Bosnia, 20 años de dolor después del genocidio de Srebrenica

Bosnia, 20 años de dolor después del genocidio de Srebrenica

Julio 11, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Allen Panchana, especial para El País
Bosnia, 20 años de dolor después del genocidio de Srebrenica

Hasan Hasanovi tenía 19 años cuando escapó de la masacre, en la que murieron su hermano gemelo y su padre. Volvió a Srebrenica para trabajar en el Memorial.

Hay lugares que duelen hondamente. Srebrenica, donde 8372 bosnios fueron torturados y asesinados en el único genocidio en Europa tras la II Guerra Mundial, es uno de ellos. Historias.

Hay lugares que duelen hondamente. Srebrenica es uno de ellos. La tragedia está impregnada en cada resquicio y en la memoria de los sobrevivientes, que cargan ya 20 años de un luto eterno. Parafraseando al austriaco Peter Handke, las historias a continuación tienen “que ver realmente con lo que no tiene nombre, con segundos de espanto para los que no hay lenguaje”.

A Mujo Buhi le saltan sus ojos verdes cuando recuerda  que perdió a casi toda su familia. Hasan Hasanovic muerde sus labios para no quebrarse: él huyó por el bosque, esquivando cadáveres y francotiradores, aunque su padre y hermano gemelo no tuvieron igual suerte. Fadila Efendi agarra con fuerza su burka, para contener esa mezcla de rabia y dolor por haber perdido a su esposo e hijo. Los tres, musulmanes, víctimas y testigos en 1995 de la masacre de Srebrenica, al este de Bosnia-Herzegovina, la peor en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial. 

Mujo tiene 52 años y surcos en la piel. “Caminé por dos meses, hasta llegar a Macedonia. Todavía me levanto en las noches, asustado, porque siento de nuevo los disparos”. Hasan, de 39 y hablar pausado, es el único varón de su familia con vida. “Corría desesperado entre los árboles, en la noche, con sed y hambre. Quería vivir. Me duele cuando mi madre me mira fijamente: ella ve, además,  a mi gemelo, Husein”.

Fadila tiene 60 años, manos grandes y la piel bronceada.  Se salvó de las torturas y de morir -por ser mujer-, mas no de las violaciones. Todos los hombres bosnios a partir de los 16 años estaban condenados a muerte, aunque en la lista de víctimas hay también niños de 11. Fadila acaricia la última imagen de Fejzo, su primogénito, cuando terminó el colegio. “Así sonreía siempre. Por fin lo pudimos enterrar hace dos años”. 

[[nid:442829;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2015/07/11_de_julio.jpg;left;{Cada 11 de julio el martirio regresa y con él también los exiliados para dar el último adiós a los suyos en el Cementerio-Memorial.Elpaís.com.co l AFP}]]Pero han pasado 20 años y todavía faltan más de 2.000 bosnios por identificar o encontrar. Solo con el 70 % del cadáver reconstruido se puede sepultar, exclusivamente en un día del año: cada 11 de julio el martirio regresa y con él también los exiliados para dar el último adiós a los suyos en el Cementerio-Memorial creado para honrar a las 8372 víctimas de Srebrenica.

La identificación es una tarea cada vez más difícil porque se han encontrado huesos de una misma persona hasta en once fosas comunes distintas; los asesinos removieron con tractores los muertos, de un lugar a otro, para esconderlos y no dejar huellas. 

A finales del siglo XX el mundo asistía, impasible, a una guerra transmitida en directo desde Los Balcanes, en una entonces Yugoslavia multiétnica que se resquebrajaba a sangre y fuego. Se volvieron a escuchar palabras como asedio, refugiados, limpieza étnica, campos de concentración. Los bosnios eran los blancos de ataque, ya fueran musulmanes, ortodoxos, católicos o judíos. Las primeras líneas de fuego podían estar en la cola para recibir el agua, comprar el pan, en los mercados e incluso hospitales. 

Srebrenica está rodeada de montañas, árboles y un trinar de pájaros incesante; atravesada por un río de aguas mansas y transparentes,  y donde las huellas de la guerra, sin embargo, se ven en cada esquina: en las viviendas destruidas o vacías; en los ventanales rotos; en los hoteles abandonados,  en las calles agujereadas y en los edificios mordidos por metrallas. Ya nada queda del otrora valle turístico, hoy marcado por la barbarie.

Mujo, Hasan y Fadila renunciaron al miedo y -como el 30 % de los sobrevivientes- volvieron a esta ciudad, ubicada a cuatro horas en bus desde Sarajevo y a diez kilómetros de la frontera con Serbia. Los tres regresaron para sepultar a sus familiares y trabajar en el Memorial inaugurado en 2003. Mujo remueve con un rastrillo los pastizales. Hasan vigila que todo funcione bien y hace las veces de traductor del inglés al bosnio. Y Fadila vende bebidas y símbolos musulmanes en un modesto local, el único del lugar. 

Aquí se encuentran todos los días, en silencio, rodeados de las tumbas blancas musulmanas, en forma de mini obelisco, sin flores ni adornos. Todas registran el mismo mes y año de deceso: julio de 1995, la fecha del horror. 

