Vanidad de vanidades

Vanidad de vanidades

Marzo 13, 2013 - 12:00 a.m. Por: Alberto José Holguín

Vanidad es, según el Drae, arrogancia, engreimiento, presunción, soberbia. Vanidad era Chávez. Y se murió. Y quizás se acabó el mito. Y no dejó nada. 14 años perdidos desde que los venezolanos lo eligieron presidente, por primera vez en diciembre de 1998 y por cuarta en octubre pasado.Chávez aprovechó el caldo de cultivo que le dejaron preparado sus antecesores, los gobernantes de Acción Democrática y Copey, que por 40 años se turnaron el poder desde la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez en 1958. Esos dos partidos gobernaron a su antojo, saturaron al pueblo de injusticia social, robaron, y despilfarraron la fortuna del país más rico per capita en América Latina.Tuvo la suerte de que el petróleo llegara a precios nunca antes vistos, lo que le permitió echarse al bolsillo a los más humildes con planes de vivienda, salud, educación y alimentos que lo hicieron muy popular; y los embrujó con su discurso populista y demagógico, llegando a decir que hablaba a nombre de Bolívar y del mismo Jesucristo. Lo que podría hasta parecer gracioso no lo es, porque para lograrlo, Venezuela pagó un alto precio. Chávez persiguió a la prensa; subyugó a los poderes Legislativo y Judicial; sin tener ni idea de lo que es un serio manejo económico, no hizo más que improvisar; con las expropiaciones frenó la inversión extranjera y la inflación se disparó hasta llegar a ser una de las más altas del mundo; pero además, y ésto puede ser lo peor, se dedicó a fomentar una absurda lucha de clases que a nadie conviene y que, por haber echado fuertes raíces, será difícil de superar. Buscando el reconocimiento internacional, firmó alianzas con Bolivia, Cuba, Nicaragua, Ecuador y Argentina, que hábilmente le hicieron el juego de apoyarlo a cambio de petróleo barato y créditos subsidiados para cubrir sus deudas externas. ¿Quién pago eso? El pueblo. En síntesis, casi acaba con la economía venezolana.Nada justifica que por haberse considerado ungido por el Altísimo y reencarnación de Bolívar, Chávez hubiera creído que tenía derecho a despotricar de todos aquellos que estuvieran en desacuerdo con él. Entre otros, trató de burro alcohólico a Bush, de paramilitar a Uribe, de mediocre a Allan García, de cachorro del imperio a Vicente Fox, de cerdo a Capriles y de pusilánime al Rey de España. El único perfecto era él. A Chávez lo mató la vanidad. Como dijo el militar venezolano Fernando Ochoa, “la única motivación de Chávez siempre fue el poder, no el pueblo. Y en su delirio creyó que lo que decía eran verdades absolutas.” Con el paso del tiempo, ¿qué va a quedar de la Revolución Bolivariana, Unasur, la Celac, el Alba, Telesur, o el Socialismo Siglo XXI? Nadie lo sabe, aunque su futuro no va a ser fácil. Pero peor aún, ¿qué le quedó a él? Nada. Absolutamente nada. Como la vida no lo hizo, la muerte se encargó de recordarle que nadie es eterno y que el mundo, mal entendido, es como estar embebido en una Vanidad de Vanidades que a nada bueno conduce.***Coletilla: Bien por Medellín. Según dijo su alcalde, Aníbal Gaviria, “la clave para haber sido elegida la ciudad más innovadora del mundo, está en haber tenido varios buenos gobernantes seguidos, pues uno solo no alcanza a hacer grandes cambios”. Ojalá en Cali sigamos este ejemplo, y continuemos en el futuro eligiendo mandatarios con el estilo de buen gobierno que viene desarrollando Rodrigo Guerrero.

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