Entrevista con Nereo López, leyenda viva de la fotografía colombiana

Entrevista con Nereo López, leyenda viva de la fotografía colombiana

Junio 14, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Juan Fernando Merino l Especial para GACETA
Entrevista con Nereo López, leyenda viva de la fotografía colombiana

A punto de cumplir 96 años, Nereo, el más célebre de los fotógrafos colombianos activos, e indiscutiblemente nombre insigne del medio en el país, planea, con la misma energía de siempre, publicar una ‘Neroteca’.

A punto de cumplir 96 años, Nereo, el más célebre de los fotógrafos colombianos activos, e indiscutiblemente nombre insigne del medio en el país, planea, con la misma energía de siempre, publicar una ‘Neroteca’.

Cuando una mañana de abril de 1954 el joven fotógrafo cartagenero Nereo López-Mesa llegó a La Playa, corregimiento de Salgar, en el Atlántico, para participar como director de fotografía en la filmación de la película experimental ‘La langosta azul’, se encontró con una escena insólita: el escritor Álvaro Cepeda Samudio, el pintor Enrique  Grau y el librero catalán Luis Vicens caminaban presurosos detrás del pianista y poeta Roberto ‘Bob’ Prieto, quien iba a representar al protagonista de la cinta, un agente secreto gringo, tratando de convencerlo de que lo pensara mejor y no abandonara tan precipitadamente el sitio de rodaje de la que sería la primera película surrealista filmada en Colombia.

No hubo manera. A Prieto le habían pasado unos minutos antes el estrambótico guion escrito por Vicens y Grau a partir de un cuento de Cepeda Samudio, con aportes de García Márquez, Alejandro Obregón y otros contertulios del bar La Cueva, y antes de llegar a la tercera página había exclamado enfática y costeñamente: “No’mbe, yo no le jalo a esta mamadera de gallo”.

El actor en ciernes se marchó por donde había venido y cuando el trío de cineastas  regresaba abatido se topó con Nereo, quien descargaba sus cosas.  Vicens frenó en seco, lo miró y le dijo: “Nereo, ojos azules, te tocó hacer de gringo”. “Listo. ¡Por qué no!”

Fue así como Nereo López-Mesa, o simplemente Nereo, como prefiere que lo llamen, pasaría además de director de fotografía y dueño del trípode usado en la filmación, a ser el protagonista de la ahora legendaria ‘Langosta azul’.

“Yo creo que ese es uno de los secretos de mi longevidad”, me confió durante una conversación en el parque Washington Square de Nueva York, a donde se mudó en el 2000, a sus 80 años, en busca de mejor fortuna de la que había tenido en Colombia.

“Las palabras ‘no’, ‘no se puede’, ‘no lo hago’, no están en mi vocabulario. Así es como terminé haciendo las cosas más impensadas. Y es por eso que  sigo vigente y experimentando. Yo, desde luego, soy una persona mayor, pero no vieja, porque viejo es lo que no sirve”.

Ahora, a punto de cumplir 96, Nereo, el más célebre de los fotógrafos colombianos activos, tiene en la mira realizar ocho libros de fotografía. La Nereoteca, como ha llamado al proyecto.

La anécdota desmesurada de  ‘La langosta azul’ coincide con el espíritu de este hombre igualmente desmesurado y aventurero, cuya  vida, obra, viajes, amores y sueños ofrecen material de sobra no para una sino para varias películas. Empezando por su infancia, buena parte de la cual la pasó…  ¡en el interior un bus urbano de Cartagena!

“Quedé huérfano muy pronto; mi padre murió cuando yo tenía 5 años, y mi madre cuando tenía 11. Y estuve de pariente en pariente hasta que conseguí un sitio para dormir en el bus de un tío; en su casa no había espacio porque tenía muchos hijos. El bus cubría la ruta del Parque Centenario; allí dormía, pero a las cuatro de la mañana que empezaba el recorrido, tenía que bajarme, ducharme con la manguera para lavar el vehículo e irme a hacer tareas a un parque hasta que llegaba la hora de ir a la escuela. A las cinco  me recogían en el bus y allí deambulaba  por Cartagena en mi asiento asignado, al lado del conductor, hasta que guardaban el bus a las once de la noche y podía dormir”.

Evidentemente no fueron fáciles los inicios de Nereo, quien  se desempeñó en esos años como ayudante del bus del tío, ayudante de pesca, portero de una sala de cine, proyeccionista y, más adelante, encargado de una sala de cine en el puerto fluvial de Barrancabermeja, gracias a la iniciativa del gerente regional de Cine Colombia en aquella época, Miguel Arenas, a quien recuerda con inmensa gratitud.

