“Mientras haya gente que muera de hambre, no es real el progreso” : Moro

Diciembre 12, 2010 - 12:00 a.m. Por:
Margarita Vidal
“Mientras haya gente que  muera de hambre, no es real el progreso” : Moro

Javier Moro, escritor español.

Javier Moro es el escritor español que más sabe de la India. Con su último libro, El Sari Rojo, desnuda a la familia más poderosa: los Gandhi. “La India es una enorme marmita donde bullen las aspiraciones”.

Es madrileño, tiene 55 años y desde niño inició su deambular por el mundo de la mano de su padre, alto ejecutivo de una empresa aérea. Ha escrito best-sellers como Era Media Noche en Bhopal, Pasión India y El Sari Rojo, verdaderos fenómenos de librerías. Este último levantó una tormenta en la India, porque es la biografía no autorizada de Sonia Gandhi, una italiana que se enamoró de Rajiv Gandhi cuando ambos estudiaban en Cambridge. Javier Moro es hijo de español y francesa. Dominique Lapierre, a su vez autor de grandes éxitos como La Ciudad de la Alegría y ¿Arde París?, es su tío. Con él ha trabajado en investigaciones, escrituras y andanzas y lo considera un poco el padre que perdió cuando era muy joven. Moro ha escrito la destrucción paulatina de la Amazonia en Brasil, en Senderos de Libertad; sobre la prostitución infantil en varios países; sobre un mundo que se niega a desaparecer, al otro lado de los Himalayas, en La Montaña de Buda; sobre la sorprendente capacidad de los seres humanos para sobrevivir y enfrentar la adversidad, en El Pie de Jaipur. Está casado, tiene dos hijos y, aparte de escribir, le gusta pintar, hacer vela, cocinar, comer y viajar. ¡Ah! y cuando tiene tiempo, su afición favorita es no hacer nada. Como quien dice, es de los pocos que sabe muy bien cómo administrar el ocio. Ha escrito mucho sobre la India, ¿qué lo atrae de ese país?Que cambia constantemente, excepto en algunas zonas rurales. India es una enorme marmita donde bullen las aspiraciones de una sexta parte de la humanidad. Como dice Naipaul: “En la India hay un millón de motines”. Es un país con reductos de un pasado que se resiste a morir, pero con un desarrollo tecnológico impresionante.Así es. Tiene cientos de aldeas sin electricidad, en zonas agrarias del Siglo XII, donde cientos de obreros con turbante cavan zanjas para poner banda ancha de Internet. ¡Hace poco en Delhi, al parar en un semáforo, vi al conductor de un elefante hablando por celular!Me impresiona los ojos de los indios, profundos y de una serenidad apabullante. Sin embargo no son sumisos.Allí ha habido una búsqueda de la paz, como misión de sus sacerdotes, durante siglos, pero no son sumisos ni tampoco tan espirituales. Son tan consumistas como cualquiera. Yo con la India mantengo una historia de amor y de odio: me atrae mucho, la conozco bien, pero ciertos aspectos me ponen frenético.¿Como cuáles?La manera en que las élites tratan a sus criados. ¡Hay que ver sus habitaciones, dan pena! Yo he visto al dueño de una buena casa, durante una cena en Delhi, pegarle servilletazos y grandes gritos al criado, por no traer a tiempo el arroz. ¿Por qué ha habido en India tanta polémica alrededor de su libro El Sari Rojo, una novela sobre la poderosa familia Gandhi y especialmente sobre Sonia, la mujer y sucesora de Rajiv, el hijo de Indira, asesinado como ella?No podían prohibirlo porque es una democracia y hay libertad de expresión; pero si tocas a la familia Gandhi, esa libertad desaparece. El solo anuncio creó un escándalo desproporcionado, con manifestaciones en Delhi y en Bombay, donde quemaron una efigie mía. Una cosa tremenda, porque nadie había leído el libro, ya que no estaba todavía traducido al inglés.¿A qué le temían?A ver desmitificada a Sonia Gandhi. Como escribí sobre ella sin su consentimiento, les sentó peor que si hubiera entrado dando patadas a la puerta. Un mail amenazador del abogado de Sonia decía que se oponían a su publicación porque contenía difamaciones, mentiras y medias verdades.