Chernobyl, 30 años de la noche del fin del mundo

Abril 18, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Allen Panchana Macay | Especial para El País.
Chernobyl, 30 años de la noche del fin del mundo

Alexey Breus, ingeniero nuclear de la Universidad de Bauman, fue el último en salir del reactor IV. Hoy es un sobreviviente de la tragedia nuclear.

Este es el peor desastre radioactivo en la historia, sus efectos aún persisten. Aquí su tragedia.

Alexey Breus se resiste a esbozar una sonrisa. El recuerdo lo martilla. De pie, con sus potentes ojos azules, contempla silencioso los vestigios de su evaporada vida próspera. Una existencia plasmada en un museo del centro de Kiev, Ucrania, cuyo eslogan reza: “Hay un límite de tristeza. La ansiedad no tiene límites”. Él no se puede desprender de aquella frase. Tampoco de la memoria, anclada en la misma fecha, el aciago 26 de abril de 1986, la noche del fin del mundo.

Quiso escapar de su pasado. Dejó la ingeniería nuclear para convertirse en artista, aunque su obra emblemática, Titanic, lo delata: un mar pintado de  rojo. En medio del cuadro, una embarcación en llamas, que se parece en sombras a su antiguo lugar de trabajo, la planta de Chernobyl. “La silueta de la central se refleja en el agua. Tal vez no es agua, sino sangre. Sin embargo, el humo y las llamas no cubren todo el cielo: hay manchas azules, un ápice de esperanza”. Fue el último en salir del reactor IV, epicentro del peor desastre radioactivo de la historia, 200 veces más letal que las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. 

Alexey tenía 27 años,  un lujoso apartamento, buen salario y una hija por nacer.  Vivía en Prípiat, símbolo del ideario socialista: ciudad de 50 mil habitantes, la  más nueva y elegante de la Unión Soviética, a 110 kilómetros de Kiev. Prípiat, adonde los expertos nucleares querían llegar, porque a  pocos pasos se erigía The Chernobyl Nuclear Power Station o la Central Eléctrica Nuclear Memorial Vladímir Ilich Lenin, el orgullo soviético.

El proyecto empezó en los años 70 y el plan era operar allí ocho reactores. El IV iba a cumplir dos años. El V y VI estaban en construcción avanzada. De haberse completado, el complejo de Chernóbil hubiese sido la mayor central nuclear del planeta.  “Era mi aspiración y la de mis compañeros de la Universidad de Bauman, Moscú. Llegué a Prípiat en 1980. Conocía la tecnología de los reactores porque los  diseñadores que los crearon habían sido mis profesores”. 

Una ilusión que terminó cuando explotó el reactor IV. La radiación se extendió al 40 % de Europa y tuvieron que ser evacuadas medio millón de personas de 500 pueblos.  

Apocalipsis nuclear

Alexey Breus, cabello rojizo, espigada figura y rostro enjuto, residía en la avenida Lenin de Prípiat, flanqueada por edificios de apartamentos. Muy cerca estaban el centro cultural, el polideportivo con  piscina olímpica, el restaurante exclusivo que recién había abierto; las 15 escuelas, los 5 colegios, las guarderías. Y, por doquier, la hoz,  el martillo y la estrella, la marca comunista que en la noche se iluminaba.  La última novedad era el parque de diversiones, con noria y carros chocones, que los niños esperaban estrenar el 1 de mayo de 1986. Faltaban solo cinco días.  

“Pensar que todo se acabó en un pestañeo”. El ingeniero nuclear rumea las palabras, porque 36 horas después tuvieron que irse a la fuerza, sin tiempo para empacar. Vidas arrancadas para siempre, huyendo de un enemigo invisible, la radiación. El régimen soviético puso 4300 buses, tres trenes y miles de militares para evacuar Prípiat, al igual que la vecina ciudad de Chernobyl y cientos de poblados de Ucrania y Bielorrusia, cuya frontera está a solo 16 kilómetros de la planta nuclear.

Ingresar a Prípiat, 30 años después, estremece. Señalética de radiación por todos lados, aquel símbolo en rojo, sobre fondo amarillo, de lo que parecen aspas de un ventilador.   Los visitantes deben  ir con un guía que lleva un dosímetro, un medidor que comienza a emitir un sonido  cuando se atraviesa por las zonas más peligrosas. 

Prípiat es una ciudad fantasmagórica, devorada por la vegetación, con árboles que crecen fuera y dentro de las edificaciones. En las guarderías, cunas vacías y juguetes esparcidos. En las escuelas, libros envejecidos con la imagen del camarada Lenin, cuadernos a medio llenar, máscaras anti-gas, mapas del poderoso imperio soviético. En las casas vidrios rotos, portarretratos quebrados, cajones revueltos por los saqueadores que llegaron tras la evacuación y se aprovecharon de la desgracia. Hay una imagen icónica: la noria que se oxida, con sus asientos de amarillo intenso. El nunca inaugurado parque de diversiones es la postal que resume el apocalipsis radioactivo. Resquicios de un soñado sistema comunista. 