El 11 de julio ocuparon Srebrenica miles de soldados y paramilitares serbo-bosnios, al mando del general Ratko Mladic. Inmediatamente separaron hombres y mujeres. A los primeros los llevaron a estadios, escuelas, coliseos y fábricas, donde los ataron, vendaron, torturaron y acribillaron. Luego, los enterraron en fosas comunes, entre el 12 y 19 de julio. Una operación sistemática y organizada. 

Lo que hasta entonces se denominaba limpieza étnica adquiría el rango de genocidio, y quedó registrado por las cámaras de la TV Serbia que acompañaban al general para mostrar solamente su visión del conflicto. Él cumplía órdenes de los entonces presidentes Slobodan Miloševi, de Serbia (fallecido en 2006 antes que concluyera el juicio en su contra), y Radovan Karadžic, de la naciente República Srpska.

Todos los bosnios se creían a salvo en  Srebrenica, una de las tres “zonas seguras” declaradas por la ONU en abril de 1993, un año después que estallara la guerra en Sarajevo y se extendiera por toda Bosnia-Herzegovina, la exrepública yugoslava que reclamó su independencia. 

Ni el Ejército Yugoslavo, Serbia ni la República Srpska (área de Bosnia dominada por los nacionalistas serbios) reconocieron al gobierno legítimo de Sarajevo elegido en las urnas e iniciaron el sangriento ataque.

Hasta Srebrenica llegaron 60 mil refugiados bosnios, de mayoría musulmana, huyendo de los bombardeos. No había agua, alimentos, medicinas, energía eléctrica ni lugares para protegerse del frío en el invierno. “Pero estábamos vivos y con la ONU”, dice, nostálgica, Fadila. “Todos querían llegar hasta este enclave reconocido”, apunta, tajante, Hasan. “Pensábamos que los cascos azules nos defenderían”, remata Mujo y añade: “Vivimos una muerte lenta desde 1993. No teníamos ni lo básico”. Fue una tragedia anunciada.

Srebrenica, al este de Bosnia, a 10 kilómetros de la frontera con Serbia, es una ciudad abandonada. Solo el 30% de los sobrevivientes ha regresado.

Críticas: “La ONU  accedió a la orden del general Mladic: entregó a los varones. Permitió el genocidio para salvar la vida de sus 400 cascos azules. Mataron a 8372 bosnios”, recalca Hasan.

Verdad y justicia

Amnistía Internacional  ha establecido que aún se niega el acceso “a la verdad, justicia y reparación” a los sobrevivientes de Srebrenica. “La mayoría de los responsables gozan de impunidad. Muchos presuntos autores siguen viviendo en las mismas comunidades que sus víctimas y sus familias.  Además, los afectados no pueden obtener información sobre la suerte y paradero de sus seres queridos y tampoco han tenido compensaciones”.

La tragedia  fue reconocida como genocidio por el Tribunal Penal Internacional para la exYugoslavia, creado en 1993 -con sede en La Haya- para juzgar los delitos cometidos en las guerras de los Balcanes.  Su cierre está previsto para el 2016, pese a que faltan las sentencias de los detenidos por crímenes de guerra y contra la humanidad más famosos de la historia reciente: el general serbo-bosnio Ratko Mladic y el expresidente de la República Srpska, Radovan Karadži.

“Símbolo de la vergüenza” 

“Cuando se llevaron a mis hijos en 1995, también me mataron, de la forma más brutal. Esto no es vida, es tortura. Yo tenía mi familia y en un solo día me quedé sin ella. Jamás volveré a ser madre, nunca tendré nietos. 

He nacido y crecido en Srebrenica y aquí conocí la desgracia. En la sala de mi casa vi por última vez a mi esposo, Abdulá, y nuestros dos hijos, Azmir y Almir. Pienso en ellos todos los días, así como en mis otros 25 familiares y los miles de habitantes  asesinados. 

¿Por qué los mataron? ¿Por tener nombres diferentes? ¿Por ser musulmanes? Acabaron con todo lo que tenía, excepto mi orgullo. Me queda la dignidad para buscar la justicia y la verdad. Debo luchar para que esto no vuelva a ocurrir nunca más, y las futuras generaciones conozcan qué pasó.

Regresé en 2002, porque es mi ciudad, mi hogar, mi país. Años después, no todos los responsables han sido castigados. Las pruebas sobran, pero las acciones judiciales han sido lentas.  Hay criminales aún libres. El odio serbio destruyó nuestro pueblo, nuestro corazón y las ganas de vivir. Nadie nos protegió. Srebrenica es el símbolo del sufrimiento, del horror, y también de la  vergüenza de la ONU y la comunidad internacional. Todas las convenciones y tratados  no han servido para nada.  Aquí fueron violados todos los derechos humanos,  como está pasando ahora en Siria.  

Las víctimas hemos sido las grandes olvidadas. No solo estamos sin justicia; tampoco hemos recibido compensación y solo en pocos casos tratamientos psicológicos. Aunque ningún tratamiento podrá curar el dolor de nuestro corazón. Es imposible que se cierren las heridas, peor si nos han arrebatado a los seres que más amábamos, nuestros hijos.  La vida nunca vuelve a ser la misma”.

*Relato de Hatidza Mehmedovic, 65 años y presidenta de la Asociación de Madres de Srebrenica.

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