¿Trataron de impedir la publicación?Mandaron mensajes a mis editoriales europeas, para que retiraran el libro, pero una periodista amiga mía contó el caso y el escándalo saltó a las primeras páginas de los periódicos y el Presidente del Tribunal Supremo de India pidió que no lo censuraran. Muy pocos hablaron del tema que planteaba esta polémica: ¿dónde está la frontera entre la ficción y la no ficción? Hubo, sí, una reacción histérica, visceral: ¡“han tocado a nuestra “diosa”! Creen que el simple hecho de hablar de ella la rebaja a ser mortal.¿Cómo aborda la historia de Sonia Gandhi, como para desatar semejante trifulca?Conté muchos aspectos de su vida. Por ejemplo, que tenía unos padres muy pobres, que se fue de casa y se casó sin consentimiento de ellos, etc. Cosas que por razones políticas no querían divulgar. Allí hay una deformación cultural, porque en la India resulta humillante la pobreza, que se asimila a las castas más bajas. Los gobernantes del Partido del Congreso no quieren que los campesinos se enteren de que el papá de Sonia Gandhi era pobre como ellos.¿Hay alguna acción legal contra usted?No, no prosperaría ni siquiera en la India, porque no hay difamación. Si me hubiera inventado una escena de amor entre ella y el Dalai Lama podrían proceder, pero como no hay nada de eso, lo tienen difícil.¿No contar con su colaboración le dificultó mucho más las cosas?Sin duda, hasta pensé en abandonar el proyecto, pero me fastidiaba hacerlo porque era sobre la transformación de una mujer europea que acaba siendo india hasta el tuétano, que sólo quiere ser ama de casa pero termina por ser la mujer más poderosa, y que debe tomar decisiones que afectan a una sexta parte de la humanidad. Resolví hacerlo sin ella y me di a la tarea de buscar una fisura en esa fortaleza inexpugnable.¿Y dónde la encontró?En una mujer que publicó un libro de memorias que pasó desapercibido. Había sido, durante 17 años, secretaria de Indira Gandhi, la suegra de Sonia. Se llamaba Usha Bhagat. Era muy mayor y estaba encantada con mi interés en su historia. Se sentía muy molesta porque “los niños” -como ella los llamaba- la tenían olvidada. Su resentimiento me vino de perlas porque ella tenía una gran parte de la información que yo buscaba.¿Un golpe de suerte?Absolutamente. Yo había contratado ayudantes que habían esquilmado los archivos de los periódicos y recuperado todo lo que se había publicado sobre Sonia, pero me faltaba lo íntimo: ¿Cómo atendían en casa a Gromyko, o a Miterrand? ¿Cómo era la relación entre Indira y Sonia? ¿Dónde compraba la comida Sonia? Descubrí que iba todas las semanas a la Embajada Americana. Usha me contó todo lo que pasaba a su alrededor, me indicó dónde encontrar al jardinero y a otras fuentes. Supe cosas muy interesantes con las que los Gandhi dicen no estar de acuerdo.¿Hubo algo que no publicó, por consideración?Sí, pero porque lo supe después de la primera edición del libro. Gentes del pueblo donde nació Sonia, como el director del museo local, me dijeron que su padre había sido fascista al principio de la guerra y cuando vio que la cosa iba a cambiar, se pasó de bando y se unió a los partisanos. Cambió el nombre de todos los de la familia. El nombre de pila de Sonia era Antonia. Quería borrar su pasado pro-Musolini pero, según testimonios, él había participado de una matanza de doce alemanes y sus novias italianas. Como yo no hablaba italiano, un profesor de la Universidad de Turín, se interesó muchísimo y tomó testimonio a los últimos testigos de la historia. En efecto, el señor Mauno participó en esa matanza. No es cierto que se mudara de Luciana, el pueblo donde nació Sonia, a Turín, para buscar trabajo, fue porque había amenazas y un ambiente muy hostil contra él.¡Una verdadera ‘mina antipersona’ para los Gandhi!Desde luego que sí. ¿Usted se imagina qué hubiera pasado al casarse Rajiv, el hijo y heredero político de Indira Gandhi, con Sonia, si esto se hubiera sabido? ‘Se casa con la hija de un asesino’ hubieran sido los titulares. Yo no publiqué eso en el libro, pero ahora lo menciono a la prensa para que sepan que yo sé. ¿Si una biografía cuenta con la colaboración del protagonista, éste tiene cierto control sobre el escritor?