El infierno bajo la tierra que viven los mineros sepultados

Agosto 29, 2010 - 12:00 a.m. Por:
Alejandro Aguirre | Reportero de El País

¿Cómo sobreviven los 33 mineros chilenos sepultados por rocas hace 25 días? Ellos siguen luchando por su vida, con un calor de 36° centígrados, algunos de ellos con un peso perdido de hasta 12 kilos, bajo presencia de polvo y monóxido de carbono. Su rescate tardaría meses. Drama e incertidumbre.

A esta hora 33 mineros atrapados en la mina de San José, en Copiapó, Chile, siguen luchando por su vida, con un calor de 36° centígrados, algunos de ellos con un peso perdido de hasta 12 kilos, bajo presencia de polvo y monóxido de carbono, en medio de una penumbra que parece eterna y alimentándose a punta de leche y duraznos en conservas que les bajan por sondas. “¡Que nos saquen de este infierno!”, se escuchó decir a Luis Urzúa, jefe de turno de la mina, en comunicación con el presidente de Chile, Sebastián Piñera, días después de la tragedia. “Necesitamos que nos rescaten lo más pronto posible. Estamos bajo un mar de tierra”. Hoy estos mineros cumplen 25 días atrapados a 700 metros bajo tierra. El rescate ya se estimó en un tiempo de tres meses y contará hasta con la ayuda de la Nasa, debido a que los mineros se hallan en condiciones similares a las de los astronautas en el espacio: a oscuras, con escasa ventilación y limitados alimentos.Según la psicóloga Mara Tamayo “el golpe psicológico y emocional de estar privados de la libertad surgió en el mismo momento en que supieron que estaban atrapados. Si bien apareció una esperanza cuando fueron hallados vivos, con el tiempo tendrán una desesperanza porque no han podido ser rescatados rápidamente”. Esto conlleva el riesgo, según la especialista, de que los mineros sean presos de depresiones, pánico, intentos de suicidio, agresividad o paros cardiacos. “Alimentación diferente, incertidumbre en el rescate, la falta del mundo exterior y el temor permanente a morir conducen a un debilitamiento espiritual”, asegura. Sin embargo, aún nada de esto ha pasado y en las 600 horas que llevan atrapados sólo imploran porque el rescate se produzca lo antes posible. La oscuridad y el monóxidoJosé Orlando Valencia, un viejo minero de 52 años que quedó inválido por una explosión, tras trabajar 35 años en las minas de carbón de Golondrinas, explica que “uno sabe que entra al socavón, pero no sabe si va a salir. Tan cotidiano se vuelve vivir bajo la tierra que la sensación de estar de día o de noche se pierde con la oscuridad”.El pasado jueves, la televisión chilena mostró un video con por los menos 15 de los mineros atrapados cuyas imágenes delataron que estaban cansados, a oscuras, con largas barbas y sin camisa evidenciando que tienen poca luz -sólo se notó la de la cámara- y que el calor es más que abrasador. Un dominó improvisado es lo único que los entretiene. Valencia agrega que “a estas alturas en el caso de los mineros la oscuridad juega en contra porque mentalmente te mata: un camino de socavón es de dos o tres metros cuadrados, pero con el tiempo y atrapado surge la sensación de ser un sendero estrecho y termina uno agachado, con síntomas de claustrofobia, perdiéndose mentalmente”. Actualmente, los mineros se encuentran en una galería de socavones de cuatro metros cuadrados en promedio cuya longitud es de dos kilómetros, pero con 20 metros de radio de acción como zona de encuentro que catalogan como un refugio. Es decir, puede caber una camioneta doble cabina 4x4 o un camión pequeño, que fue lo que también quedó atrapado.Según Nicolás López, director de exploración de la empresa Mineros S.A., “la oscuridad total para una persona al interior de una mina desorienta y esto altera los nervios. Una cosa es la luz natural, pero otra cosa distinta es la luz por sistema eléctrico, indirecta, que se apaga y las pupilas se enceguecen de inmediato”.Otro factor negativo que comienza a jugar en contra de los mineros es el ambiente. A esa profundidad, según el ingeniero López, hay una serie de condiciones adversas como la alta temperatura (entre 32° y 36° centígrados), la humedad (85%), la presencia permanente de polvo y monóxido de carbono (gas tóxico) y la falta de baños. Los mineros chilenos ya han advertido que el polvo se ha vuelto insoportable y piden medicamentos o equipos para solventar la crisis luego de que contaran a través de cartas que durante horas tenían que cerrar los ojos por las nubes de polvo que surgen y que, según expertos médicos, con el tiempo afectará el sistema respiratorio dramáticamente. El ingeniero López anota que “a 700 metros bajo tierra escasea el oxígeno y