Los abusos contra las mujeres afganas siguen abriendo heridas

Los abusos contra las mujeres afganas siguen abriendo heridas

Agosto 29, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Diego Chonta, corresponsal de El País Madrid.
Los abusos contra las mujeres afganas siguen abriendo heridas

Afganistán es un país del tiempo detenido. En muchos sentidos, museo de una era primitiva. Allí, algunas mujeres siguen siendo tratadas como cosas, pedazos de algo. Cuando el régimen Taliban estuvo en pleno, no tenían derecho a educación, medicina, trabajo.

Pese a la salida de los Talibanes, el régimen del dolor sigue vivo. Los casos de Najiba y Lal Bibi, muestra de la barbarie.

Un hombre vestido de blanco y con un turbante naranja levanta su fusil, un AK 47, y dispara una ráfaga de 13 tiros contra una mujer que está sentada de espaldas, a la orilla de un camino cerca de Parwan, a menos de cien kilómetros de Kabul (Afganistán). Detrás de él, alguien lee apartes de lo que podría ser una sentencia: “larga vida al Corán”, “larga vida a los mohaidines”. La mujer muere de inmediato. El que acaba de disparar es un marido ofendido. Najiba, de apenas 22 años, yace tendida en el suelo. La escena, una crueldad propia de tiempos remotos, no es de cuando Los Talibanes permanecían en el poder. La escena ocurrió once años después del final del régimen, después de que el país viviera su largo camino hacia la democracia apoyado por Occidente. La escena ocurrió hace apenas unas semanas. Este caso y el de Lal Bibi, una mujer esclavizada y violada por cinco días que tras escapar de la muerte fue entregada por la Policía al hombre que la sometía (en venganza contra un primo lejano de ella), muestran al mundo que a pesar de que Los Talibanes se fueron en el 2001 de Afganistán, aún sobreviven sus leyes y sus costumbres. Y peor, que poco hay por hacer para evitar miles de casos como estos. A no ser que tengan repercusión mundial gracias a Internet.La difusión del video de la muerte de Najiba, por ejemplo, levantó ampollas en países, donde la pregunta ha sido la misma, ¿Después de todo, qué ha cambiado para las mujeres de este país?Pues muy poco. Los Talibanes se fueron pero sus leyes y su mentalidad se quedaron en muchas regiones con el silencio cómplice del Gobierno de Hamid Karzai, que sólo se pronuncia cuando un video como el de la muerte de Najiba le da la vuelta al mundo; o ante el caso de Lal Bibi, que ha contado con el apoyo de cientos de asociaciones de mujeres.De acuerdo con la socióloga Aroa Martínez, en estos casos los culpables nunca pagan por sus crímenes: “No hay culpables por la muerte de Najiba. Las leyes han cambiado, se supone que estas cosas no debieran suceder, pero suceden. Y el Gobierno no tiene ni la capacidad ni la voluntad de poner muchas de ellas en práctica”. La socióloga dijo que hay varios intereses en juego y que, “sin duda, por mucha ocupación que haya, por muchos años que estén los occidentales, siempre van a suceder estas cosas porque el Gobierno de Kabul sigue contando con la ayuda de numerosas tribus pastunes que tienen sus propias leyes. Lo único que se puede hacer es denunciar y denunciar”.Lal BibiLa historia de Lal Bibi, de apenas 18 años, es insólita. No solo por haber sido secuestrada y violada en venganza por el desaire que un pariente lejano le hizo a su agresor-hecho muy común contra las mujeres afganas-, sino porque la familia, por primera vez, se ha puesto del lado de la chica para pedir justicia y, de esta manera, evitar su muerte. Las leyes tribales de los pastunes exigen que  una mujer violada se suicide para reparar el honor de su familia; en el caso de que no lo haga, su familia podrá matarla.“En pleno Siglo 21 aún nos seguimos preguntando -dice Sara Robles García, de la ONG Mujeres por la Democracia- cómo es posible que esto pase en un país aliado de europeos y americanos. Es una vergüenza para la humanidad. Esto no es justicia, no es un simple secuestro, es crueldad, una atrocidad incalificable, una tragedia para las mujeres y para todos”.La historia de Lal Bibi, la menor de una familia de kuchis, pastunes y pastores seminómadas, comenzó el pasado 17 de mayo con la llegada de los agentes de Policía afgana a su tienda en las afueras de Kunduz.“No nos dijeron nada, sólo se la llevaron y no volvimos a saber de ella”, dijo la madre en Kabul, a la red de de Mujeres Afganas que dirige Samira Hamidi.El jefe de Policía la entregó entonces a un hombre identificado como Khudai Dad que la llevó a su casa, la encadenó, la golpeó y la violó durante cinco días. Luego la dejó libre haciendo saber que había sido violada. Pero ha sido el deseo de justicia de Lal el que ha hecho que el mundo pastún mueva sus cimientos. Los notables de su clan e incluso los clérigos de la mezquita, han recurrido a la asociación de Samira Hamidi para salvarle la vida, haciendo que el culpable sea castigado y le devuelva la honra.“Ya soy una persona muerta - ha dicho la joven al New York Times-. Si el Gobierno no lleva a los responsables ante la justicia, voy a prenderme fuego porque no puedo vivir con esto, con este estigma en la frente”.Para evitarlo está la Asociación de Hamidi que le ha prestado ayuda médica y que ha conseguido un abogado, además de haber dado a conocer el caso a todo el mundo. “Hemos entrado en contacto con el Ministro del Interior, el Viceministro de Seguridad y la oficina del Presidente para tratar de que reciban a la familia y al representante de la tribu de Lal Bibi. Resulta emocionante ver una cuarentena de notables apoyándola”, dice Hamidi.Para ella y para las asociaciones de mujeres que la apoyan es difícil, mas no imposible, que se haga justicia ya que no se trata del primer caso denunciado. Sin embargo, las experiencias anteriores han sido nefastas El otro problema es la falta de justicia afgana, la del nuevo gobierno, la nueva constitución y  las nuevas leyes, que no van más allá de las grandes ciudades. En la zona rural, a donde no llegan los funcionarios, funciona la ley de las tribus que aplican a su libre albedrío.“La justicia afgana no llega a estas zonas -agrega Sara Robles Martínez, de la Asociación de Hamidi- porque no hay funcionarios ni medios para hacerla cumplir y porque, de manera sencilla, estas tribus apoyan al gobierno de Karzai que necesita de ellos para sostener su poder”. Robles dice que por eso los jefes de las tribus dictan las leyes y las hacen cumplir, independientemente de su crueldad. Es por esto que la familia de Lal Bibi no solo está rompiendo con la tradición más arraigada: “Su valentía pone a prueba el compromiso del Gobierno con la igualdad de la mujer y los derechos humanos. Pese a ello, al esfuerzo, lo más probable es que este caso, como tantos otros, se quede sin resolver”.Afganistán sigue siendo una contradicción: aunque hay mas mujeres en el Gobierno, aunque muchas han vuelto a estudiar (algo prohibido por Los Talibanes), aunque ha mejorado el sistema la salud y se ha establecido un Ministerio de la Mujer, siguen viéndose los matrimonios forzados, las mujeres siguen siendo esclavizadas, torturadas y violadas y en muchas regiones, los maridos tienen derecho a matarlas. Y si no lo hacen ellos, lo hace su propia familia.

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