Toribío, uno de los pueblos más atacados por las Farc, no es como lo pintan

Noviembre 24, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Enrique Rojas, editor Unidad de Crónicas El País.

Sobre las paredes de este municipio del Cauca, 40 artistas pintaron murales, como curando heridas ¿Podrán unos brochazos ser más poderosos que las balas?

En este país, la historia de la guerra también se escribe en sus paredes. Hace dos años, el 9 de julio del 2011, el Sexto Frente de las Farc cargó con explosivos un bus-escalera y lo empujó contra la estación de Policía de Toribío. Con la inteligencia de un ladrillo, los guerrilleros pensaron que así, al fin, conseguirían derribar el búnker que en el 2002 tuvieron que construir los uniformados para poder custodiar uno de los lugares más atacados por la subversión en todo el Cauca. Pero no pudieron. A cambio, lo que lograron fue matar a 4 personas, dejar 103 heridos y tumbar 400 casas. Tras el estallido, el cardán de la chiva, ese mecanismo del árbol de transmisión que lleva la fuerza del motor a las ruedas traseras, salió volando y se incrustó en un muro de la casa cural, a un lado de la iglesia. Durante meses, entonces, esas varillas retorcidas quedaron colgando ahí, como otra cruz, recordatorio ya no del cielo y todo eso sino del infierno y todo lo demás: la guerra, la muerte, la sangre, las salpicaduras en la pared. Después de El Mango, Toribío es el pueblo más atacado por las Farc en todo el departamento. En los últimos treinta años, la guerrilla se lo ha tomado más de 100 veces y ha realizado más de 400 hostigamientos. Hostigamientos, en el diccionario de la guerra, traduce arremetidas lanzadas desde las montañas: tiros de fusil apuntando a los policías que se mueven entre una y otra calle; granadas arrojadas a algún camino por el que vaya una patrulla; cilindros de gas cargados con puntillas, vidrios, heces fecales, todo lo que les quepa en su mente sucia para armar una bomba que puedan tirar desde el monte. Y todo sin importar que cerca de los policías, al lado del búnker, haya gente que nada tiene que ver con la guerra. Campesinos, madres, abuelos, niños, cuyo único pecado fue nacer ahí, crecer ahí, vivir ahí, donde toda esa porquería, año tras año, ha ido ensuciando las paredes, zafando las ventanas, tumbando las puertas.Abajo de las montañas, filos robustos que rodean todo el pueblo como una muralla que no sirve para defenderlo sino para atacarlo, el paisaje pues, día a día ha ido empeorando: siempre más triste, siempre más siniestro, con techos más destruidos, casas más perforadas. Tanto como para que alguna gente haya cambiado su ruta diaria con tal de evitar algo de ese panorama tétrico al que todos, de una u otra forma, han tenido que acostumbrarse. Por la calle que conduce de la Casa de Justicia al búnker, por ejemplo, la misma por donde los guerrilleros echaron a rodar el bus-escalera cargado con explosivos, algunos prefieren ya no pasar más. Como a otros tampoco les gusta pasar frente a la Policía, donde hoy solo quedan ruinas y una cruz en honor al sargento Hernández, muerto en el atentado de aquella vez. Quizás, sin saberlo, todos ellos, con ese pequeño acto de resistencia, estén haciendo lo mismo que un herido con sus lesiones frescas: evitar verlas para no pensar en la cicatriz. En Toribío, el dolor es tan doloroso que también se siente en las paredes.Pero resulta que hace poco un grupo de artistas se empeñó en cambiar algo de eso. Durante la penúltima semana de octubre, 40 muralistas de distintas partes del mundo llegaron hasta ese pueblo, al que tantos colombianos le temen, para atender algunos de sus padecimientos más visibles. Durante una semana, hombres y mujeres de México, Chile, Italia, Bogotá, Medellín, Cali, Pereira, Pasto, se juntaron para pintar sobre fachadas, la Alcaldía, la Casa de Justicia, graneros, rincones en ruinas, grafittis que recuerdan que la vida es aún más poderosa que la muerte; la mayoría, mensajes alusivos a la cultura Nasa y la lucha de los pueblos indígenas por preservar su legado. Aquello, una iniciativa a salvo de apoyos políticos y propagandas oficiales que se llamó Minga Muralista de los Pueblos y se desarrolló bajo el lema 'el territorio no es como lo pintan', dejó 130 murales en todo el pueblo y un estallido de color que por momentos hace olvidar algunas de las cicatrices ocultas bajo la pintura. ¿Podrán, con el tiempo, sanar realmente las heridas?