Esa etapa, a principios de los 40, fue crucial. Tuvo acceso por primera vez a una cámara, empezó a estudiar por su cuenta fotografía en los libros que encontraba (llegaría a tener 1,200  y hace unos años los donó al Museo Nacional de Colombia) y tomó un curso por correspondencia con el New York Institute of Photography. Al culminarlo, viajaría a esta ciudad en 1947 para presentar su tesis.

Aquello sería una gran odisea e iniciaría un romance de Nereo con la ciudad de los rascacielos que ha durado setenta años. Y un romance con Helen, una joven neoyorquina, que terminó en matrimonio, pero sólo duraría unos pocos meses. “Lo que pasa es que nos enamoramos casi a primera vista”, dice; “pero yo también era un poco charlatán y le hablaba de culebras y  caimanes del río Magdalena. Ella se moría de las ganas de conocer y yo me fui adelante para preparar las cosas. Luego se enteró de que era un momento de mucha violencia en el país y canceló el viaje. Seis u ocho meses después me llamaron de la Embajada de Estados Unidos a decirme que había una petición de porcio”.

A Nereo, sin embargo,  no le faltaron oportunidades, en buena parte gracias a su filosofía básica de  vida: No decir que no a nada. De esa disposición  para hacer lo que haga falta, hay dos aspectos claves para entender su  trayectoria: por una parte su carácter de trotamundos, que lo llevó a viajar por varios países y servir como corresponsal y reportero gráfico de medios prestigiosos como O Cruzeiro de Brasil, Cromos, El Espectador y El Tiempo; y, por otra, su voluntad de innovación, de estar siempre en la vanguardia del oficio. Fue así como Nereo se convirtió en uno de los primeros fotógrafos del continente en utilizar el ‘lente de ojo de pescado’ y, más tarde, en crear una nueva técnica: ‘transfografías’. Él inventó el nombre. Aun hoy sigue experimentando, “buscando el alma” en imágenes que capta cotidianamente en Nueva York. 

A sus 95 años largos, se propuso publicar ocho libros temáticos, a los cuales se refiere con particular entusiasmo: “Son libros bellos y diferentes. Uno de ellos, ‘Viaje a la nostalgia’, es una selección de fotos de cinco viajes que hice por el río Magdalena desde La Dorada hasta Barranquilla, documentando cómo se viajaba en los 40 y principios de los 50. Todo lo que pasaba en el barco, desde que se cargaba hasta que se descargaba, sus tripulantes y ocupantes, las pequeñas historias que ocurrían a bordo, las embarcaciones cercanas, los habitantes y pueblos de la ribera. Hay fotos espectaculares; incluso las de una pareja a la que dejó el buque y contrató una canoa con motor fuera de borda para alcanzarlo”.

A continuación habla de ‘Una canoa para la vida’. El seguimiento de una canoa en el Caribe desde el momento en que el árbol es cortado en la Sierra Nevada de Santa Marta, la bajada tortuosa por una especie de tractor humano, que se celebra con una fiesta de vallenato y sancocho; la fabricación, su bendición, los usos durante su existencia, su deterioro y agonía, hasta que finalmente deja de ser navegable y se vara en la playa. El proyecto tiene un texto de Manuel Zapata Olivella. 

El tercero es ‘La selva grita’. Registros fotográficos de tres grandes dolores de las selvas colombianas en la segunda mitad del siglo XX: la devastación de la selva de Putumayo, la cacería de animales en el Amazonas y el saqueo de los árboles gigantescos en el Chocó.

Y hay más, ‘Fantasía para un toro de lidia’, ‘La vista desde mi rodilla’. “¿Qué  cuál es mi proyecto más reciente? Aún no tiene nombre, pero digamos que es el perro musical de Union Square.  Una pareja de músicos toca a la salida del metro y va siempre con un perro que se mete en el estuche del contrabajo. Allí descansa plácidamente, se deja acariciar por los niños y luego se queda profundamente dormido mientras sus dueños dan el recital. Pero, carajo, ese perro se sabe de memoria el repertorio; cuando llegan a una canción en particular, se empieza a desperezar, con la siguiente se sale del estuche porque sabe que se acerca la hora de irse. Tocan la última, siempre la misma, busca que le soben la cabeza, y luego el contrabajista guarda el instrumento en la cama del perro y se van”.

¿Y el secreto del buen fotógrafo? “Muy sencillo. Ser intuitivo y tener poder de observación.  Yo sé que soy un buen observador y veo cosas que los demás no ven. ¡Esa es la diferencia! Hay fotógrafos muy buenos y  fotógrafos menos buenos, pero los muy buenos saben ver más. El equipo y las películas son los mismos; las cámaras digitales o no son las mismas, unas con más capacidad y otras con menos, pero todo radica en el poder de observación”.

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