“La fama se convierte en pesadilla": Mario Vargas Llosa

“La fama se convierte en pesadilla": Mario Vargas Llosa

Octubre 09, 2010 - 12:00 a.m. Por:
Margarita Vidal

El premio nobel de literatura 2010 reveló en pasadas entrevistas con la periodista Margarita Vidal que las cosas buenas que le pasan, generalmente no lo estimulan a fantasear literariamente sobre ellas. Los reveses sí.

La adjudicación del Nobel de Literatura al escritor peruano Mario Vargas Llosa (bautizado Jorge Mario Pedro), revivió las especulaciones periodísticas sobre el famoso y todavía inexplicado puñetazo con el que le puso un ojo colombino a Gabriel García Márquez, hace 34 años, a la entrada de un cine en México. Al respecto, Vargas admitió hace años, en una entrevista con Fernando Garavito para la revista Cromos, que no habría forma de atajar las consejas: “Van a proliferar como un cáncer porque la realidad es así. Desde el momento en que, para su desgracia, uno se convierte en una persona pública, como ocurrió con García Márquez y conmigo, nuestro incidente será siempre una fuente magnífica de habladurías, de chismes, de invenciones. Sé que no hay manera de evitarlo. Siempre lo he dicho, y lo repito: se trata de un problema de tipo personal, sobre el que no diré más”.Como esa famosa amistad se acabó hace décadas, los periodistas deberían hurgar más bien en la tesis doctoral de Vargas: ‘García Márquez: Historia de un Deicidio’, un trabajo monumental de casi 800 páginas, que patentizan su admiración por la obra del imaginador de Macondo, hasta Cien Años de Soledad y antes de que le fuera dado el Nobel a Gabo. Un libro, que unido a los otros 50 que ha publicado el escribidor de Arequipa, conforma la vasta y sólida obra que le valió el premio de la veleidosa Academia Sueca, que en una injusticia histórica se lo negó a Jorge Luis Borges.Por razones del oficio he tenido la oportunidad de entrevistar en dos oportunidades al autor de Los Cachorros, La Ciudad y los Perros, la Casa Verde, Historia de Mayta, La Tía Julia y el Escribidor, La Fiesta del Chivo, y muchos más, y de escribir que quien haga una lectura detallada de esos libros descubrirá que en su vida está su circunstancia, en su circunstancia está el Perú, en el Perú está su historia y en su historia está él, con todos sus pelos y señales, y que en todos sus temas hay un gran hilo conductor, evidente o sutil, según sea el caso.Su aventura política por la presidencia del Perú terminó mal, pero las cuestiones electorales pertenecerán siempre a la pobre reserva del sumario, y nadie recordará dentro de cien años la posición política de un artista, por importante que sea. De derecha, de centro, de izquierda, comprometido o sin compromiso, el creador literario sólo será juzgado a partir de su obra. Y en la de Vargas Llosa hay libros monumentales. ‘Conversación en la Catedral’, por ejemplo. O ‘La guerra del Fin del Mundo’, una verdadera epopeya en la que caben nuestra historia, nuestra moral, nuestras costumbres, nuestra incoherencias, nuestra política, nuestros fanatismos, nuestros excesos y desmesuras.Hoy recojo fragmentos, muchos inéditos y otros publicados en mi libro ‘Viaje a la Memoria’, en los que este brillante escritor, pertinaz, disciplinado y prolífico, revela pensamientos sobre su vida, la política, el humor, el compromiso del escritor, la desigualdad, la fama y hasta los celos, pero, sobre todo, la Literatura, esa gran dama que él ha cortejado con elegancia, empeño y celo durante medio siglo y de cuya mano acaba de ingresar a la inmortalidad.¿Por qué considera que “la felicidad es improductiva”? ¿Quiere decir que el buen escritor está condenado a la infelicidad?No, no podría jamás hacer una afirmación como esa. Yo he hablado a partir de mi experiencia, porque en mi caso la felicidad ha sido más improductiva que la infelicidad. En los momentos de gran dicha yo no tengo urgencia de escribir. Las cosas buenas que me pasan, generalmente no me estimulan a fantasear literariamente sobre ellas. En cambio las contrariedades, los reveses, las frustraciones, el encontrarme de pronto enfrentado a la violencia, a la tristeza, a las peores experiencias de la vida, por alguna razón me empujan a