¡Claro!, está pasando con Andrew Morton y Angelina Jolie, a quien conozco desde que estaba chiquita porque fui muy amigo y socio de B. Gates, que vivía con su mamá, y pasaba los fines de semana y las Navidades con su familia. Morton quería colaboración y Angelina dijo que no. Ahora anda enferma de los nervios porque va a salir la biografía donde Morton cuenta no sé qué cosas que habrá conseguido por ahí. Como Sonia, cuyo argumento fue: “Usted no tiene derecho a hablar de mí”. El mío es: “Usted es una persona pública y, como tal, está sujeta al escrutinio de un medio de comunicación. Mientras no haya difamación, y lo que cuente esté basado en fuentes que puedo demostrar, ¿por qué no puedo hacerlo? Si usted me dice que no puedo, habría que suprimir tres mil años de Literatura Universal”.Usted describe magistralmente a un país tan complejo como la India, ¿por qué no hubo mezcla con los ingleses?La sociedad tradicional india con su sistema de castas y maharajás y la británica bajo la ideología victoriana, eran muy jerarquizadas. Al principio, los británicos se mezclaron con la gente, aprendieron a hacer el amor y a lavarse gracias a los indios, que se bañaban todos los días. Shampoo es una palabra indostaní y significa ducha. Pero luego, con la moral victoriana se instaló el puritanismo, que encontraba su paralelo en la sociedad tradicional india.Hablemos de Pasión India, otro de sus éxitos. ¿Cómo descubre la increíble historia de Anita Delgado, una andaluza que se casó a los 17 años con el riquísimo maharajá de Kapurthala?Hace 30 años un amigo trajo una carpeta con la historia de Anita Delgado, que su padre, dueño de una productora de cine, había guardado. Me encantó y empecé a escribir el guión mientras él se iba de vacaciones a Kenia. Pero se mató en un accidente y yo abandoné el proyecto. 25 años después estoy en la India trabajando en el libro que hice con Dominique Lapierre, ‘Era Media Noche en Bhopal’. Era muy duro vivir allí y yo me escapaba a Delhi.En una cena me presentan a una princesa muy mayor, muy elegante y muy fina. Recuerdo que sus venas se transparentaban bajo la piel blanquísima de sus manos. Era exquisita. Vestía un sari de seda verde y, a sus 95 años, estaba muy bien de la cabeza. Cuando le conté que era de Madrid me empezó a hablar de Anita Delgado, del escándalo y de todo lo que no se sabía en España, porque Anita había tenido mucho cuidado de que no se contara nada que dañara su cuento de hadas: “Bailarina andaluza, que se casa con potentado oriental y se convierte en princesa”. ¿Y qué sucede? Que esta señora me revela que Anita, ya en la India, se había enamorado del hijastro de su marido y que había tenido que salir corriendo de allí. En la hemeroteca encontré una revista francesa de 1925 con una historia increíble. Me dediqué a investigar y escribí el libro sin atisbo de que tendría tan tremenda acogida. La historia arquetípica de la Cenicienta, sigue vendiendo.¿Qué fin tuvo Anita Delgado?Abandonó la India en 1925. Siempre quiso volver y no pudo. Estuvo en París, luego en Estoril, mandada por el Maharajá que la dejó muy rica, con la condición de que no se volviera a casar. Ella se lió con su secretario, pero nunca lo divulgó para mantener la pensión con la que vivía como una reina.‘Era Medianoche en Bhopal’ es el best-seller que usted escribió en compañía de Domique Lapierre, sobre la tragedia que ocasionó el escape tóxico de una fábrica norteamericana y que dejó 30.000 muertos y 500.000 heridos en 1984, en el corazón de Bophal. Algo escalofriante. ¿Por qué se puso tan bravo con la sentencia que salió hace poco para resarcir a las víctimas?Porque 26 años para esa sentencia sólo significa una parodia de justicia. A esa gente se le ha negado todo, a pesar del enorme daño que se les hizo. No han importado su desesperación, ni sus lágrimas, porque son los más pobres entre los pobres. Si la nube tóxica hubiera ido hacia la parte donde vive la clase media, le aseguro que la