"Yo no recibí el odio como herencia": hija de Carlos Pizarro

Agosto 29, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Enrique Rojas | Editor Unidad de Crónicas El País

María José Pizarro. Foto del pasado 26 de diciembre en Cali, donde estuvo exponiendo su obra como diseñadora de Joyas.

María José, la hija mayor del asesinado Carlos Pizarro, habla de la muerte, del perdón, de la reconciliación personal. ¿Existen vacunas para el resentimiento?

Mucho después de haber tomado las armas y poco después de haberlas dejado, su papá quiso ser presidente. Empezaba la década del 90 y Carlos Pizarro, comandante retirado del M-19, intentaba seguir su lucha desde la política. El de entonces era un país en guerra, ciego ante las mangualas entre narcos y políticos, descorazonado por la sangre derramada por los mafiosos que querían tomarse el poder. Tras 15 años en la guerrilla y liderar un proceso de paz con el Gobierno Barco, Pizarro creía que era posible un viraje en el camino. “Entre todos cambiaremos la historia de Colombia, palabra que sí”, decía el lema de su campaña. Lo que pasó ya es sabido: el 26 de abril de 1990 fue acribillado en un avión.La Presidencia, en todo caso, no era su gran sueño. Pizarro quería morir como el Coronel Aureliano Buendía de Gabriel García Márquez: en un tallercito de alquimia, haciendo pescaditos de oro. Se lo había dicho a su hija mayor, María José. Ese era su sueño más íntimo, terminar con la mente tan ocupada como para disipar los estruendos de la guerra que él había vivido y que cada tanto lo aturdían. La niña que un día escuchó todo eso, hoy es joyera. Lo es luego de haberse exiliado en España, donde llegó enamorada de Serrat y terminó de empleada doméstica hasta que pudo estudiar. Ahora tiene 35 años y trabaja en el Centro de Memoria Histórica. Entonces, por el momento, no hace pescaditos dorados. Hubo un día sin embargo, que hizo una réplica de la espada de Bolívar robada por su padre. María José, como una deuda cumplida con el destino que no fue, tiene un tallercito de alquimia.Pero antes, ella también fue víctima. Corriendo, huyendo, escondiéndose, vivió en Cuba, Francia y Ecuador. Una noche antes de que mataran a su padre, María José estaba a su lado en un restaurante donde algunos amigos celebraban lo bien que iba en las encuestas. El festejo era también por la vida: ya nadie corría, ya nadie huía. María José recuerda su felicidad a los 12 años; eso que para tantos era común, ella lo sentía como juguete nuevo: tener un papá, esperarlo en casa, dormirse con un beso suyo. Poco antes de que terminara la noche, a Pizarro le preguntaron por qué no tenía chaleco antibalas: “Si me van a matar, me dan un tiro en la cabeza”. ¿Puede el recuerdo de un pez dorado conjurar el dolor de las balas? 23 años después, las respuestas vienen del otro lado del teléfono:A su papá lo meten a la cárcel cuando usted tenía un año. Cuando lo vuelve a ver han pasado casi cuatro. Entonces se van para Cuba. ¿Cómo fueron esos años? ¿Qué quedó de ellos en la memoria de la niña? Son flashes, imágenes que llegan. Esos años fueron felices en Cuba: allí gozamos de la cotidianidad después del reencuentro, de poder compartir espacios diferentes a los que se podían cuando ellos (Pizarro y su madre) estaban en la cárcel. Esos fueron los únicos momentos que recuerdo de una vida normal con ellos.Poco después de eso, cuando ya estaban en Colombia, empezó la cadena de asesinatos ¿Cómo es para una niña convivir con la idea de la muerte rondando siempre cerca? Por eso fue tan doloroso que lo mataran cuando lo mataron: en ese momento, para la inocencia de la niña, había desaparecido la posibilidad de que lo mataran en cualquier momento y había nacido la esperanza de poder vivir con él. Ya estaba desprevenida del miedo.Cuando usted se queda en Colombia, entra a estudiar al Liceo Francés con otro apellido. Nadie podía saber que era la hija de Pizarro. Entonces, desde el anonimato, usted tiene que escuchar los señalamientos. ¿Cómo evitar que todo eso que entraba en los oídos de la niña luego no se convirtiera en una bola de fuego? Cuando tu eres adolescente eso es un poco imposible porque estás viviendo esa etapa hormonal. Pero yo tengo una tradición personal y eso tiene que ver con la educación que tuve: yo no recibí el odio como herencia, en mi entorno cercano no hay una tradición de resentimiento. Tu puedes indignarte, la indignación es una rabia justa. Pero si te riges por unos parámetros éticos inquebrantables, que fue lo que recibí de mis padres, no se te pasa por la cabeza volverte una bola de fuego, un Carlos Castaño. Mi vida no funcionó ni funciona empujada por el odio y la venganza. Lo que yo asumí fue otro camino: contar la historia de una forma diferente, reivindicar la figura y los valores de mi padre. Y mucho más cuando conoces el costo de la guerra, las implicaciones para ti y para tus hijos.Esa conciencia fue un salvavidas después de la fractura que representó la muerte de su padre justo después de haber dejado las armas...Sí. Yo estoy respondiendo a lo que él imprimió en mi ser, que fue el respeto por el otro, por la diferencia; porque no es imponer, es mostrar, enseñar, convocar a una mirada distinta.Después del asesinato de su padre, usted emprende un viaje de varios años por Colombia para tratar de entender las razones por las cuales sus papás habían tomado las armas. Después de lo que vio, ¿es posible reconciliarse con un país sin memoria? Es difícil. Lo que uno puede hacer es asumir una posición particular frente a la vida y los caminos que va o no a recorrer. Yo pude comprender por qué