crear.En su obra está siempre Piura. ¿Por qué lo marcó tanto?Viví allí un año que indudablemente me marcó en forma definitiva. A los 10 años todos somos nacionalistas terribles, creemos que lo mejor que existe en el mundo es nuestro país, y yo no fui la excepción. Influyó, creo yo, el hecho de que durante ese año dejé de ser un niño inocente cuando descubrí que a los niños no los traía la cigüeña. Un descubrimiento que a la mayor parte de los niños no les produce una gran perturbación a mí me afectó muchísimo. El que las cosas ocurrieran así, en cierta forma me revolvió enteramente, me dio una idea distinta del mundo. A veces me pregunto si no fue ese descubrimiento el que, de alguna manera, hizo que las experiencias de ese año quedaran grabadas al fuego en mi memoria.Si cada personaje suyo tan acabado, tiene algo de usted, de su personalidad, ¿no termina consumiéndolo?Yo sí creo que mi obra está totalmente impregnada de mi propia vida, no de manera deliberada. En muchos casos mis experiencias aparecen aún a pesar de mí mismo. En otros casos sí hay una deliberación, por supuesto, pero creo que no podría escribir si no utilizara la experiencia vital como material de trabajo, como punto de partida. Usted dice “consumirse a sí mismo”, sí, a ratos tengo la impresión de que la literatura es como una especie de inmolación que uno mismo hace de lo que es. Al mismo tiempo la literatura no puede ser solo eso. Es muy importante que tenga un elemento creativo, traído por la imaginación y la fantasía. Pero para que ese elemento juegue yo necesito partir de mi experiencia.Ha dicho que “la literatura es la mentira” y que la verdad que llega a través de la literatura lo hace “por medio de una trampa”. ¿Si considera lo real un elemento tan importante dentro de la literatura, cómo puede llegar a la verdad a través de la mentira?Bueno, uno no escribe una novela para contar la vida tal como es. Para eso se hace un historiador, periodista, memorialista. Creo que cuando uno elige el género de la ficción es porque quiere recrear la vida añadiéndole algo que no tiene, y ese añadido es precisamente lo específico de la literatura, lo que la hace diferente de la historia. Me parece que un escritor vuelca en una novela no sólo aquello que observa a su alrededor, sino también lo que desea, o aquello que le disgusta profundamente de la vida. Y creo que lo vuelca no mediante una exposición racional sino mediante una fantasía, trasformando la vida, cambiándola, convirtiéndola en algo distinto de lo que es, es decir, mintiendo. Ahora, creo que esa mentira expresa una verdad profunda, una manera de ser nuestra, en reacción frente a la vida real. Creo que esa es la razón por la cual leemos novelas.Usted llega tarde al humor con ‘Pantaleón’ y ‘La Tía Julia’. ¿Desprenderse de su posición doctrinaria de izquierda le permitió darle rienda suelta al humor?Mire, me toma muy de sorpresa su pregunta, pero me parece muy interesante. Me deja, además, una inquietud. Yo creo que llegué al humor por accidente, porque quería escribir sobre un capitán al que sus superiores le encargan organizar un sistema de prostitución para las guarniciones de frontera y traté de hacerlo en serio, pero no pude. Me di cuenta de que hay historias que no se pueden contar jamás en serio porque no resultan creíbles para el lector. Así descubrí que el humor es una veta riquísima y que yo estaba totalmente equivocado cuando pensaba que el humor era incompatible con la literatura seria. Ahora, es verdad, eso ocurrió en un momento en que se produjo en mí una especie de deshielo ideológico, cuando empecé a entender la vida de una manera menos esquemática. Quizá eso rompió las prevenciones contra el humor. No sé, pero provisionalmente le respondo que es posible.