Colores y gustos

Colores y gustos

Junio 03, 2013 - 12:00 a.m. Por: Alberto Silva

Cuando se dieron los colores, aparecieron los gustos. Esto es algo de lo que la humanidad nunca podrá desprenderse, mientras exista. Es una premisa con la cual se ha desarrollado el mundo. De ahí se han dado las guerras, los conocimientos científicos, los descubrimientos y los avances en la cultura de todos los pueblos. Es inapelable.Esto ha sido, por fortuna, lo que ha pasado con el hundimiento de la Avenida Colombia en Cali. Este es quizás el proyecto visual del municipio que más críticas y controversias ha suscitado. Pero eso es lo bueno, porque ha sido debatido por profesionales conocedores del tema y por profanos en el mismo, por negros, blancos, indios y mestizos, por ricos e indigentes. Todos fueron escuchados y ahí está ahora concluido. Por él tendrán que transitar sus contradictores y benefactores por el resto de sus días.Entonces todos debemos tener ahora una misma actitud con él, como algo propio que se debe querer, cuidar y de vez en cuando maquillar. Quien no le aprecie la riqueza de beneficios en la movilidad del tránsito vehicular y humano, en los aspectos estéticos, paisajísticos y de comportamiento que presta a la comunidad, más le vale se acerque a una revisión de un oculista o de un otorrinolaringólogo, porque la cosa es grave.Y como los pecadillos veniales los comete hasta el Papa, también los ha cometido Conalvías, el contratista de la obra. No se quedó atrás; dejó sembrar veraneras a la sombra de samanes, pisamos, ceibas, chiminangos, acacias y flor-amarillos, a ciencia y conciencia de que las veraneras no florecen bajo la fronda de otros árboles. Lo hacen a todo sol. Penitencia: trasplantarlas de inmediato a donde les dé el sol para no perder la platica. Los contratistas han cometido otro pecado venial, que va a la carrera para convertirse en pocos meses en pecado mortal: han sembrado detrás de las veraneras, al borde del bulevar, una guaduilla que en poco tiempo les tapará a los paseantes de a pié, la visual del río con toda su belleza. En contraste en la orilla opuesta, la del CAM, luce el río con sus palmeras y la ribera con la grama trenza ahí sembradas sin nada que las puedan tapar.¿Y las palomas? A esas que alimentan indiscriminadamente y sin sentido en el CAM, problema sanitario y estético de primer orden, deberían reducirles su alimentación pues de lo contrario en poco tiempo, la superpoblación las llevará a invadir el paseo de la Avenida Colombia con todas sus sucias consecuencias. A nadie escapa saber que la pueblerina costumbre de alimentar palomas en espacios públicos debe tener su tope, más cuando ellas pueden ser portadoras mecánicas de agentes productores de afecciones respiratorias y parasitarias en los humanos. En consecuencia se debe controlar su población ofreciéndoles menos alimento, el apenas suficiente para que los fotógrafos cumplan su ocupación normal y eso se logra comprometiéndolos a ellos mismos en esa labor.Está en ciernes y se pide a gritos la compra y demolición de los dos edificios contiguos a la iglesia de la Ermita. Serían el complemento a la idea de Mario Fernando Prado para dar acceso amplio a ese claustro y lucirlo aún más en la ciudad. La Ermita posee connotaciones especiales para Cali. Desde 1738, existía allí una capillita de palmicha, recinto venerado de “El Señor del río”, que las crecidas en los inviernos amenazaban destrucción. Esta llegó, pero no por el río sino por dos terremotos. El último de ellos ocurrido en 1925 arrasó con lo poco de la vieja Ermita y dio paso a la actual. Es saludable que los caleños sepan que piensa la administración municipal a este respecto.

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