además no es puro. Esto lleva a que una persona entre en pánico porque cree que le falta aire y se asfixia, aunque el minero resiste este tipo de presiones, lo que no se sabe es cuánto tiempo”. A eso se suma que en el ambiente está el monóxido de carbono, un gas tóxico y que, según el ex minero Valencia, “es más pesado que el aire y se mantiene a 50 centímetros del piso. Nosotros le decíamos el ‘gas bobo’ porque debilita las piernas creando un problema motriz. Me imagino a los mineros todo el tiempo de pie a sabiendas de que si se acuestan lo van aspirar”, afirma. El neumólogo Carlos Salgado dice que el sedimento del polvo en un sitio encerrado termina aspirándose, además el monóxido de carbono que existe, produce cambios mentales, se acumula en la sangre y puede terminar matando. “No respiran aire puro y es necesario una ventilación para que nadie sufra cambios drásticos, pero parece difícil”, agrega.La temperatura y la alimentaciónAquellos mineros vienen soportando temperaturas de hasta 36° centígrados y una humedad del 85%, sólo comparable con estar en un río en plena selva, con el agravante de estar ciego bajo un sol irritante. Lo más difícil es que es una temperatura permanente. Las necesidades fisiológicas las hacen en los socavones más alejados del refugio. El ingeniero López advierte que la “temperatura bajo tierra aumenta entre uno y tres grados por cada 100 metros que se descienda bajo tierra. Esto hace que el calor se comprima y surja un ambiente entre los mineros de estar sudados o mojados”. Las altas temperaturas y algunos trabajos al interior de la mina, para apoyar las labores de rescate, han hecho que algunos mineros pierdan entre 10 y 12 kilos de peso, mientras otro han tenido dificultad en tragar y es por eso que los rescatistas están alimentándolos con suplementos alimenticios con los cuales no gastan energía en el proceso de digestión.Según la nutricionista Sandra Alfaro, permanecer durante días con el mismo ambiente y la misma temperatura tiende a alterar la hidratación del cuerpo. “El ser humano siempre está regulando las temperaturas y por eso aumenta y baja calorías, pero que esté constantemente perdiendo peso por deshidratación es un serio problema”. Hasta el momento han recibido a través de la sonda latas de sopa concentrada con sabor a chocolate y frambuesa, que fueron los primeros alimentos que llegaron. Así mismo, se les ha enviado oxígeno, empleando unos cilindros, y una solución glucosada al 5% y un comprimido de omeprazol para revestir el estómago de posibles úlceras generadas por el estrés. “Va a ser determinante el tipo y la forma de alimento que les suministrarán a estos mineros. Deben, por ejemplo, consumir unas 1.500 calorías (desayuno, almuerzo y comida) así como 2.000 centímetros de agua (12 vasos) para no desfallecer, pero eso deberá estar ajustado a una dieta”, advierte la nutricionista Alfaro. Como dice el psiquiatra César Arango: con una situación tan vulnerable y particular, bajo condiciones adversas, seguramente las conductas se acentuarán, es decir, los agresivos podrán serlo aún más. “Tienen una adaptación aceptable o caen en una sicosis”. No hay términos medios.“Presentía que algo iba a pasar”Darío Segovia Rojo es capaz de permanecer 24 horas atrapado en una mina y no sentir ni un atisbo de miedo. “Tiene una tranquilidad enorme desde que tenía 12 años”, recuerda su hermano Alberto, quien a esta hora permanece en el campamento Esperanza, cerca de la mina de San José, en Copiapó, Chile, a que le lleguen noticias de los mineros. “El lío es que ya lleva varios días atrapado y nadie sabe cómo puede reaccionar. Pero puede estar liderando un grupo bajo la tierra o tranquilizándolos a todos”, agrega. Segovia Rojo es uno de los 33 mineros atrapados desde el 5 de agosto pasado cuando una serie de derrumbes en varios túneles de la mina de cobre y oro dejó sin salida a los trabajadores. Tras 25 días de encierro, el minero ha enviado sólo una escueta carta donde saluda a su hija de 4 años, a su familia y pide que le manden agua. La carta que lee Alberto por teléfono a este diario es sobrecogedora: “Amo mucho a mi familia, tengo una mujer espectacular, seguro que voy a salir a verte. Dile a mi hermano que lo amo, a mi padre que lo amo, a mi niña que la amo. Manden agua”. La misiva llegó a las manos de la familia el martes.Minero desde chiquitoDarío tiene 48 años y nació en Vallenar, un pueblo de 50.000 habitantes, en el norte de Chile, muy cerca de Copiapó, donde está la mina. Comenzó en la minería a los 12 años cuando su padre, Darío Olivares Segovia, lo metió de lleno en el trabajo y de allí nació su tranquilidad