Armando

Armando

Febrero 12, 2014 - 12:00 a.m. Por: Alberto José Holguín

La medicina en Colombia es buena, cada día mejor. Contamos con centros hospitalarios de primer orden a nivel internacional, divinamente equipados con las técnicas más modernas, gracias al sistema de convenios que posibilita su financiación. Y también tenemos estupendas facultades de medicina, muchas veces estrechamente ligadas a la disciplina universitaria, donde médicos veteranos y verdaderos especialistas convierten poco a poco en doctores a las mujeres y hombres, internos y practicantes.Y es allí donde empieza la diferencia. Ser un buen médico es tarea difícil que exige dedicarle al estudio horas y horas desde el pupitre, los quirófanos y los laboratorios hasta nunca acabar, dada la velocidad con que avanza la ciencia. Y ser un excelente médico es algo especial, pues hay que aprender algo que no se aprende porque es innato; es una cualidad que el profesional tiene, manera de ser y personalidad. Cuando estas condiciones se juntan surge la excepción, el médico excelente, aquel que deja buenos recuerdos entre sus pacientes, colegas y alumnos, que son sus amigos y que, especialmente, deja una profunda huella de agradecimiento y reconocimiento en todas partes.Así era el doctor Armando Rivera Zamorano, un médico excelente entre los médicos excelentes, a quienes todos querían por su sencillez, su conocimiento de la ciencia y sus grandes cualidades humanas. A los 21 ya estaba graduado en la Universidad Javeriana de Bogotá y desde entonces trajo al mundo miles de niños que le deben la vida y a quienes recibió, con el nalgazo de obstetra que es el único nalgazo que en la vida se puede dar con amor. Para seguir el ejemplo de su actividad diaria, se casó en esos días con su adorada Gloria. Y en pocos años eran los padres de siete hermosas criaturas. Los nueve fueron siempre solidarios y felices y jamás se quejaron de nada, a pesar de las vicisitudes que les tocó vivir.Armando tuvo toda clase de pacientes. Desde los de más alta clase social, por haberse convertido en el médico de moda, hasta los más humildes y necesitados ya que dedicó más de 20 años a servirlos en el ISS con el mismo desprendimiento y el mismo amor con con que recibía a los hijos de los más poderosos.Y aún le quedó tiempo para hacer parte de las Juntas Directivas del Centro Médico de Cali, de la Clínica de Occidente y, quien lo creyera, del Club Colombia, su segundo, hogar, labor que sólo dejó al margen cuando entregó terminada, con motivo de los Juegos Panamericanos, la nueva y moderna sede que aún hoy es orgullo de Cali.Pero ya el doctor Armando no está con nosotros. Viajó al más allá a reunirse con sus antepasados y con los miles de madres y padres de familia a quienes un día ayudó a ver convertido en realidad uno de los milagros más bellos de la vida: el nacimiento de un hijo o de un hija.Coletilla: Felicitaciones al R.P. Jorge Humberto Peláez, S.J., por su nombramiento como rector de la Universidad Javeriana en Bogotá, cargo que con gran éxito desempeñó en Cali desde hace siete años; durante ese tiempo tuve la oportunidad de tratarlo en situaciones muy distintas y, aunque no fuimos íntimos amigos, si hubo entre los dos una gran empatía que se tradujo en las varias ocasiones en que me ayudó más de lo que él cree.

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