justicia hubiera obrado distinto. Dejaron salir al CIO de la multinacional y el responsable máximo. Hoy es prófugo de la justicia, reclamado por la Interpol. Esa fábrica era propiedad, a partes iguales, del gobierno indio y de la multinacional. ¿Qué pasa? Cuando se monta el follón del accidente, se dan cuenta de que la situación es terrible y pactan dar US$20 por persona. De allí en adelante se tapan los unos a los otros porque era un gobierno débil. La India necesitaba inversión extranjera y el gobierno hizo fue un pacto de supervivencia, olvidándose de sus ciudadanos. Entiendo que Dominique Lapierre es tío suyo...Sí, es hermano de mi mamá y estamos muy unidos porque mi padre murió muy joven y él asumió de alguna manera la figura paterna. Siempre me dio trabajo. Cuando estaba en la Universidad investigué para su libro El Quinto Jinete y estuve en Libia y en Egipto. Seguí colaborando con él cuando me necesitaba, como cuando se filmaba La Ciudad de la Alegría.Usted escribió un libro sobre Chico Mendes y Brasil, ¿cómo llegó a ese tema?Estaba investigando la historia de un antropólogo norteamericano que había ayudado a un jefe indígena a viajar a Washington para denunciar ante el Senado la construcción de una presa enorme que iba a anegar la mayor parte del territorio de los Kayapó. Nada más llegaron a Brasil fueron encarcelados y amenazados de muerte. Cuando los soltaron decidimos contar la historia. Hicimos un guión y se lo vendimos a Ridley Scott, que nunca hizo la película. Como me había encantado Brasil seguí investigando y en el entretanto matan a Chico Mendes. Tomo un avión a Xapuri y allí me encuentro un ambiente de fin del mundo. Viajé durante dos años por la Amazonia a investigar la muerte de Chico. Era el gran defensor del Amazonas.¿Por qué se va de Hollywood?Como ese libro, Senderos de Libertad, fue bien recibido, decidí abandonar Hollywood e irme a España a escribir libros. Lo maravilloso de la literatura es que no tienes que aguantar las tonterías del presidente de Warner Brothers, que exige que cambies el sexo del protagonista antropólogo, para que sea una antropóloga que folle con alguien para crear mucho morbo. Hollywood es horrible.¿Su libro sobre Chico Mendes tuvo alguna repercusión internacional?Sí, Mendes estaba amparado por Ong’s norteamericanas muy importantes que le pagaron viajes a Estados Unidos. Él volvió de Sao Paulo a Xapuri a sabiendas de que lo iban a matar. Por eso se convirtió en un héroe que creó una conciencia muy verde y desarrollada en Brasil.¿Por qué sigue entonces una destrucción tan sistemática del medio ambiente?Es un problema de la base social. Hay gente pobre que necesita tierra. La mejor ya está cogida por los grandes latifundios. Entonces se meten a la selva, a quemar, limpiar y sembrar, pero como es un suelo ácido, impropio para la agricultura, al cabo de 5 años tienen que dejar esa tierra y repetir la operación. Si multiplicas esto por cientos de miles de familias, ves lo difícil que es parar la deforestación, a menos que le des una solución a esa población que constituye millones. Eso hay que pagarlo. ¿El hambre sigue siendo para usted el problema más grave del planeta?Llevo 40 años recorriendo el mundo y el tema de la pobreza, la miseria y el hambre no cambia. Mientras haya gente que se muera de hambre no se puede hablar de progreso de la humanidad. Otro tema que ha investigado usted es el de la prostitución infantil.Es lo más duro que he visto. Es una gran tragedia del mundo. Nada ha cambiado porque no hay voluntad política de los gobiernos para atacar ese delito infame, ni de las sociedades para presionar el cambio. Las víctimas también son los más pobres entre los pobres y por eso a todo el mundo le da igual. ¿Cuántas veces hemos estado comiendo, usted y yo, y todos, mientras la televisión cuenta que hay un millón de desplazados por una inundación en Pakistán o tres millones de muertos por un terremoto en China, o que se destruyó Haití, y ni siquiera levantamos la mirada?

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