Reelección y paz

Septiembre 11, 2013 - 12:00 a.m. Por: Alberto José Holguín

La no reelección de Santos se está volviendo cada día más popular. Y en parte eso se debe a que, contra viento y marea, convirtió la idea de la paz en el único argumento que podría garantizarle cuatro años más gobernando. Forzó las cosas nombrando una comisión negociadora de notables del gobierno para qua se sentara a hablar en La Habana con una comisión de criminales de la guerrilla. Pero como no había vencedores ni vencidos y no se pactó cese al fuego, las cosas desde un comienzo fueron caóticas, como el encuentro de dos grupos de muchachos que a base de desplantes creen que van a imponer sus ideas.Como si esto fuera poco, y después de meses en que los diálogos concretos no han ido para ninguna parte y ya nadie sabe qué pensar o qué creer, el Presidente dijo que “la paz se hace porque se hace”, cometiendo otro de sus grandes errores de afirmar absurdos, como cuando aseguró que en Colombia no había ningún peligro de paro, para a los dos días ver que medio país estaba semi paralizado, armando el desorden con razón o sin ella, bloqueando el suministro normal de víveres y haciendo quedar al mandatario, una vez más, como alguien desubicado y desactualizado de la realidad.Es que la paz no se consigue así, Presidente. En la historia, las maneras de lograrla han sido generalmente dos: la primera es que las partes en conflicto, si tienen la sincera voluntad de acabarlo, actúan de buena fe para tratar de encontrar la manera de convivir civilizadamente, caso que no es el nuestro porque los negociadores, de ambas partes, parten de la errónea creencia de que sus opositores son bobos y es más el tiempo que pierden con declaraciones veintejulieras que el que aprovechan para cumplir la misión que les fue encomendada. Y la segunda ocurre cuando una de las partes está acabada y acepta las condiciones del vencedor, como fue el caso de la rendición de Alemania al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Pero ese tampoco es nuestro caso. Mientras se ‘negocia’ en La Habana, la matazón continúa en Colombia, ambas partes afirman que no hay vencedores ni vencidos y consecuentemente son prepotentes y proponen cosas que la contraparte no acepta.A todas estas la farsa continúa, ilusionado a la gente que no entiende nada de nada y que ya ni en la paz de los sepulcros cree, como dije en la parte final de mi última columna.La no reelección de Santos se está volviendo cada día más popular. Y así tenía que ser en un país como el nuestro en que el primer mandatario pierde los primeros seis meses de su mandato tratando de entender el berenjenal en que se metió; gobierna los siguientes nueve durante su luna de miel política y recibe todos los honores; dedica 18 a congraciarse con todos, sembrando desde entonces para su reelección; y los últimos 15 politiquea. El tema es tan complicado que aún las personas más positivas y de buena voluntad están hasta la coronilla de la cantaleta de la paz con las guerrillas y la reelección. Y desconcertadas de haber visto la luz en un país en que no han tenido un sólo día de paz desde que nacieron. Esos millones de colombianos desilusionados y engañados no son negativos ni malos ciudadanos por no creer en la paz. Son más bien como un amigo mío quien hace años, después de pedir muchas cosas sin obtener ninguna, plasmó en una frase lo que pensaba: “A la muerte nada pediré, y ella me dará el prodigio de la paz eterna”.

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