Tres habitantes de Potrero Grande luchan por mostrar el lado amable de su barrio

Tres habitantes de Potrero Grande luchan por mostrar el lado amable de su barrio

Diciembre 27, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros | El País.
Tres habitantes de Potrero Grande luchan por mostrar el lado amable de su barrio

John Olave es líder juvenil de Potrero Grande. Les ayuda a los muchachos a conseguir oportunidades de empleo.

Nadie lo niega, fue verdad: en 2010, Potrero Grande fue el barrio más temido de Cali. Pero varios de sus habitantes luchan por reversar ese pasado. Historias de seres valientes.

Lo llaman el Sector 5. Este por el que John Olave va caminando  una tarde de lunes de sol pesado. Sostiene en las manos una tableta y en los labios varias frases que lo van explicando todo: “fíjese en esto que acabamos de hacer”, dice, interrumpiendo la marcha. “Pudimos cruzar sin problema una calle que hasta hace poco era una frontera invisible. La que dividía al Sector 5 del Sector 2. ¡Eso era impensable! Pocos lo creen, pero las cosas aquí, en Potrero Grande, están cambiando...”.

El muchacho, de 22 años, va rumbo a una de las reuniones semanales en las que convoca a líderes de las 16 organizaciones que hacen parte de la Mesa de Jóvenes Nueva Revolución. Una suerte de fundación que recoge iniciativas de varios colectivos:  unos hacen música; otros bailan rap y hip hop; hay  mujeres unidas para evitar embarazos tempranos y chicos LGTBI que buscan el respeto de sus derechos. Unos y otros se ayudan para conseguir trabajo, plata para sus proyectos o para lograr la oportunidad de presentarse en un escenario fuera del barrio.

John es uno de esos extraños tréboles de cuatro hojas que ha crecido silvestre por aquí. Que supo decir no cuando le ofrecieron hacer parte de una pandilla, cuando lo tentaron con la promesa de portar un arma y robar para llevar comida a la casa. Que un día, cuenta también, tuvo que decidir si entregar a la Policía a uno de sus vecinos después de haber asesinado a otro. Los tres habían sido los mejores amigos desde la infancia, desde que la pobreza empujó a sus familias hasta este barrio persiguiendo días mejores.

Fue quizá uno  de los momentos más duros de su vida. “Con ellos dos nos habíamos criado juntos desde hacía diez años. Pero un día, después de meter pegante, el uno le disparó al otro y lo mató. Yo no lo podía creer; tuve que enfrentarme a la decisión de denunciar a mi amigo o de cobrar venganza por el otro”. 

Finalmente acabó por entender que lo mejor era trabajar para que otros jóvenes no tuvieran que enterrar a sus  ‘parceros’ ni llorar a los que iban presos. “El asunto aquí es de oportunidades. ¿Qué hubiera pasado si ellos, en lugar de andar en el vicio, estuvieran trabajando o estudiando? Sin duda, la historia habría sido distinta”.

[[nid:494080;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2015/12/ep001068515.jpg;full;{Jaime Moreno es profesor de artes del Tecnocentro Somos Pacífico. Y un convencido de que bastan un lienzo y un pincel para transformar la vida de los jóvenes.Johan Manuel Morales | El País.}]]

Quien lo entendió hace rato fue el ‘profe’ Jaime Moreno, un negro de sonrisa amable que llegó hace doce años de Buenaventura  y que desde hace dos le enseña a la gente de ‘Potrero’,  a través de sus clases de expresión artística, que bastan un lienzo y un pincel para transformar sus vidas. 

Es que él ya lo ha comprobado varias veces. Lo logró con la chica que no paró de llorar frente al caballete una  tarde en que asistió a las clases de pintura. El ‘profe’ recuerda bien los trazos de la chica sobre la tela: un árbol sin hojas y un corazón roto sobre un fondo de tonos grises. “Era un dibujo muy triste. Yo pensé inicialmente que se trataba de un mal de amores. Pero luego me contó que esa tristeza era por la muerte de un hermano, a quien habían apuñalado por robarle las pocas monedas que cargaba para comprar el desayuno”. 

Entonces, Jaime le mostró que en lugar de buscar venganza, como en algún momento pensó, se refugiara en la pintura, en el arte. Y ella le hizo caso. “Y lo mismo he logrado con muchachos que fuman vicio y están en pandillas. Yo les muestro que tienen virtudes, talento. Y me ha pasado que se alejan de esa mala vida cuando comienzan a vender sus cuadros”, dice. 

