Tras Wikileaks, ya no habrá nada realmente secreto en el mundo

Diciembre 05, 2010 - 12:00 a.m. Por:
Patricia Lee l Corresponsal de El País

Las voluptuosas revelaciones de Wikileaks abren el interrogante acerca de si el mundo marcha hacia adelante, más transparente y comprensible, o si retrocede a los tiempos de la guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

Las voluptuosas revelaciones de Wikileaks abren el interrogante acerca de si el mundo marcha hacia adelante, más transparente y comprensible, o si retrocede a los tiempos de la guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Ante la maraña de información que viene apareciendo, es difícil distinguir si se trata de un caso tan grave como el de los espías soviéticos que robaron los secretos de la bomba atómica, o si estamos ante una comedia de Maxwell Smart, el famoso Súper Agente 86, pues lo más sorprendente es la torpeza que hizo posible enviar 250.000 cables secretos de la diplomacia estadounidense al ciberespacio para deleite de todos los curiosos.Los amoríos de Berlusconi, el carácter rudo de Putin, el estado mental de Cristina Kirchner, los cubanos que ayudan a Chávez, almuerzos con funcionarios de Kazajstán, las cuatro rubias ucranianas que acompañan a Muamar Kadafi, el deseo de los jeques árabes de ver a Irán borrado del mapa por una bomba atómica, la noticia de que China, aliado de Corea del Norte, estaría dispuesta a aceptar una Corea unificada, son una mezcla de chismes, de noticias conocidas, y, en algunos casos, de franco espionaje, que viola todas las reglas del derecho internacional. Como editorializó el diario inglés the Guardian, uno de los que recibió el tesoro de Wikileaks, “la operación secreta contra las principales figuras de la ONU, incluido el secretario general Ban Ki-moon y los representantes permanentes al Consejo de Seguridad, parece una ruptura de las leyes internacionales. También lo son las directivas de inteligencia enviadas a diplomáticos estadounidenses en varios países africanos, del Medio Oriente, de América Latina y Europa del Este, ordenando al personal del Departamento de Estado juntar información como tarjetas de crédito y números de viajero frecuente, horarios de trabajo y otra información personal de dignatarios extranjeros”. Una antigua profesiónDesde que la historia existe, los gobiernos intentaron engañar a otros y conseguir información por métodos no siempre permitidos. Espionaje y diplomacia, engaño y desinformación, se llevan de la mano desde que los griegos regalaron un caballo de madera a los troyanos, y desde que el emperador romano Julio César encriptaba sus mensajes con códigos y jeroglíficos.Alejandro Dumas se inventó a los tres mosqueteros, suerte de James Bond del Siglo XVIII, que ingresaban por las ventanas a los palacios de los duques ingleses para recuperar las perlas de la reina francesa; Talleyrand y Metternich dominaban la diplomacia de la Europa napoleónica; la ‘ojrana’ de los zares rusos perseguía a bolcheviques y anarquistas por Viena y París a fines del Siglo XIX; la bailarina Mata Hari fue condenada y ejecutada por espía en la Primera Guerra Mundial. En la Segunda Guerra, el espionaje se hizo su fiesta: la famosa ‘Orquesta Roja’ de Leopold Trepper llegó hasta el búnker de Hitler para enviar secretos a Moscú, mientras que el periodista Richard Sorge jugaba ajedrez con el embajador japonés en China para conocer la fecha del ataque alemán sobre la Unión Soviética. La Guerra Fría fue el reino de los espías. Ethel y Julius Rosemberg fueron los primeros espías condenados a la silla eléctrica en Estados Unidos por la falsa acusación de filtrar los secretos de la bomba atómica, al tiempo que Kim Philby y los ‘Cinco de Cambridge’ penetraron al famoso MI5 de Scotland Yard.Pero en esas épocas, los espías recurrían a cosas tan comunes como lápices y papel para anotar códigos y así descifrar los mensajes secretos. Como escribe la revista Time, “Wikileaks no hubiera podido existir durante la Guerra Fría”. Ahora, cuando se consigue información con tan sólo apretar una tecla, esta misma facilidad ha puesto en peligro de extinción a la diplomacia secreta y al espionaje. Bastó que un soldado homosexual del Ejército de EE.UU. en Iraq, crítico con sus superiores, sintiera que “no es una pieza de maquinaria” y se dedicara a copiar en un disco de Lady Gaga miles de mails secretos para provocar el ‘wikiescándalo’ que dejó en jaque la diplomacia de EE.UU. Rosendo Fraga, del Centro para la Nueva Mayoría de Buenos Aires, dijo a El País que “las filtraciones de los mails del servicio diplomático confirman que este país ha dejado de ser la hiperpotencia que fue durante las últimas dos décadas”. Lo cierto es que la montaña de secretos se hace cada vez más difícil de ocultar. “Cuando todo es clasificado, entonces nada es clasificado”, dijo Potter Stewart, juez de la Corte Suprema en 1971, en momentos que estallaba otro gran escándalo, el de los papeles del Pentágono, documentos secretos sobre el papel de EE.UU. en Vietnam revelados al Washington Post y al New York Times. La ironía es que, cuando el espionaje ha desplegado todas sus posibilidades históricas, tal vez estamos llegando a su fin. Para mantener un secreto, los gobiernos tendrán que tirar los celulares, e-mails, Ipads, computadoras, satélites y cables, para volver a las señales de humo, siguiendo el ejemplo del inasible Osama Bin Laden, oculto en las montañas.

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