Testimonio: desmovilizado de las Farc que hizo parte de los ‘pisa suaves, contó detalles de su táctica

Julio 08, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Laura Marcela Hincapié, reportera de El País.

Este exguerrillero entró a las Farc a los 18 años en zona rural de Caloto, Cauca.

El golpe empezó a las 11:00 p.m. El campamento era improvisado, pero me lo sabía de memoria. El compañero que hizo la inteligencia nos dijo que eran 30 militares en total, pero semejante sorpresa la que nos llevamos cuando vimos que había más de 40. Algo andaba mal. Fue en una vereda de Toribío, Cauca. La fecha no la puedo decir. El caso es que cuando entramos de lleno, los soldados habían salido de sus trincheras y estaban alrededor, nosotros quedamos en el medio. Los manes nos estaban esperando. Con nosotros andaba un infiltrado que les cantó todo. Se voltearon los papeles en dos segundos. Empezó la ‘plomacera’ con granadas, tiros de fusil, de todo. Esa noche se nos murieron siete guerrilleros y el Ejército perdió dos hombres. Ese fue el asalto más duró que me tocó. Es que uno está entrenado para golpear, no para salir fracasado. Yo estuve tres años en las Fuerzas Especiales. Esa palabra ‘pisa suaves’ lo vine a conocer aquí afuera, allá eso no se escucha. Supongo que nos llaman así porque uno se prepara para andar como en el viento, sin dejar huella.Los otros golpes salieron bien. La teníamos clara: sorprender, romper, golpear, ganar, siempre ganar. Uno llega a un operativo pensando en golear. El que daba el papayazo, recibía lo suyo. Pero no todos pueden convertirse en Fuerzas Especiales. A mí el camarada me dijo que me metiera cuando llevaba ocho años comiendo monte. Yo hacía parte del Frente Sexto y ya tenía un grupito al mando. Además soy flaco, pequeño, me meto donde sea. Eso pesa mucho porque un ‘pisa suave’ -como nos dicen- no puede ser un tipo robusto que a donde llegue va a hacer bulla. El curso duró tres meses, lo hicimos en una vereda de Jambaló (Cauca). Entramos 27, pero ocho lo pasamos. Allá nos enseñaron que sólo hay dos opciones: mata o se hace matar. ¿Usted cuál elige? La cosa es así: lo primero es identificar el enemigo. Una unidad del Ejército o Policía que lleve más de quince días en un mismo campamento, ya perdía. La inteligencia la hace un solo guerrillero que entra de noche y está entrenado para estar hasta tres días sin ser visto en un campamento. Lleva visores nocturnos y unas palas pequeñas para clavar el hueco en el que se entierra, de allí no puede salir ni por el verraco. El soldado le puede orinar la cabeza y hacer sus necesidades encima suyo, pero usted tiene que seguir firme, allí. A sí ya sabíamos cuántos hombres eran y por dónde meternos. Por ejemplo, si eran 30, íbamos unos 15. Cada hombre de las Fuerzas Especiales puede hasta con unos seis soldados. Esa es la matemática que uno aprende. Luego llega el asalto. Caemos al campamento de noche, sin ruido. El primer trabajo es matar al guardia o centinela, como le dice el Ejército. Había que degollarlo. Allá tocaba así, volverse sanguinario. De allí ya entra el granadero, que es el encargado de golpear, yo era de esos. En un minuto podía tirar 60 ó 70 granadas de mano. Después de tener el campamento lleno de plomo, llegan los que terminan el trabajo, o sea, los que entrar a aniquilar a los que quedaron vivos y a robar las armas. Si uno veía que un militar estaba muy mal, era mejor darle un tiro de gracia para que no sufriera. Ya si el man entregaba el arma, uno le perdonaba la vida. Otros compañeros nos esperaban a unos 150 metros del campamento para cubrirnos. En un asalto de esos las Farc invertían hasta 200 palos (millones). Yo me desmovilicé hace un tiempito ya, no quería más esa vida. Pero esté adentro o afuera siempre pienso lo mismo: las Fuerzas Especiales son -fuimos- lo peor que se inventó la guerrilla. Lo más sanguinario, lo más cruel.

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