para soportar la oscuridad y el calor bajo la tierra. “Se inició sacando cobre en Vallenar, nuestro pueblo. Su vida ha sido la mina, lleva 36 años metido en este cuento, pero terminó atrapado bajo lo que más quiere: la montaña. Pocos tienen su conocimiento y es uno de los más veteranos mineros que están bajo la tierra. Por eso, será un líder entre sus compañeros”, dice su hermano, que jamás pudo con la mina y terminó de comerciante en Autofagasta, Chile, donde vive.Darío llegó a la mina de Copiapó tras dos años de ausencia. Al volver, desde principios del mes de junio, le fue ofrecido el trabajo de perforador, aquel que cala las cargas de dinamita para romper piedra y abrir camino. Su sueldo mensual equivaldrían a $400.000 colombianos dinero justo para vivir en Copiapó, donde fijó su residencia familiar. Una de las razones para tener ese puesto de perforador es su experiencia: Ha sido minero en Vallenar y en Copiapó, tal vez las dos minas más grandes de cobre en el norte de Chile, y a la vez las más peligrosas del mundo, no por su profundidad, sino por la inestabilidad de los terrenos en los que se asientan. La labor de Darío es doblemente pe ligrosa, debido al manejo de la dinamita. “Llegó contratado a la mina de Copiapó por tres meses, pero le aumentaron el contrato hasta diciembre, días antes del accidente. Me había dicho que se retiraría tras finalizar el contrato para dedicarse al comercio y a la familia. Tenía un dinero guardado para comprarse una camioneta y cumplir su sueño de vender frutas”, recuerda Jéssica Chilla, su segunda esposa, con quien tiene una niña de 4 años llamada Andrea. La tragedia de Darío ha dado, irónicamente, para que los tres hijos de su primer matrimonio aparecieran tras muchos años de nadie saber de ellos. Según dice Alberto, los mellizos Darío y Cristian de 22 años, y su hija mayor Angie de 25, han llegado al campamento y se han unido –con la actual esposa- a las oraciones por el rescate del minero.“Hacía 15 años que yo no veía a mis sobrinos, igual que Darío. Desde entonces, la madre se los llevó a San Felipe, un pueblo a 14 horas de Copiapó, tan lejos como el fondo de la mina y nadie sabía de ellos. Pero han regresado porque su padre está allí, soportando lo inimaginable”, anota su hermano Alberto. ‘Le tenía miedo a la mina’Al final del pasado mes de julio, Darío le comentó a su hermano Alberto por teléfono que le tenía miedo a la mina, a pesar de que nunca le había comentado el temor por ninguna otra, en sus 36 años de trabajo como minero. “Fue una sorpresa, pero me lo dijo. ¿Miedo, Darío? Era para no creerlo”, dice sobre aquella tarde de julio. Alberto recuerda la conversación como si fuera ayer: “Me dijo: “algo va a pasar en esta mina, y será algo grande”. Yo le dije que no jodiera con eso y que si tenía miedo saliera de inmediato y volviera a su trabajo como vendedor de frutas, pero se quedó callado y siguió trabajando. Nunca hizo caso”. Darío, por teléfono, le dijo: “Le tengo miedo a esta mina. Hay una grieta muy grande, casi en el nivel 355 (donde fue el primer derrumbe de la mina)”.Alberto dice que sintió escalofrío y que jamás había escuchado tan nervioso a su hermano a pesar de que tenía razón. “¿Sabía que la tierra lo sepultaría?”.Jéssica, su esposa, espera en el campamento Esperanza, donde hay unas 300 familias de los mineros, que Darío salga con vida y se compre su camioneta y así trabajar con verduras, frutas y alejarse de la mina que si bien le ha dado todo en la vida, “también se la puede estar quitando”, dice triste. Ahora todos luchan por este minero que tiene síntomas de hipotiroidismo y problemas de visión, incluso, sus hijos mayores han decidido pasar unos días en el campamento. “Hay que enviarle gotas para sus ojos. Él sufre mucho por el polvo que allí flota en el aire. El resto dejémoselo a Dios”, concluye su hermano.“Sólo espero un nuevo amanecer, que el presidente de Chile nos diga que están vivos cada uno de ellos como esa vez que enviaron el papel escrito que contaba: ‘Estamos bien / en el refugio / los 33’. Sería la felicidad completa”, agrega Jéssica. La espera será larga porque el rescate tardará al menos tres meses, una eternidad que deberá compartir con Andrea, la niña que Darío ama.‘La paloma’ Es una especie de vehículo de 12 centímetros de diámetro por más de un metro y medio de largo. Por allí se envían las provisiones de los mineros atrapados como alimentos, líquido y medicamentos. La última novedad que se envió fue una cámara de video de alta definición para que los mineros se grabaran. Medio mundo pudo ver las imágenes.

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