Siria ha vivido un año de sangre y caos con su presidente Bashar Asad

Marzo 18, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Sal Emergui, especial para El País
Siria ha vivido un año de sangre y caos con su presidente Bashar Asad

Protestas. En Homs y otras ciudades del centro y norte del país, los habitantes se ha rebelado y protestan contra el régimen.

La represión del Mandatario lo ha mantenido en el poder. Irán, China y Rusia, sus aliados. ONU contabiliza ya 8.000 muertos.

A diferencia de los jerarcas de Túnez, Egipto, Yemen y Libia expulsados por la fuerza de las pancartas o muertos por el fuego de las armas, el presidente sirio, Bashar Asad, ha conseguido mantenerse en el poder. Ciertamente no lo ha tenido fácil pero puede presumir de cumplir un año de supervivencia física, familiar y política. Con el bastón de Rusia, China e Irán, se siente fuerte aunque sabe que para muchos dentro y fuera de su país es visto como “criminal de guerra”.Doce meses después de que la primera llama de protesta se prendiera en la ciudad de Deraa, la oposición se extiende como un reguero de pólvora con la misma naturalidad con la que la represión ha elevado el número de muertos. Según los últimos datos de la ONU, hay más de 8.000 víctimas mortales (según la oposición, más de 9.000) y centenares de miles desplazados, desaparecidos o detenidos. Las ejecuciones, torturas, matanzas y fosas comunes han caracterizado un año retratado con desgarradores videos en las redes sociales.“El cobarde Bashar no teme los fusiles sino las cámaras de televisión. Por eso, mataron intencionadamente a periodistas en Homs. Sabían dónde estaban refugiados y los bombardearon”, dice por teléfono desde Estambul un activista de la oposición.Como el resto de árabes en los países vecinos, los sirios se levantaron pidiendo democracia. El 15 de marzo de 2011 participaron en el ‘Día de la Ira’ desafiando así la ley estatal que impide manifestaciones. Exigían libertad, un bien incompatible en este país con el régimen que domina desde hace varias décadas con mano de hierro, compuesto por una familia (Asad), un partido (Baaz) y una minoría (alauita). Lo que empezó como marchas callejeras espontáneas- reprimidas a sangre fría por el Ejército y las temibles milicias (Shabiha)- es actualmente una guerra civil. Desigual ya que el régimen tiene un arsenal muy superior al del disidente Ejército Libreo Sirio (ELS). Sin salidasDoce meses. 365 días. Miles de declaraciones. Decenas de conferencias y reuniones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Pero nada cambia. Litros de sangre derramados en Homs, Deraa, Idlib, Hama, entre otras ciudades. La dimensión de lo que sucede sale de sus fronteras a cuentagotas. Pero son nítidas gracias a los videos en Youtube de manifestantes que se juegan la vida filmando torturas y bombardeos. O a los testimonios de voluntarios como el cofundador de Médicos Sin Fronteras y de Médicos del Mundo, Jacques Berés, que resume lo que vieron sus ojos: “Lo que ocurre allí no es una guerra sino una verdadera matanza de civiles, un asesinato de masas”. Presente en numerosos conflictos y guerras, Berés fue uno de los escasos cirujanos que pudieron entrar en Siria. Entrevistado en París por varios medios, reconoce que sigue impactado. “Las tropas entran en los hospitales y ejecutan a los heridos. Muchos enfermos deben amontonarse en los hospitales clandestinos. Es terrible”, cuenta, mientras promete volver a Siria.El régimen lo achaca todo a “grupos terroristas” y una conspiración para dividir el país. Asad consigue superar las masivas manifestaciones y las deserciones en su ejército con dos paraguas. El armado (con la ayuda de su aliado Irán) y el político-diplomático que le ofrecen Rusia y China. Aislado por la mayoría de la comunidad internacional y desde hace unos meses expulsado de la Liga Árabe, Asad cuenta en la región con su padrino iraní (que le sigue proporcionando armas y efectivos) y el grupo libanés Hizbulá. Su sólido escudo diplomático está escrito en ruso y chino, cuyos dirigentes vetan cualquier condena o resolución de la ONU. Muchos países condenan la represión y la comparan con la matanza de Hama (1982) perpetrada