norteamericanos empeñados en documentar y descubrir las características de la avifauna colombiana y entraron por donde era. Se establecieron en los alrededores de Cali y quedaron apabullados por la riqueza de fauna y flora del entorno en aquel pequeño poblado de Suramérica. Desde aquí trabajaron durante cinco años por toda Colombia. Eran los tiempos en que anualmente se graduaban apenas cinco o seis alumnos en el Colegio de Santa Librada en cada promoción. De ese tamaño era la capacidad de producir cultura por estas vegas.Joel Cracraft Ph.D. director del Departamento de Ornitología del Museo de Historia Natural de Nueva York, afirma que Frank Chapman “era posiblemente el más ferviente conservacionista en los Estados Unidos y había resultado fundamental para conseguir que el presidente Theodore Roosevelt estableciera los primeros refugios nacionales de vida silvestre”. De esa dimensión era la alhaja de científico que azotó las empedradas calles del pequeño poblado de Cali y sus veredas por más de un lustro. Y acá casi ni nos dimos cuenta. Pasado un siglo en que pasamos de la mula al avión, también sin darnos cuenta, el precioso galeón fue abandonado a su suerte. Primero al implacable desmonte para establecer parcelas, luego al ferrocarril que se tragó a media selva, en seguida a los cazadores y después a los asentamientos de invasión con el fósforo a la cabeza y luego a la desidia.Milagrosamente el ‘Bosque de Niebla de San Antonio’ permaneció allí con gran parte de su precioso tesoro de fauna y flora, al lado de una urbe voraz, sin compasión por la naturaleza. Pero como reza el adagio de que no hay mal que dure cien años, un grupo editorialista compuesto por científicos del área biológica, guías rurales y amantes de la ecología, emprendieron la obra de dar a conocer del público la historia de los tesoros guardados todavía en San Antonio. Su filosofía es preservar para la posteridad la riqueza biológica de ese sector tan cercano de la ciudad y recomponer los diferentes ecosistemas que como este bosque de niebla, fueron fracturados en el país por la acción depredadora del hombre que se llevó por delante muchas especies de la fauna y flora. Gran ejemplo de los gestores de esta obra literaria encabezados por la CVC y Gustavo Kattan.

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