‘Se ahogaba en sus vísceras’

Alexey tenía un vecino bombero, Vasili Ignatenko, que acudió a sofocar el incendio, que empezó a las 1:26 a.m. de ese negro 26 de abril de 1986. Su esposa, Liudmila, recuerda: “Se fueron sin los trajes de lona; se fueron para allá tal como iban, en camisa. Nadie les avisó; los llamaron a una emergencia normal”. No lo era. Ella estaba embarazada de seis meses. Y su marido, de inmediato, moría extrañamente. “Le salían por la boca pedacitos de pulmón, de hígado. Se ahogaba con sus propias vísceras”.  La primogénita de ambos, Natasha, murió a las cuatro horas de nacida, así como cientos  de bebes cuyas madres embarazadas, o que se embarazaron después, absorbieron la radiación. 

Alexey Breus no solo conoce esta historia, sino cientos. Ha visto agonizar a vecinos y amigos. Él mismo es una víctima. No pudo tener más hijos. Hoy, a los 57 años, está obligado a tomar un coctel diario de drogas para aliviar los problemas en la sangre, corazón, tiroides, sistema nervioso, articulaciones, estómago… “Nada es lo mismo. Cargo un peso eterno”. 

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El último apaga el reactor

Él llegó a la planta nuclear seis horas después de la explosión, cuando ya habían muerto 15 de sus compañeros operadores y seis bomberos.  “Ayudé en la emergencia todo el día. Trataba de tirar agua al reactor. Sentí náuseas, otros vomitaban a  mi alrededor. Era el ingeniero jefe del lugar. El último botón del reactor IV lo presioné yo. Eso fue 14 horas y 20 minutos después  del accidente”. Un tiempo letal: recibió 120 REM (unidad de medición de radiación), cuando el máximo anual que un humano puede soportar es 5.

 Aún se desconoce el número exacto de muertos: 31 reconoció la Unión Soviética, aunque 400 mil es la cifra más difundida por organismos internacionales. Greenpeace calculó 90 mil. Los soviéticos ocultaron información. “Todo marcha bien”, obligaron a decir a los medios. Los datos reales pueden resultar monstruosos. Estudios científicos determinan que “en pleno fragor de la batalla contra el reactor, cayeron nueve mil liquidadores en Chernobyl”.

Liquidadores: así bautizaron a quienes remediaron el desastre. 

‘Los mandaban a morir’

 “Tuve suerte, sigo vivo. Mi esposa, Galina,  estaba en San Petersburgo cuando ocurrió esto. Mi hija Anna nació sana”, repite Alexey mientras observa las imágenes de sus compañeros fallecidos que cuelgan en el Museo de Chernobyl, en Kiev. Entre 1986 y 1987 fueron convocados cien mil soldados y oficiales reservistas. Tenían 28 años en promedio. Les decían que iban a ser héroes, que les darían la medalla “al valor”.  Y ellos creían en la URSS. Así, el Ejército de Chernobyl fue mayor que el de Napoleón. Los mandaban a morir.

En dos años los liquidadores se dedicaron a exterminar a los animales del área para que no esparzan la contaminación; eliminar el polvo radiactivo casa por casa, calle por calle. Una misión clave fue, en seis meses, cubrir al reactor IV bajo una improvisada estructura de concreto llamada sarcófago. Una labor asignada inicialmente, en 1986, a robots japoneses, pero la radiación fundió sus sistemas electrónicos, así que las manos obreras soviéticas debieron ser sacrificadas para enfrentarse a la bestia.  

Los más expuestos, sin embargo, fueron los diez mil mineros que llenaron con cemento la sala subterránea para evitar que el magma radioactivo se filtrara  hacia el subsuelo y contamine las aguas  que desembocan en los principales ríos de Ucrania. Todos ellos murieron. 

Eran tiempos de Guerra Fría. La KGB –agencia de inteligencia- le prohibió a Alexey Breus hablar sobre las causas del accidente. Un silencio que rompió en 1991, cuando cayó la URSS.  “Los reactores tenían defectos, fallas en los diseños. Ese día estaban haciendo una prueba de seguridad y los controles no respondieron adecuadamente. Eso sirvió para cambiar los reactores soviéticos que usaban esta tecnología”. 

El ingeniero nuclear escarba en los álbumes. Muestra fotos de él en la otrora animada Prípiat. De fiesta. Con sus amigos. Él casándose, allí, en la ciudad de la perfección comunista.  “Dos de los operadores que estaban en el reactor IV eran amigos míos y fueron a mi boda. Ambos murieron aquella madrugada.”.

Desde la terraza del deshabitado edificio donde vivía se puede ver el arca, que reemplazará al viejo sarcófago. Es una gigante y billonaria construcción que protegerá desde 2017 al reactor IV por al menos un siglo. La humanidad debe seguir a salvo, porque dentro del epicentro de aquel desastre  hay todavía 200 toneladas de material nuclear, que, de liberarse, puede dejar inhabitable toda Europa.

Alexey Breus siente tristeza, a veces ansiedad. Vuelve a hablar de su pintura llamada Titanic. Destaca los breves trazos azules. “Hay esperanza. El mundo debe conocer del peligro nuclear. En 1986 fue Chernobyl; en 2011, Fukushima. Ninguna muerte más por la radiación”.

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