Cenizas

Febrero 16, 2011 - 12:00 a.m. Por: Alberto José Holguín

El 23 de febrero de 2005 me referí en esta columna a unos desconocidos ‘Buenos Samaritanos’ que desinteresadamente salvaron la vida de un buen amigo mío que fue víctima de un atraco o atropellado por un carro fantasma en Honduras, cosa que nunca se aclaró. A las tres semanas regresó a Cali aún muy grave y después de un largo tratamiento recuperó parte de sus facultades físicas. Pasó el tiempo. A los dos años murió su esposa y meses después falleció su mejor amigo, un sacerdote franciscano con quien había intercambiado innumerables inquietudes a través del tiempo, a pesar de que no compartían el mismo credo. Para completar el cuadro, sus dos hijos se radicaron en el exterior, uno en Brasil y el otro en Suiza, por lo que sus encuentros se hicieron cada día menos frecuentes debido a la distancia. El grupo familiar se fue desintegrando y él sé quedó cada día más solo. Siguió pasando el tiempo y ya nunca volvió a ser el mismo. Pero aunque disminuido en su capacidad física, con tantas añoranzas del pasado y llevando una vida menos amable que la de antes, demostró su carácter y entereza al no quejarse nunca de nada y encontrarle siempre el lado bueno a las cosas. Para buscar una compañía cercana colocó en la ventana de su cuarto una especie de comedero al que llegaban pajaritos de variados colores a tomar el alimento que él les ponía cada mañana. El día menos pensado las cosas se agravaron. Un infarto cerebral lo puso en coma y gracias a Dios acabó con su vida pocos días después, evitándole una agonía larga y penosa como la que han sufrido otros buenos amigos. Desde ese momento empezó la realidad de la muerte. Aceptar que ésta no se puede reversar, que es necesario seguir adelante y esperar que sus hijos alcanzaran a llegar a la sencilla misa del funeral y a la cremación. Afortunadamente todo salió bien por el empeño y dedicación de un excelente amigo suyo que fue su ángel guardián desde que enviudó.Pero faltaba algo. Qué hacer con las cenizas del ser querido. ¿Enterrarlas, colocarlas en un osario, o esparcirlas al viento? Como me consideraba ajeno a esa decisión, opté por no meterme y por eso me sorprendí gratamente cuando sus hijos me pidieron que los acompañara a arrojarlas a uno de los ríos que circundan la ciudad. Por tratarse de ellos acepté. Llegado el momento nos fuimos seis personas, correspondiéndome la extraña misión de llevar en mis manos por una media hora el pequeño cofre que contenía las cenizas, lo que me hizo pensar mucho en lo poco que somos, aunque no dije nada. Bajamos por un estrecho sendero hasta la orilla del río que, debido al invierno, tenía buen caudal, buscamos un remanso amable, tomamos unas fotos que plasmaran la solemnidad del momento y el menor de ellos esparció en sus cristalinas aguas las cenizas de su padre en forma lenta y respetuosa, a la vez que entre todos arrojábamos en ellas seis rosas rojas en medio de un profundo silencio. Todo acabó. Sé muy bien que momentos como los narrados ya han sido vividos antes por algunos lectores, pero para mí constituyeron una nueva y valiosa experiencia. Horas más tarde, estando ya solo, tuve la certeza de que actos sencillos y humanos como los que he relatado son más gratos y enriquecedores espiritualmente que fastuosas ceremonias. Y por eso espero que cuando llegue mi turno, se acuerden de hacer lo mismo conmigo.

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