Cali colonizadora

Febrero 09, 2017 - 10:09 a.m. Por: Alberto Silva

Ninguna región del mundo puede desarrollar el turismo sin conocer primero su historia. Precepto de sentido común ineludible. Por eso las naciones más desarrolladas turísticamente son las que conocen más a fondo su propia historia. En Colombia somos campeones en desconocerla. De ahí la insistencia de esta columna por divulgarla.

A los nueve meses de establecidos los conquistadores en Cali, comenzaron a nacer los primeros mestizos del cruce de españoles varones con mujeres indígenas. Quince años después se dieron cuenta que esos mestizos exhibían un ‘vigor híbrido’ que los hacía resistentes al trópico salvaje. Décadas más tarde se sumó la sangre africana, así que durante los siglos siguientes hasta hoy, la fuerza del mestizaje en sus diferentes grados ha acompañado a toda la nación con el arquetipo de ‘criollos’ en vía de consolidarse.

Durante los primeros cien años, los caleños observaron aterrados la desaparición casi total de la población indígena pura de la región, -igual que en todo el virreinato- debido al mortal ataque de gérmenes como los de la viruela, gripas y enfermedades respiratorias de toda índole de los cuales los europeos eran portadores y contra los que los indígenas estaban inmunológicamente desprotegidos. La masacre biológica de los aborígenes tomó dimensiones catastróficas que la medicina y los científicos de hoy no encontrarían apelativo para designarla. Claro que por estas enfermedades morían también blancos europeos y negros africanos, pero en muchísima menor proporción.

El flujo migratorio español al occidente colombiano formó su núcleo especial en Cali a donde indefectiblemente llegaban las familias europeas vía Buenaventura. No hubo otro camino en los siguientes tres siglos. Se establecían aquí sin pasaje de regreso y comenzaban su cuarentena de por vida para adaptarse a la América tropical, formaron nuevos hogares y costumbres en la medida de las oportunidades que les ofrecía esta naturaleza cerrera a la cual intentaron dominar.

Cali, al finalizar el primer siglo de su fundación ya se exhibía como un precioso poblacho con un cristalino río a su lado, iglesita doctrinera y casas de bahareque, paja y teja, engastado en un contrafuerte de los Farallones desde donde se divisaba al sur el primer piso de la Hacienda Cañasgordas, de propiedad del presbítero Juan Sánchez Migolla quien la había adquirido por compra en 1629. El catedrático de historia del Colegio Berchmans por 37 años, Agustín Conde Quintero, afirma que allí un año después nació el jesuita Manuel Rodríguez de Villaseñor, literato e historiador quien sería el primer Procurador criollo de la Compañía de Jesús para la América indiana, autor de la obra mundialmente conocida como, ‘El Marañón y Amazonas’. Así comenzaba Cali a ser genitora de hombres notables.

Desde su fundación, Cali fue cabeza del Eje colonial conformado por Popayán, Cartago y Santafé de Antioquia, medio país, poblaciones todas ribereñas del río Cauca, a las cuales durante los tres siglos siguientes, surtió con apellidos de familias españolas ya aclimatadas y con las auténticamente criollas. Así se preparaba entonces para convertirse en generadora de gran fuerza vital y emprender la colonización de las dos bandas del río Cauca. No imaginaban los caleños la tamaña empresa que les esperaba con toda clase de imponderables: espesas selvas, inmensos guaduales, lagunas, sumideros, víboras, calor y endemias tropicales cuando la Quinina se encontraba todavía a tres siglos de distancia y ellos ahí, frente a la inmensa selva del valle geográfico, con apenas un siglo de camino. Menuda tarea.

Esos ancestros caleños con el correr de los siglos se tornaron en los colonizadores del Eje colonial, de sur a norte, forjaron otras costumbres, cruzaron sus familias, fundaron ciudades, hablaron distinto y balbucearon sus gentilicios como marca de origen. Ya se verá.

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