hay justificaciones para la rebeldía; no es que no se pueda convivir con una sociedad con enormes diferencias, lo que pasa es que hay que comprenderla, saber cómo vive el pobre. Y eso solo ocurre cuando estás ahí, cuando compartes su alimento, cuando tienes con él el mismo lenguaje y se empieza a dar una relación horizontal. Nosotros, como Estado, tenemos que madurar, elegir gente construida de manera diferente; tal vez eso lo podamos vivir en un futuro no muy lejano, cuando otra gente esté en capacidad de disputar el poder y hayamos logrado ver al otro conviviendo con el otro de una manera distinta políticamente hablando, sin necesidad de matar, de desaparecer. Cuando usted habla del legado de su padre, habla de un legado pacifista. Cuando usted habla de aquello, habla de la mayor herencia que le pudo dejar...Claro, esa forma de construir, de caminar, es su gran legado. Pero también el hecho de que haya sido una persona rebelde en tantas cosas. Él venía de una tradición militar, de la oligarquía, y toma un camino totalmente diferente y se rebela. De la misma manera fue comandante guerrillero y un día también dice no más, volviendo a rebelarse, tomando su propio camino. Eso fue lo que él me dejó, sus ideales. De él aprendí que hay cosas que son negociables y otras que definitivamente no.El perdón, en algunos casos, es también es una forma de rebeldía, ¿no?Claro. Y más en un país donde la gente no perdona. Aceptar al otro, ver la humanidad en el otro, sin importar de donde venga, es a veces una rebeldía, sí.Aunque el crimen de Pizarro haya sido declarado como de lesa humanidad hay muchos cabos sueltos aún, cosas sin aclararse. ¿Cómo lograr convivir con eso, perdonar, entender que tanto tiempo después todavía su muerte siga sin terminar de esclarecerse? Ay, pues mira, por un lado ha habido algún avance: el caso entró en la Unidad de Contexto junto al de Galán y Bernardo Jaramillo Ossa. Entonces tu ves un avance, pero solo eso. Entonces pienso hasta qué punto será posible alcanzar la verdad. Porque en la medida en que tu alcances la verdad, eres capaz de perdonar. Si no, ¿qué se perdona? El perdón pasa necesariamente por la verdad y la justicia. Pero independientemente de eso, está tu camino, el que elegiste por amor. Y yo elegí el mío.María José, usted que ya vio tan de cerca el rompimiento de un proceso de paz, ¿cómo ve los diálogos de La Habana? ¿Cree que en algún momento dejarán de ser un acercamiento estéril?Yo no sé si sirvan, espero que sí. Yo no espero que haya paz por mí, como heredera de esta historia, sino por los campesinos y la gente que está en las regiones necesitando condiciones distintas. Y creo que va a pasar: no hay muchas opciones, se están agotando los caminos para el movimiento guerrillero.Ahora que habla de los campesinos, ¿piensa que un desplazado, un campesino despojado, logre llegar al verdadero perdón alguna vez? Por eso decía que el perdón es una opción demasiado personal. La gran pregunta es: ¿seremos capaces de convivir? ¿Seremos capaces de reconciliarnos, de relacionarnos de una manera distinta? Yo no estoy segura de que solo porque se desmovilicen las Farc vayamos a estar en paz, no lo creo. Supongo más bien otro escenario, sin ellos como brazo armado. Por lo menos habrá un motivo menos para la guerra.Su papá hablaba de una revolución dinámica, no a la sombra. Pero en la sombra, justamente, han estado las Far, haciendo no justamente una revolución. ¿Cómo ve usted hoy el país por el que luchó su padre? Ay! A veces cuando oigo a mi mamá diciendo “el país no cambió”, yo creo que tiene razón; pero luego veo cambios, aunque nos falte un avance mayor. La paz no es una cosa que comprometa solo al Estado y los grupos armados, la paz es un compromiso general, es una manera de dirimir los conflictos de otra manera. En eso nos falta, aquí necesitamos mucha educación de cara a la paz.María José, su papá estuvo 15 años en la guerra. Y de esa guerra quedaron víctimas. ¿Usted cree que ellos alguna vez puedan perdonar?Yo espero que sí, que puedan entender, que podamos reconciliarnos. Eso es lo que yo espero.Los líderes sobrevivientes del M-19 están bajo la figura de la Amnistía, mientras que algunos de los militares que participaron en la toma del Palacio de Justicia están en la cárcel. ¿Esa diferencia, de cara a un proceso un paz, ¿no es un mensaje de inequidad ante los hechos?Los líderes del M-19 que hoy están vivos no tenían responsabilidad en la toma de decisiones de lo que se hizo en el Palacio. En el informe de la Comisión de la Verdad así está consignado. Habría entonces que juzgar por acción y omisión a toda la gente que tuvo que ver. Mi padre fue muy claro y lo dijo: alguna vez nosotros tendremos que responder por los actos que llevamos a cabo; no eludimos nuestra responsabilidad política. Mi padre tenía responsabilidad porque él también estaba al mando, pero muy pocas personas dentro del M-19 sabían que se iba a llevar a cabo la toma porque sino nunca se había podido hacer. La intención de ellos, además, no era entrar a asesinar a los magistrados. De hecho, varios militantes del M terminaron protegiendo a civiles dentro del Palacio, eso está en las declaraciones. La diferencia es que la responsabilidad del Estado era velar por la vida esas personas que estaban dentro. Obviamente el M19 tiene que asumir la responsabilidad por lo que hizo, pero los militantes que estuvieron al frente de la toma, los que tenían poder y mando, murieron todos. Creo que no se puede juzgar de la misma manera a quienes son garantes de nuestra vida.

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