Urnas y bombas consolidan el régimen de Bashar Asad en Siria

Junio 09, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Sal Emergi | Corresponsal de El País en el Medio Oriente

El actual presidente sirio seguirá en el poder, cuando un 50 % del país está en manos de grupos rebeldes. Asad dice ser el único capaz de frenar el avance yihadista.

Tres años, tres meses y más de 160.000 muertos después, el sirio Bashar Asad seguirá siendo el presidente de unos habitantes divididos en trágicas categorías: centenares de miles de heridos y detenidos, casi diez millones de refugiados y desplazados, miles de desaparecidos… En la Siria del 2014, se agotan las esperanzas. Tras ganar una de las elecciones más surrealistas y poco creíbles que se recuerdan en Oriente Medio antes y después de la Primavera Árabe, Asad se dispone a afianzarse en el 50 % del territorio sirio bajo su control y recuperar zonas del resto dominado por la amalgama de grupos rebeldes.“Es el acontecimiento más importante de la historia moderna de Siria”, sentencia con solemnidad el ministro de Interior, Mohamed Al-Shaar sobre unos comicios que para el régimen han sido una batalla más de la guerra de supervivencia. Si cuando controlaba el país con mano de hierro y sin disidencia alguna, Asad rozaba el 100 % de votos favorables, ahora con medio país en manos de grupos opositores armados, Asad “solo” consiguió el 88,7 %. Más que suficiente para Asad en su intento de demostrar a los suyos y a la comunidad internacional que es el “presidente legítimo y electo” de Siria. ¿Qué importan detalles de tan poca importancia como que los dos rivales en las urnas eran “candidatos tolerados” que cumplieron su papel de marioneta en el teatro de Damasco? No sorprende que la oposición siria y muchos países lo llamaran “auténtica farsa”. Como en los anteriores comicios dictados por el clan Asad, todos los órganos y mecanismos estatales funcionaron como rodillo para garantizar la victoria del hijo del “León de Damasco”. “Es una gran farsa para que el dictador gane como siempre. No pienso votar”, decía a las agencias locales un habitante de la castigada ciudad de Alepo. En una de las zonas más machacadas por la aviación del régimen, los rebeldes creen hoy más que nunca que la única forma de desbancar a Asad del poder es con los fusiles y no con las urnas que boicotearon.Con una participación del 73 % de los quince millones de electores, Asad considera que tiene el apoyo popular. Respaldado por los tanques y ahora las urnas, Asad se presenta como el único capaz de frenar el avance yihadista. El líder que garantiza la estabilidad que, aunque no sea democrática, es menos convulsa que la anarquía o un régimen basado en la Yihad. El estadista que presume de proteger a los cristianos.Es el tercer mandato de Asad desde que fuera “elegido” para sustituir a su padre. El hombre de mundo que soñaba con trabajar de oftalmólogo en Londres en compañía de su esposa Asma tuvo que volver a Damasco ante la muerte, en 1994, del sucesor marcado desde la infancia, su carismático hermano Basel.En el 2000, tomó las riendas del país. El joven que apostaba por los nuevos tiempos marcados por Internet y prometía reformas importantes en campos como libertad y pluralismo, ha acabado convirtiéndose en un dirigente más cruel que su padre. Tras catorce años en Palacio, Asad se ha concedido ahora un mandato hasta el 2021. Si con las urnas es imposible que pierda, no parece que la cruenta guerra civil lo consiga tampoco al día de hoy. De la misma forma, no puede declarar ahora mismo la victoria de una guerra que empezó en marzo del 2011 como revuelta popular sedienta de democracia en las calles de Dera’a.En un país semidestruido que ha sufrido alarmantes niveles de odio étnico y confesional, Asad vive hoy un momento dulce. Si es que se puede usar este término en una realidad tan violenta. Más allá de las elecciones, el dirigente ha logrado en los últimos doce meses importantes victorias en zonas estratégicas de Siria, como por ejemplo en la ciudad-símbolo de Homs. Gracias a sus brutales acciones (como el uso masivo de