La batalla por Libia

Marzo 19, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Víctor Guerrero, Profesor de Ciencias Políticas, Universidad Javeriana - Bogotá.

La declaratoria de la zona de exclusión no es otra cosa sino la guerra entre la Otan y el dictador libio.

Tras las sucesivas revueltas, tan inesperadas como exitosas en Túnez y Egipto, por parte de jóvenes y trabajadores contra corruptos gobiernos sostenidos por la represión policial y los dólares norteamericanos, el levantamiento libio del 17 de febrero contra Gadafi parecía encajar por completo en el nuevo libreto de la política árabe de revoluciones triunfantes.La rápida ocupación por parte de los rebeldes -con fuerte apoyo en una de las grandes tribus que conforman el país, la Zuwaya- de la segunda ciudad más importante, Bengasi en el oriente, sumada a la defección de varios de sus generales y la inicial condena del régimen del antiguo coronel por los gobiernos occidentales, hicieron parecer sus días contados.Sin embargo, pocos previeron la brutalidad de los ataques contra la población civil que ni el propio Mubarak se atrevió a desencadenar. Pero Gadafi resultó muy distinto: militar golpista en el 72, nacionalista a ultranza, terrorista bombardeado por Reagan en 1986, hábil negociador del petróleo y el gas convertidos en su propia caja menor, el viejo zorro paranoico convirtió la guerra contra el terror en su mejor aliada para colocarse del lado de los buenos.Posando de adalid regional contra la amenaza de Al Quaeda, logró salir de la lista negra, extraditó a los ciudadanos libios responsables del atentado de Lockerbie -donde cayera el avión estadounidense con más de 200 muertos a cuyos familiares pagó cuantiosas indemnizaciones- para que fueran procesados en Escocia, y proporcionó bases para la invasión de Iraq y las torturas extraterritoriales que la acompañaron.Pese a las medidas adoptadas en la ONU, la UE y EU -congelación de cuentas bancarias, repudio a sus embajadores y audiencia a los representantes del gobierno provisional, remisión a la Corte Penal Internacional como responsable de genocidio y crímenes de lesa humanidad- la contratación de mercenarios africanos y el escalamiento de los ataques contra los rebeldes, han conducido a un escenario inimaginable apenas una semana atrás. La inminencia de una situación similar a la de la guerra civil española en vísperas de la caída de Madrid en 1939 en manos del fascismo, a la cual los países europeos asistieron impávidos mientras se enredaban en sutilezas diplomáticas, pareció actualizarse con todas sus ominosas consecuencias ante el vertiginoso avance de las tropas mercenarias con listas en mano de los rebeldes, cuyo jefe, Mustafá Abdel-Jalil, que lidera una variopinta multitud de líderes tribales, militares, religiosos y civiles, demandara la intervención.Mientras que Bruselas -sede del Parlamento europeo y de la Otan- se dividiera en torno a la imposición de una Zona de Exclusión Aérea, el Consejo de Seguridad de la ONU en Nueva York vio postergado un consenso sobre dicha medida, pese al respaldo que la Liga Árabe le diera -en un paso hasta ahora nunca visto en su historia- hasta la noche del jueves 17 de marzo, cuando finalmente, demasiado tarde para unos pero al menos antes de la caída de Bengasi, con la abstención de Rusia, China, Alemania y Brasil, se expidiera la Resolución 1973, que autoriza además la adopción de todas las medidas necesarias para hacerla efectiva.En buen romance esto no es otra cosa sino la guerra entre la Otan y el dictador libio, frente a la cual el propio secretario de defensa de E.E.UU., Robert Gates, se mostró más reticente que el mismo Obama –que por fin tiene una guerra propia y no heredada-y sus colegas Cameron y Sarkozy. La legalidad de la acción no impide la extensión explosiva de un enfrentamiento militar que ha sido desastroso en Iraq y Afganistán –por fuera de la ley internacional-, esta vez en dos continentes y ante un rival que probablemente se alíe con los más diversos extremismos islámicos, desestabilizando todavía más un escenario de por sí explosivo e impredecible.

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