¿Por qué le parece tan esterilizante para un escritor la vida bohemia y de café?Tampoco quisiera ser dogmático sobre eso. Yo tengo una aversión casi fisiológica contra la bohemia, quizá porque una de las grandes angustias de mi vida es la falta de tiempo para materializar tantos proyectos literarios que tengo, y la bohemia, ese dejar pasar el tiempo en una especie de beatería verbosa, siempre me ha crispado. No me estimula absolutamente nada, sino que me desmoraliza y me deprime. Pero, en fin, no descarto que otros escritores encuentren en ese abandonarse a la pasividad, o al alcohol, un estímulo para crear. A mí eso me produce una depresión atroz. En La Historia de Mayta usted pinta un Perú al borde de la catástrofe. ¿Eso hace parte de su exageración como novelista?En la novela hay una exageración, por supuesto, se pinta un Perú casi apocalíptico, dividido por una guerra civil espantosa, con un terrorismo generalizado. Afortunadamente la situación no ha llegado a esos extremos, pero esa es una ficción que trata de describir lo que sería el final de un proceso de violencia sin freno. ¿El tratamiento debe ser la represión?Cada uno puede combatir la violencia con sus propios medios. Yo soy un escritor y la combato tratando de quitarle el prestigio y la legitimidad que tiene, a través de una ficción que muestre lo que es la violencia en todas sus caras. En la literatura o en el arte la violencia puede ser muy bella, pero en la realidad nunca lo es; por el contrario siempre es monstruosa y horrible. Entonces creo que un escritor, como otros, en ese campo puede dar una batalla. Creo que no conseguiremos crear unas formas de vida política realmente civilizadas si no llegamos al consenso de que nadie tiene el derecho de matar a otros, ni de acallar o silenciar a nadie en razón de sus ideas. ¿Eso nos deja por fuera la solución de gobiernos militaristas? Absolutamente. Yo he estado siempre, y nadie podrá decir jamás que he cedido un ápice en mi posición, en contra de las dictaduras militares por las mismas razones por las que estoy en contra de las dictaduras sociales, o ideológicas, porque creo que nadie tiene la verdad absoluta. Ésta simplemente no existe. Sostiene que todo escritor está en la obligación de influir políticamente y de combatir el autoritarismo y que le parece inmoral que no opine sobre lo que sucede en su medio. ¿Dónde queda la literatura por la literatura? El escritor que se dedica única y exclusivamente a la literatura puede tener resultados extraordinarios en ese campo y creo que eso es perfectamente legítimo. Ahora, ya desde el punto de vista moral y literario, pienso que en países como los nuestros un escritor no tiene derecho a abstenerse de una problemática tan atroz y, sobretodo, a no usar en un sentido positivo el poder que le da el hecho de ser escritor. Los escritores, no sé si para bien o para mal, son capaces de llegar a muchos medios. En el curso de la historia latinoamericana muchas veces los escritores han sido pioneros, como en el caso del problema agrario, en cuya denuncia estuvieron antes que los políticos y los sociólogos. Fueron los escritores los que denunciaron las terribles injusticias que pesaban sobre el hombre del campo y sobre el del horror que significaba el sistema de latifundio. Eso aparece primero en las novelas antes que en los foros y parlamentos. Se podrían mencionar muchos casos en que la literatura latinoamericana ha cumplido un papel importante dentro de nuestra revolución social e histórica. ¿Dónde se ubicaría desde el punto de vista político si ya no es de izquierda y sostiene no ser de derecha, en el centro?Yo creo que en muchas posiciones soy muy radical y en otras tal vez soy un conservador. Lo fundamental para mí es ir definiendo mi posición política en función de opciones concretas. Puede decirse que tengo posiciones de centro en algunos casos y en otros de izquierda, pero fundamentalmente soy una persona que cree en la democracia, ahora, creo que la democracia no debe ser una fórmula muerta, anquilosada, creo que hay que dinamizarla y darle un contenido social muy avanzado en países como los nuestros, donde se necesitan reformas tan importantes. Al mismo tiempo creo que es imperativo defender a toda costa la libertad, pero para mí una de las monstruosidades de nuestra época es que defender la libertad pueda hacerse aparecer como monopolio de los conservadores, cuando esa era la bandera de batalla de los socialistas, de los revolucionarios. Que hoy en día hablar del derecho de crítica al poder pueda ser considerado como síntoma de conservadurismo, nos muestra hasta qué punto hay una perversión