barriles de explosivos en los bombardeos), al apoyo logístico y militar de Irán y Rusia y la lucha en el terreno de los milicianos del grupo chií libanés Hizbulá, Asad se mantiene firme.El articulista libanés Khairallah Khairallah destaca “el papel decisivo de Irán que se ha convertido en un jugador clave en Siria. Sobe todo desde que Asad ha pasado a ser claramente un instrumento dirigido por Irán a semejanza de Hizbulá en el Líbano”. Según él, los Ayatolás de Teherán han evitado el colapso del régimen de Asad. La enorme influencia de Irán tiene, en su opinión, obstáculos. Por ejemplo, la composición de la población siria: 75 % suníes, mientras que los alauitas que apoya el régimen chií iraní no supera el 12 %.“Lo más grave es que en Siria ya nadie tiene esperanzas”, resume con resignación el director del Comité Internacional de la Cruz Roja, Yves Daccord. La fractura en el país es terrible. Los suníes apoyados por Arabia Saudí luchan contra los alauitas asistidos por el eje chií Irán-Hizbulá mientras la minoria cristiana se siente perseguida y amenaza. Nadie cree que cuando llegue “el día después”, se imponga la reconciliación nacional. Sobre todo ante el aumento de las interferencias extranjeras en los dos bandos del conflicto.Según los expertos, Siria necesitará muchos años para volver a ser un país “normal” sin que vuelva ser una dictadura del partido Baaz o una anarquía al estilo del Iraq post Saddam. Pronostican la continuación de las matanzas mutuas con victorias tácticas para unos y otros.Paradójicamente, el gran aliado en el inicio de su tercer mandato es su enemigo más cruel, el Estado Islámico de Iraq y Levante (ISIS). Este grupo terrorista, entre los extremistas islamistas, provoca el pánico de los habitantes en las zonas que controlan y hace un daño a la oposición moderada a Asad. Asad cuenta con los miles de miembros de ISIS como valioso instrumento para convencer a los habitantes sirios y a la comunidad internacional de que el fin de su régimen traerá un régimen fundamentalista que abre las puertas a miles de yihadistas de todo el mundo.Por eso, parte de la culpa de la continuidad de Asad en el poder, o mejor dicho del poco entusiasmo de la comunidad internacional en echarlo, corresponde a Abu Bakr Al Baghdadi. Cruel líder del ISIS, abandera una ideología extremista e implacable con todos los “infieles”. Sean musulmanes o no. Este grupo que lucha por la constitución de un Estado Islámico recluta miles de islamistas extranjeros en busca de la Yihad. Siria es la nueva atracción de la Yihad Global y, como temen los expertos occidentales, el epicentro del terrorismo internacional.El último caso es Mehdi Nemmouche, de 29 años. Este francés de origen marroquí viajó a Siria para luchar en las filas del ISIS. A la vuelta, era un hombre diferente. De delincuente común se convirtió en terrorista religioso. El pasado 24 de mayo llegó al Museo Judío de Bruselas y asesinó a dos turistas israelíes, un francés y un belga.Son los yihadistas europeos. El lavado de cerebro al que son expuestos, la experiencia en explosivos y empleo de armas en Siria y su facilidad de movimientos gracias a sus pasaportes europeos les convierten en “amenaza de primer orden”. Al Baghdadi era un profesor de la Sharia en Iraq que fue detenido por las fuerzas estadounidenses y estuvo encarcelado cinco años en el sur del país. Sus tácticas de intimidación y fanatismo le han dado poder y control de algunas zonas importantes como Raqqa o Alepo.Por eso, cuando la comunidad internacional exige a Asad que renuncie a la represión y permita una transición a la democracia, el dirigente alauita no necesita enseñar los resultados de las elecciones o convencer del papel estratégico de Siria en la región. Solo debe enseñar algunas fotos de las atrocidades de ISIS y sus aliados para seguir al frente de un país en ruinas. Al Baghdadi y resto de satélites de la galaxia yihadista aterrizada en Siria en los últimos tres años consiguen convencer a muchos en América y Europa que las atrocidades de Asad son “un mal menor”.

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