Hablan los hijos que acusan a sus padres de genocidas en Argentina

Hablan los hijos que acusan a sus padres de genocidas en Argentina

Junio 10, 2018 - 10:41 a.m. Por:
Meryt Montiel Lugo / Editora de Domingo 
Colectivo historias desobedientes

El nombre del colectivo se debe a que la página de Facebook que usaron para que la gente se comunicara con hijos e hijas de genocidas se llama ‘Historias desobedientes y con faltas de ortografía’.

Especial para El País

En Argentina cada vez toma más fuerza el ‘Colectivo historias desobedientes’, un grupo conformado aproximadamente por 80 hijos y familiares de genocidas que cometieron muchos delitos de lesa humanidad durante la época de dictadura en ese país.

El 7 de noviembre pasado el grupo buscó a través de un proyecto en el Congreso una modificación de la Ley Procesal Penal para que sean removidos dos de sus artículos (178 y 242) que prohiben a familiares directos (hijos) denunciar y participar en testimonios judiciales contra padres que han cometido crímenes de lesa humanidad y no han sido condenados.

Los integrantes del colectivo, algunos de los cuales se han cambiado el apellido paterno, han alzado su voz contra decisiones judiciales como la que expidió la Corte Suprema de su país que dio la posibilidad de liberar a algunos de los detenidos por crímenes de lesa humanidad o de descontarles dos años por cada año que pasen en la cárcel (2x1).

Luchan, además, para que dejen de existir leyes como la que ha permitido que un padre -aun cuando es un genocida que está purgando cadena perpetua- haya iniciado querella a una de sus hijas por “indignidad”. De este modo la puede desheredar. Y todo porque ella no calló frente a sus crímenes y rompió vínculos con él.

Han participado también en varios eventos como las protestas por la domiciliaria que la justicia le concedió al reconocido genocida Miguel Etchecolazt o en marchas en favor por el respeto a la vida de las mujeres como ‘Ni una menos’.

“Testimonios contra mi padre son contundentes”
Analía Kalinec

Analía Kalinec.

Especial para El País

Analía Kalinec, psicóloga que trabaja en escuelas públicas de Buenos Aires se enteró en 2005 de que su padre fue un genocida, cuando ella tenía 24 años y era madre de un bebé.

El día en que su mamá le informó que su papá estaba preso, pero que no creyera nada de lo que decían los medios sobre él, ella no entendía bien de qué hablaban. “Jamás hubiese relacionado a mi papá con algo que tuviese que ver con la dictadura”.

Su padre, Eduardo Emilio Kalinec, quien fue miembro de la Policía Federal, está preso en una cárcel de Buenos Aires desde hace doce años. Fue condenado a cadena perpetua porque hizo parte de los grupos que salían a secuestrar y luego, en centros clandestinos, eran los responsables de torturar y desaparecer a las personas.

“Para la época de los hechos él tendría 25 años, era muy joven. Mi papá, por la edad y por la jerarquía que tenía era el último eslabón de la cadena, el que ejecutaba las órdenes”, comenta Analía, hoy madre de dos niños de 13 y 9 años.

Al principio no creía que su padre, “un papá que siempre fue muy querido y bueno”, fuera un genocida, que hubiera cometido los delitos que se le endilgaban, “no quería aceptarlo, fue un momento muy doloroso de aceptación”.

Cuando empezó a avanzar la reapertura de los juicios y estos a ser más visibilizados en los telenoticieros, Analía, entonces estudiante de una universidad pública, empezó a tener una mirada diferente de este asunto. Y surgieron en ella cuestionamientos muy íntimos y contradictorios al no poder confiar en lo que decía su padre. En 2008 la causa de su progenitor es elevada a juicio oral, entonces, “entiendo que algo en el discurso estaba fallando y que tenía que averiguar”.

“Ahí se produjo un quiebre. Enfrento a mi papá, cuestionándolo, preguntándole qué era lo que había pasado realmente y él termina defendiendo su postura y su accionar”, evoca Analía.

Los primeros años que su padre estuvo en la cárcel lo iba a visitar, pero a partir de 2008 dejó de hacerlo. Mas, como explica, por una decisión de sus familiares, ya que como ellos decían, ella “era dañina” para la familia, por “querer hablar, saber, preguntar” sobre todo lo relacionado con su padre.

Hubo un tiempo en que incluso, su madre y ella se distanciaron, pero por la recaída de su mamá a causa de la enfermedad que la afectaba hacía varios años (linforma no hodking) volvieron a reencontrarse. Su progenitora murió hace dos años.

En la actualidad no duda de que no sean ciertos los testimonios en contra de su padre. “Son contundentes”. También, dice, evidencian su culpa “los lugares por donde atravesó todos esos años, y al interior de la familia hice una búsqueda y me encontré con relatos que terminaron de confirmar esto”.

