Michelle Obama: la mujer que tiene sabor a chocolate

Noviembre 08, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Redacción de El País
Michelle Obama: la mujer que tiene sabor a chocolate

Esta es la foto que se convirtió en el asunto más retuiteado en la historia de la red social, por encima de algunas de las tonterías de Justin Bieber, el cantante favorito de las adolescentes.

Michelle, la esposa de Obama, es más que todo y antes que nada, su chica enamorada. ¿Puede el amor hacer del Presidente estadounidense un Romeo incontenible?

Hoy la foto es un símbolo de la victoria. Pero tal vez, si hubiera perdido, su equipo de campaña también la habría tuiteado. Es la imagen de uno de esos abrazos imposibles de fingir. En ella, el presidente Obama aparece con la camisa remangada, los ojos cerrados, la sonrisa tranquila. Y envuelta en él, su esposa Michelle: vestido sin mangas, brazos al rededor de su cuello, el cielo nublado. El mensaje que acompañaba el abrazo fue enviado desde la cuenta oficial del Presidente apenas se confirmó su triunfo: cuatro años más. Pero en el triunfo o en la derrota, cualquier cosa dicha al lado de esa foto iba sobrar.En la mañana del miércoles la imagen había sido retuiteada más de 675.000 veces, haciendo de este el tuit más popular en la historia de esa red social para continentes digitales. En Facebook, la foto fue compartida en 400.000 ocasiones y obtuvo tres millones de Me Gusta, aquella aprobación que los seres virtuales hacen a través de diminutos pulgares erguidos. ¿Quién es la mujer que con un solo abrazo fotografiado convierte al presidente más poderoso del mundo en un romántico fisgoneado por todo el planeta? La pareja se conoció cuando ambos eran estudiantes de leyes en Harvard. Para entonces, el joven Barack ya era un soñador persistente y aunque tardó un par de años en hablarle, supo que algún día lo haría. Para él fue un presentimiento; algunos lo llamamos amor: pensar en que esa chica por la que deliramos un día se convertirá en nuestra novia y comeremos helado juntos, es un sueño que a muchos nos ha mantenido vivos. A Obama le pasó: la primera vez que se besaron fue después de que él la invitara a comerse un cono de Baskin Robbins. “Michelle sabía a chocolate”, contó una vez el Presidente.Pero lo más dulce de la Primera Dama es su inteligencia, su tacto, su poderosa delicadeza: en la noche del martes, por ejemplo, cuando salió de la mano de Obama para celebrar la reelección, Michelle lució un vestido magenta de Michael Kors que ya se había puesto para otras galas. La mujer es capaz de eso, de decir a través de un detalle tan simple como vestir un traje repetido, que la estrella es su esposo y que ella, simplemente y más que todo, es su apoyo.Michelle viene de la clase media estadounidense. Nació en Chicago y heredó de su padre una devoción enfermiza por el trabajo. El papá, a pesar de sufrir esclerosis múltiple desde que era un chico, nunca faltó a su puesto en el acueducto de la ciudad. Tras su muerte, Marian Shileds, la mamá, fue su guía. Se convirtió en su ejemplo al tomar las riendas del hogar y sacarla adelante a ella y su hermano, con un trabajo de secretaria. Así que en su casa nunca hubo lujos, ni derroches, ni excesos. Tal vez por eso Michelle, aún en la Casa Blanca, sigue siendo tan modesta como para comprar parte de su ropero en el sitio web de J. Crew, una tienda más visitada por amas de casa y universitarios que por las mujeres de los poderosos.Estudió en colegios públicos y a través de ese sistema hizo toda la secundaria. Al finalizar se postuló para estudiar Sociología y Estudios Afroamericanos en la Universidad de Princeton, donde fue admitida. Y de allí pasó a Harvard para convertirse en abogada. Su inteligencia la llevó a ubicarse rápido. Incluso, más pronto que el propio Obama. Michelle, poco después de graduarse, empezó a trabajar en la firma de abogados Sidley Austin, a la que tiempo después llegaría Barack para hacer una pasantía de verano. Es allí donde empezó la historia de amor. El resto es idilio conocido: se casaron el 3 de octubre del 92 y en 1998 nació su primera hija, Malia Ann; tres años después llegó Sasha.Hace unos meses, en plena campaña, la Primera Dama habló con una revista del corazón sobre algunos detalles de su relación con el Presidente. Y como una colegiala enamorada, confesó que lo más difícil para ella es lo mismo que siempre ha resultado complicado para cualquier otra mujer, una universitaria, una médica, una arquitecta, una madre a cargo de una casa: quedarse esperando a su hombre. Y ella, claro, es la esposa del presidente de los Estados Unidos pero ante todo y más que nada, es su chica enamorada.Por eso todas las noches, todos los días, lo sigue esperando. No importa dónde esté él: en un viaje, una convención, decidiendo la vida de miles, tal vez de millones, en una silla del Pentágono, ella espera una llamada, una palabra, algo que le recuerde ese helado de chocolate, el primer beso, el amor. Michelle sabe que esa llamada llegará. A cualquier hora, a veces en la madrugada. Ella y las chicas son la piedra sobre la que se levanta el hombre. Y el hombre lo reconoce. En su discurso del tirunfo, se lo dijo ante una multitud: “No sería la persona que sería hoy sin la mujer que decidió casarse conmigo hace 22 años. Nunca te he querido más que hoy, Michelle”.

VER COMENTARIOS
CONTINÚA LEYENDO
Publicidad