Frenar la corrupción

Mayo 11, 2011 - 12:00 a.m. Por: Alberto José Holguín

¿Es imposible frenar la corrupción en un país como Colombia que ha llegado a extremos jamás imaginados? ¿Es inevitable seguir condenados a ser gobernados por corruptos porque el servicio público ahora es concebido como la oportunidad de enriquecerse? ¿Estamos sentenciados a seguir cayendo hacia el abismo y a imaginarnos lo peor para el futuro de Colombia si las cosas no cambian? Enfáticamente creo que la respuesta tiene que ser NO. Es posible frenar la corrupción, aunque sea una labor de titanes y de mucha valentía y paciencia pues los interesados en que nada cambie son muchos y muy poderosos. Pero hay que tratar. Y hay que hacerlo a todos los niveles, partiendo de la base de que en la vida todo es posible, excepto salvarnos de la muerte.Tratando de recordar algunas ideas que no son originales, pero sí bastante olvidadas, creo que una de las formas de frenar la corrupción es estableciendo normas rígidas que poco a poco vayan calando, algunas de las cuales son fáciles de poner en práctica, otras no tanto, y unas casi imposibles. Entre las primeras cabrían las siguientes: implantar de nuevo los cursos de cívica, ética y urbanidad en escuelas, colegios y universidades; y no seguir siendo indulgentes con los menores que, escudándose en su edad, cometen toda clase de crímenes. Entre las segundas, condenar a prisión por largo tiempo a los particulares y funcionarios públicos que armen las componendas para robar a los contribuyentes, como es el caso de los Nule que establecieron un récord mundial en este sentido; fijar condiciones más rígidas, tanto a nivel académico como moral, a quienes pretendan ejercer cargos públicos; destituir automáticamente a los congresistas que por cualquier causa dejen de asistir a las sesiones más de determinado número de veces en cada período legislativo y eliminar las suplencias; e inhabilitar de por vida a ejercer cargos públicos a quienes sean condenados por delitos contra el Estado. Entre las casi imposibles, revivir el sistema de que los concejales no devenguen salario para que vuelva a ser un honor servir a los municipios, en vez de convertir el cargo de edil en trampolín económico para quienes se hacen elegir por el poder del dinero de quienes los respaldan; y la más difícil, acabar con la elección popular de alcaldes y gobernadores porque, nos guste o no, el país no estaba preparado para algo que sólo funciona en naciones con una cultura política muy superior a la nuestra. Que esto sea un retroceso democrático no es cierto, porque un altísimo porcentaje de nuestros candidatos a esos cargos no tiene la preparación necesaria para desempeñarlos con éxito y no son elegidos por voluntad popular, sino por el poder de quienes tienen mayor capacidad económica para comprar votos y sólo buscan llenarse de plata cuando el elegido les devuelva con creces los favores recibidos.Estoy seguro de que muchos lectores me calificarán de iluso y dirán que es utópico pensar en estas metas. Y lo triste es que posiblemente tengan razón. Pero eso no significa que no se deba tratar. Tengamos presente que son la opinión pública y los ciudadanos quienes debemos reaccionar, pronunciarnos y protestar por lo que está ocurriendo, porque el país se nos está acabando por culpa de unos zánganos politiqueros y algunos particulares que sólo piensan en sus propios intereses y para quienes la patria no vale nada.

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