Su papá, hoy de 65 años, jamás le confesó sus delitos. “Cuando lo enfrenté lo que hizo fue justificar lo que sucedió diciendo que había sido una guerra, que él había salido a luchar por la patria. Termina muy convencido de su postura. En ningún momento mostró arrepentimiento por lo que hizo”.

Como integrante del colectivo Historias Desobedientes quiere que su padre y el de todos los miembros de esta agrupación, “que están con todas su facultades mentales intactas, hagan su aporte a la sociedad y digan lo que saben, porque sabemos que tienen información que podrían dar y que podría traer alivio a familias argentinas y a la sociedad en general, incluso, a ellos mismos”.

“Denunciar a un padre es cuestión de dignidad”
María Laura Delgadillo

María Laura Delgadillo

Agencia EFE / El País

Los miembros del Colectivo Historias Desobedientes están rompiendo con estigmas muy fuertes de una cultura occidental y cristiana que enseña ‘deberás honrar a tu padre y a tu madre’, comenta María Laura Delgadillo, maestra de 58 años, una de las fundadoras del grupo.

Pero hoy, agrega esta profesora de canto, “debemos pensar que hay otro mandamiento: no matarás. Muchas veces estas situaciones extremas de delitos aberrantes no pueden ser ocultadas, que queden impunes, por más que sea nuestro padre, hermano, tío o un vecino o alguien por el que tengamos algún afecto”.

Aunque su padre, el policía de la provincia de Buenos Aires Jorge Luis Delgadillo “no fue una persona amorosa, sino más bien violenta”, para ella no fue fácil superar esta situación. Lo mismo han vivido varios de sus compañeros de lucha.

“Hay un quiebre dentro de las familias. Imaginate vos enterarte de que tu padre hacía cosas terribles, que podía torturar, violar, apropiarse de un niño, son cosas que no van a mantener una familia unida, nosotros como hijos también nos vemos damnificados, enterarte de ese tipo de actividades de tu padre no es fácil de sobrellevar”.

Pero tenemos que plantearnos qué le dejamos de legado a nuestros propios hijos, continúa Delgadillo, esto es una postura frente a la vida, a la ley, a la dignidad humana. “Creo que el mejor legado que le puedo dejar a mi hija es tener una postura digna. ¿Yo qué le quiero dejar? ¿La imagen de alguien que calla frente a un crimen? Jamás. Tenía que tener una postura de dignidad frente a esta situación, no callar, no ser cómplice”, comenta esta preparadora vocal en coros, residente en La Plata.

Delgadillo sabe que su padre fue “un genocida” durante la dictadura militar de Argentina, algo de lo que se fue enterando paulatinamente, pues expresa, “dentro de mi familia no se hablaba de lo que pasaba”.

Yo me enteraba de cosas por terceros, expresa Delgadillo, pero tenía indicios de que mi padre había participado, por ejemplo, en secuestros “porque había, lo que llaman ‘botín de guerra’: ‘hackeaban’ las casas de las personas que secuestraban y en mi casa había de esos objetos, que yo pensaba, había comprado en compraventas, ferias, etc, como él nos dijo. Sin embargo, eran de detenidos que tenían cautivos ilegalmente”.

Cuando Laura comprendió un montón de situaciones y quiso decirle a su padre: “¿qué hiciste? ¡Confesá algunas cosas para poder ubicar los cadáveres de las personas que ustedes mataron!”, no pudo, “porque esto me creó muchos sentimientos encontrados y no pude enfrentarlo”.

Jamás pudo reclamarle a su padre -que ya murió- por sus delitos, porque sufrió de una enfermedad (estuvo cuadrapléjico) que lo tuvo postrado en una cama por muchos años y a Laura no le pareció humano someterlo a una situación tan dura con ese padecimiento. “Me sentía como si yo fuera una torturadora que estaba abusando de una persona en condiciones desfavorables”, acota.

Sin embargo, es dentro de las integrantes del colectivo una de las que sale a los medios, da la cara y habla sin pelos en la lengua. Revela que denunciar a un padre cuando ha cometido delitos de esta calaña es muy fuerte. “Tenés que tener muy claro por qué lo haces, que no sea por resentimiento ni rencor, sino por una cuestión de dignidad, por no callar crímenes que son terribles, de lesa humanidad, de no convertirnos en cómplices”. Comenta que su actitud y la de sus compañeros es por amor a la ética y a la verdad. “Cualquier testimonio que podamos dar sirve para reconstruir la memoria colectiva  y defender la verdad y la justicia”.

VER COMENTARIOS
CONTINÚA LEYENDO
Publicidad