del vocabulario y de la cultura política en nuestro tiempo. Hay una frase suya que me ha dado mucho que pensar y que me parece demoledora para los idealistas, si es que queda alguno: “La mediocridad es un camino preferible, en el campo de las reformas, al de la perfección absoluta”. Es como la negación de las utopías. ¿No le parece? Eso hay que matizarlo para que sea comprensible y no parezca un ucase. No, mire, en el campo político y en el campo social creo que el compromiso y la transacción son inevitables si uno quiere que realmente las reformas y el progreso se hagan de una manera totalizadora, es decir, en el campo de la justicia y en el campo de la libertad, que para mí no deben ser nunca disociables. Bueno, pues si hay compromiso, si hay transacción, la perfección es imposible porque jamás va a poner usted de acuerdo a una sociedad entera sobre los métodos y sobre las fórmulas de solución. Entonces, el transar, el pactar en ese campo es inevitable si se quiere conseguir un consenso. Cuando hablo de “mediocridad” me refiero a esto: la perfección absoluta, es decir la idea que va a insertarse en la realidad ciento por ciento, sin modificación alguna, es una ilusión. Eso ocurre en el campo del arte, en la literatura. En la praxis social eso no puede ocurrir a menos que usted esté dispuesto a degollar, a hacer grandes matanzas, para imponer una verdad absoluta, una realidad. Todavía hay intelectuales que piensan que la libertad sólo puede darse en los países desarrollados como los europeos y que en los nuestros debe operar la revolución. ¿Qué opina de esa discriminación filosófica?Hay de hecho escritores europeos, periodistas, intelectuales, en quienes existe esa actitud que usted bien llama discriminatoria. Tienen la idea de que la democracia, la libertad y, en general, las fórmulas de convivencia funcionan en países como los europeos, pero creen que en países como los nuestros donde hay desigualdades tan terribles es una ingenuidad pensar que pueda haber democracia y libertad. Es decir, que el ser victimas de injusticias y dictaduras nos incapacita para la libertad, que es un privilegio del hombre que ha alcanzado altos grados de vida y de cultura. Esa es una gigantesca mentira porque ninguno de esos países habría llegado a ser lo que es partiendo de ese supuesto, porque fueron más bárbaros que los nuestros. Nuestros pueblos, cuando han sido consultados, no han elegido nunca las dictaduras sino opciones a favor de la justicia con libertad. Es clarísimo. Yo entiendo que un intelectual que acepta un sistema como el soviético y lo quisiera también para Inglaterra y Francia, lo reclame para nuestros países. Pero uno que defiende la libertad en su país y cree que las dictaduras de izquierda o de derecha son inaceptables en su patria, no tiene por qué pensar que son inevitables para las nuestras. Eso, para mí, es el racismo de nuestro tiempo. Un nuevo racismo que no parece como tal, pero que establece unas diferencias prácticamente ontológicas entre latinoamericanos y europeos.¿Cómo maneja usted la fama?La fama halaga la vanidad y trae satisfacciones, pero como viene acompañada de la popularidad se convierte en una pesadilla. De pronto uno descubre que su vida está atrapada por una maquinaria que ya no controla, que le hace perder tiempo y que lo obliga a hacer y decir cosas que no se quiere hacer ni decir. ¿Alguien de su independencia, de carácter, sí dice lo que no quiere decir?Sí, muchas veces.¿Qué lo obliga?Yo sobre mis ideas fundamentales no transijo, claro que no, pero hay situaciones de compromiso como aquellas en que te colocan los periodistas, en las que uno siente que la vida le es un poco arrebatada, que hay una imagen que empieza a funcionar y en la que uno mismo no se reconoce. Yo muchas veces leo en los periódicos u oigo en televisión cosas que se me atribuyen y que dentro de un contexto pudieron tener un sentido, pero dejan de tenerlo cuando son extraídas y presentadas sin razonamientos previos, ni coherencia. Eso hace perder tiempo y puede afectar un poco el trabajo como escritor. ¿Es decir, que a veces se siente manipulado?Sí, ¡por supuesto que sí!

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