Es que esos ‘pelados’, insiste Jaime, parado en su taller de pintura, “solo necesitan  una oportunidad. Una sola. Sentirse útiles. Porque esta ciudad es hostil con ellos. A muchos, cuando buscan empleo, los rechazan solo por poner en la hoja que viven en Potrero Grande”.

Sentado en su oficina como director del Tecnocentro Somos Pacífico, el más importante centro cultural de este barrio del Oriente, Jaime Quevedo piensa en eso y hace cuentas: de cada diez jóvenes de las pandillas, nueve manifiestan su deseo de abandonar esa vida si encuentran un trabajo o un cupo para estudiar. “Por eso duele cuando encuentras titulares de prensa que generalizan todo. El otro día leía uno donde se decía que Potrero Grande era un infierno para sus habitantes. Sin desconocer las dificultades, como que en 2010  este barrio llegó a ser el  más violento de Cali, hoy la realidad es otra: los muchachos que generan problemas son 180 y estamos hablando de un sector de más de 30.000 habitantes”.

Lo que sucede, explica Quevedo, es que Potrero Grande se ha ido construyendo a retazos. Y  empezó mal. Porque la gente fue llegando, reubicada desde zonas como el Jarillón, el Pondaje y  Mojica “y se encontraron con que no había colegios, ni hospitales, ni centros culturales. Entonces, desde que fue creado, en 2006, la gente aquí se la ha pasado buscando la manera de aprender a convivir en medio de  carencias. Y eso no ha sido fácil y ha dado lugar a todos esos problemas de violencia que los medios registran”.  

[[nid:494077;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2015/12/ep001068526.jpg;full;{Marta Cuesta lidera la biblioteca de Potrero Grande a través de la Fundación Afrocolombiana Coretta King, inspirada en el legado de la esposa de Martin Luther King.Johan Manuel Morales | El País.}]]

Marta Cuesta ha visto muchas de esas noticias. Lo ha hecho desde que llegó a ‘Potrero’, hace unos nueve años, con la esperanza de tener al fin una casa propia después de vivir por años a orillas del Cauca, en el Jarillón.

Ya desde mucho antes, había entendido que se podía endulzar la amargura de la pobreza con unas buenas cucharadas de cultura. Que podía hacerlo con los libros. Por los años en que vivía en el Jarillón se dio a la tarea de acondicionar uno de los ranchos como biblioteca. “Yo me iba por toda la ciudad y pedía que me regalaran libros en las unidades residenciales. Así, caminando de un lado a otro, conseguí unos tres mil, con tan mala suerte que una noche terminaron calcinados después de un incendio. Pero cada vez que veía a un niñito con un libro en las manos, en lugar de andar por ahí robando, entendía que la palabra es un arma más poderosa que cualquier pistola”.

Como vecina de ‘Potrero’ quiso repetir la hazaña. Sumó los esfuerzos de otras madres de familia y ahora habla orgullosa de la Fundación Afrocolombiana Coretta King —nombre inspirado en el legado de la esposa de Martin Luther King— en la que realiza jornadas de promoción de lectura y escritura para los habitantes. “Y con la lectura disfrutan por igual los pequeños y los grandes. Incluso los viejos que no saben leer ni escribir, porque aquí la tasa de analfabetismo sigue siendo alta. Pero cuando tú les acercas un libro les muestras que hay otros mundos posibles”, reflexiona Marta. 

John, que sigue caminando por el barrio esta tarde de lunes, insiste con aquello de las oportunidades. “Si a los ‘pelados’ les dicen que las armas son la única posibilidad de supervivencia, pues no contemplan otro camino y se conforman con eso”.

Pero él no. Entonces habla de la mañana en que decidió organizar un plantón para marchar contra la violencia. Fue al día siguiente de una jornada de sangre en la que ocho vecinos de ‘Potrero’ perdieron la vida en menos de 24 horas, entre ellos un bebé de solo meses de nacido. “Usté hubiera visto. Marchó la mamá, marchó la abuela, marchó el joven y, en medio de todos, muchachos de pandillas enemigas que uno sabía que andaban armados. Y el clamor fue uno solo: no más violencia. Pocos lo creen, pero es cierto: ‘Potrero’ ya no es como lo pintan”.

32 mil habitantes tiene este barrio de la Comuna 21 que nació en el año 2006 para reubicar a familias del Jarillón.
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