por su padre Hafez Asad pero no ocultan la preocupación por el día después. El dilema más evidente lo vive su vecino, Israel. Por un lado, Asad es uno de sus principales enemigos, debido a su alianza con Irán y la ayuda a Hizbulá y a los grupos palestinos radicales Hamas y Yihad Islámica. Por otro, es “el diablo conocido” que garantiza calma en la frontera. Como dijo un dirigente opositor sirio, “Israel y Asad se odian, pero sin hablar mantienen una relación basada en ‘no paz y no guerra’”.Los miedosEl temor es que la inestabilidad de Siria salpique toda la región en la que ya se libran guerras simultáneas como la de Israel e Irán o la de los sunitas y chiitas.La seriedad de las reformas y libertades prometidas se desmorona por los correos electrónicos de Asad filtrados por el diario británico The Guardian. Así, cuando la elegante y criticada esposa, Asma le envía este correo: “Hoy acabaré a las 5, te amo”, él contesta: “Tu noticia es la mejor reforma que el Estado puede recibir. La adoptaremos en lugar de estas leyes basura sobre partidos, medios de comunicación y elecciones libres”. Hay otros motivos para su supervivencia. Las dos principales ciudades, Damasco y Alepo, aún no se suman a la revuelta (a diferencia de El Cairo que fue el motor de la caída de Hosny Mubarak). “Es también una lucha de clases y regiones. Las grandes manifestaciones y combates se dan en las localidades de la periferia y no en las ciudades importantes. Siria es un país muy dividido en clases sociales, regiones y etnias”, valora a El País el profesor Eyal Zisser, reconocido experto en Oriente Medio.Siria es un mosaico de religiones, clanes y etnias. El 40% de los 22 millones de habitantes pertenece a minorías. Asad depende de los suyos, los alauitas. Es una dependencia común porque si se va o le matan, están acabados y no solo políticamente. Drusos, kurdos y cristianos no se han sumado a la oposición que Asad atribuye a elementos islamistas y yihadistas del grupo Al Qaeda. Muchos sirios “neutrales” asumen que Asad es capaz de cometer crímenes deleznables pero temen que su traumática caída convierta el país en un polvorín. La idea de una nueva Iraq hace que prefieran la continuidad aunque no sea democrática. A diferencia de Libia, la oposición siria no tiene el apoyo militar extranjero ni la cohesión interna necesaria para liderar una revuelta. El que lleva el peso de la lucha en el terreno es el ELS, encabezado por decenas de oficiales desertores. Con varias unidades apostadas en las localidades rebeldes, su arsenal es limitado. También existe el Consejo Militar Independiente liderado por el general Mustafa Ahmad al-Sheikh. Dos fuerzas que no han estado coordinadas con el principal movimiento de la oposición, el Consejo Nacional Sirio (CNS). El órgano político sirio anti Asad tampoco destaca por su eficacia y unidad. Para reparar la fractura, el CNS firmó este miércoles un acuerdo con el ELS para financiar las actividades de los soldados rebeldes.La fragilidad de la alternativa y el miedo al caos explican, por tanto, el apoyo de miles de sirios a Asad que, sin embargo, vive sus momentos de mayor aislamiento. ¿Cuánto durará Asad? Zisser diferencia dos niveles de debate: “Si uno contempla las imágenes en televisión, puede llegar a la conclusión que este régimen ha perdido toda la legitimidad y su caída es inminente. Pero si uno lee a los analistas sirios, entenderá que necesitamos 1 o 2 años para ver si la rebelión se consuma”. Curiosamente el día del aniversario, el Ejército de Asad lanzó una operación para retomar el control absoluto de Deraa, el foco inicial de las revueltas. Homs- víctima de un cruel bombardeo- e Idlib son sólo las últimas ciudades que han caído en manos del régimen.“Sin una intervención internacional, Asad seguirá muchos años. Tras matar a tantos ciudadanos y ver que no le pasa nada, le da igual la critica internacional. Nosotros no necesitamos palabras sino armas para acabar con la dictadura. Occidente nos debe ayudar de la misma forma que Irán ayuda Asad”, se quejan desde la oposición. Un año después, Siria sigue con Asad pero el mundo ya no cuenta con Asad.

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