***Aunque fue una creación colectiva, detrás de los murales un nombre sobresale como un disparo en la pared: Alberto Velasco. Fue él quien se encargó de buscar las pinturas, de hablar con el Alcalde, de convocar a los artistas, de contarles del pueblo, de organizar su alojamiento, de coordinarlo todo con los indígenas mayores, que también aprobaron su llegada. Detrás de su historia, está la historia de un corazón roto. Alberto nació hace 39 años en El Naya, esa región caucana tristemente célebre por ser escenario de masacres y muertos imposibles de contar. El papá de Alberto es uno de ellos. Pero luego Alberto tuvo otro papá. Uno con el que vivió sus primeros años en el Distrito de Aguablanca, donde ese hombre también fue asesinado. Pero antes le enseñó a pintar. Una vez, recuerda Alberto, estando muy pequeño, su segundo papá lo llevó a una pared del barrio El Jardín con un grupo de amigos. El recuerdo del niño sigue intacto, como pintura indeleble: dibujaron la mano del Tío Sam apretando el mundo, haciéndolo sangrar.Tras la muerte de su padre, Alberto se fue a vivir a las calles. Volvió al Naya, fue campesino, regresó a Cali, fue lustrabotas, entró al colegió, se retiró, cargó mercados y luego se empleó como vigilante de cuadra en Prados del Norte. Allí conoció a una profesora de literatura de Univalle con la que trabó amistad a partir de la adicción a la lectura que le había inculcado su abuelo. Para ese momento, 15 años, el muchachito ya había leído los clásicos y La Imaginación, de Proust, era uno de sus libros favoritos. Una vez la profesora le dio un libro de Rainer María Rilke, uno de los poetas malditos, donde encontró una frase que, al igual que ese primer grafitti junto a su papá, le cambiaría el resto de la vida: “Hay que roer el hueso de la realidad”. Y Alberto lo hizo.Dedicado a vivir más que a leer, trabajó en una ebanistería, fue utilero de una de las orquestas predilectas de los traquetos y cuando se cansó de esto y lo otro prestó servicio militar en la Fuerza Aérea. De allí, fue cajero en el Éxito donde ascendió hasta auxiliar administrativo. Luego pasó a ser analista de sistemas en Pepsi. Trabajó en Parquesoft, montó dos bares, fue rico, quebró, quedó en la calle otra vez. Y mientras todo eso pasaba, Alberto se enamoró. Y con esa mujer que amó, tuvo dos hijos, Jacobo y Tomas, que también cambiaron su vida.Pero el amor, a veces, como un mural que no se cuida, con el tiempo va perdiendo los colores, se va desdibujando, agrietando. Tal vez, entonces, ese dibujito con el que ejemplifican los corazones partidos, no sea simple caricatura. Y Alberto y su mujer, un día se separaron. Y la separación, complicada como tantas, impidió que él pudiera pasar todo el tiempo que quería con sus hijos. Así que para conjurar eso, el hombre empezó a pintar las paredes de San Antonio, donde ellos vivían. De esa manera les dejaba mensajes y les hacía sentir que él estaba ahí, aunque no estuviera. A veces, en las noches, en algún muro olvidado ubicado en la ruta del colegio de sus niños, pintaba un gato o un sol radiante o un corazón palpitante y luego los llamaba: “Cuando vean eso, ese gato, es para ustedes. Se los hizo su papá”. Así fue como Alberto se hizo muralista. Y con el tiempo, un referente del arte underground caleño capaz de convocar artistas de todo el mundo para pintar las paredes de un pueblo en guerra.Ahora, en las paredes de Toribío, tapando las cicatrices hechas por balas y cañones, es posible ver a un pájaro chocolatero conviviendo con una serpiente jueteadora. Es una representación de la justicia que los indígenas advierten en la naturaleza. La leyenda dice que si alguien entra al bosque y el pájaro canta, esa persona está haciendo las cosas bien; si el pájaro chilla, esa persona está errada y merece encontrarse con la serpiente. El grafitti es ahora la nueva fachada de la Casa de Justicia del pueblo. Y por allí también pueden verse representados otros mitos, como el del mohano-tigre y los rostros de líderes históricos como Manuel Quintín Lame o el del padre Álvaro Ulcué. Pero también hay mensajes: “Odio su guerra”. “Sin ejércitos existiría la paz”. “Menos bazuca, más yuca”.Yenni Calas, de 18 años, dice que todo eso le ha cambiado la mirada a mucha gente sobre el pueblo. Antes, dice ella, todo era guerra-guerra-guerra y ahora muchos hablan de otras cosas, como de los mensajes que hay en las paredes, lo que transmiten, los colores. Edwin Escué, de 17 años, compañero suyo de décimo grado, dice emocionado que cuando sea grande le gustaría ser artista y pintar murales y ayudar a que otros chicos como él piensen que allá, en el campo, hay opciones distintas a las que algunos creen: el narcotráfico, el fusil, la muerte.Alberto, sentado en un muro del colegio Cecidic de Toribío, vestido con una camiseta negra, un pañuelo amarrado al cuello, las manos manchadas de pintura, el pelo revuelto, mira a los muchachitos que al medio día corren de un lado para otro. Pintar murales, dice, es sobre todo dejarles un mensaje a ellos, como una vez funcionó con sus hijos. Darles a entender que así como las paredes, su propio futuro puede pintarse una y otra vez. Y que las heridas, por más profundas que sean, pueden sanar. Que Toribío no es como lo pintan. Mientras hablamos, lejos, allá arriba, en algún lugar de las montañas verdes y afiladas que rodean al pueblo, suenan tres disparos. Los pájaros se mueven en el cielo agitado, como en una pintura sobre la que todavía no se ha dado la pincelada final.Datos clavesLa iniciativa de Alberto se desarrolló luego de haber llevado a cabo ese mismo trabajo de los murales y grafittis en el colegio Cecidic de Toribío, desde hace casi un año.Los murales ya se han extendido a otras zonas del norte caucano. Hasta el momento, según sus cuentas, ya se han hecho cerca de 400 en diferentes sitios.

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