Testigos de la guerra: relatos desde el terror de los campos minados

Testigos de la guerra: relatos desde el terror de los campos minados

Abril 04, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Yefferson Ospina-reportero de El País
Testigos de la guerra: relatos desde el terror de los campos minados

Según las cifras de la Dirección de Acción contra Minas, en Colombia han perdido la vida 99 personas por minas antipersonales, en lo transcurrido del 2015.

En la conmemoración del Día Internacional contra las Minas, dos militares cuentan su experiencia desactivándolas.

Hoy se celebra el Día Internacional contra las minas antipersonal. La conmemoración se hace en medio de los esfuerzos del Gobierno Nacional por iniciar un plan de desminado en todo el territorio nacional, luego de que las Farc acordaran en La Habana parar la siembra de estos artefactos y ayudar a su erradicación.

Vea: ¿cómo se prepara el Ejército para iniciar el desminado del país?

 En un acto simbólico de solidaridad, miles de ciudadanos en todo el mundo remangan su pantalón hasta la rodilla para decir  a las víctimas de las minas que no han sido olvidadas. 

¿Qué piensan dos testigos inmediatos de la crueldad de los campos minados, de la posibilidad de que en el país desaparezcan las minas antipersonal?

Lea también: Florida y Pradera, municipios del Valle más afectados por minas antipersonas

Fue entre el 2010 y el 2012, en Ituango, Antioquia. El pueblo tiene un poco más de 40 mil habitantes, de los cuales, 25 mil viven en el campo, en las fincas. El resto, en la cabecera municipal. El pueblo está en el norte de Antioquia, rodeado de vastísimas montañas y atravesado por el río Cauca. 

Otras señas indican que las brutales complicaciones de la guerra han hecho que sea incluido en la lista del Gobierno de las “zonas de riesgo extremo”. 

 También, dicen las estadísticas, es el segundo pueblo con más víctimas de minas ‘antipersona’ en Antioquia, que es  el departamento con más víctimas de esos artefactos en Colombia, que es el tercer país con más afectados en todo el mundo, luego de Camboya y Afganistán.

Fue allí, en Ituango, que Robinson, ahora militar retirado, comandó entre el 2010 y el 2012  un grupo especial de soldados dedicados a desenterrar y destruir las minas sembradas por las Farc, como estrategia de guerra contra el Ejército y el paramilitarismo. 

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“Al principio”, dice Robinson, “miedo, mucho miedo”. 

Miedo de caminar todos los días en los dorsos de esas montañas minadas. No importa que tuviera el aparato de ondas electromagnéticas que podía detectarlas, ni el perro que podía olerlas, ni el traje que podría evitar que perdiera una pierna o un brazo en caso de que la mina explotara en medio de la desactivación. 

“Miedo. Uno no se repone del miedo luego de ver al primer compañero caer. Tuve que ver cuatro soldados levantados por las minas, y 160 soldados mutilados en el batallón de Girardot, en Medellín”. 160 soldados, asegura Robinson. Todos, todos, mutilados, o ciegos, o sordos.  

Durante esos años, entre el 2010 y el 2012, en ese municipio se contron 44 víctimas de las minas.

 ¿Pocos? ¿Muchos? Robinson no sabe qué decir. No tiene un punto de comparación para afirmar, por ejemplo, que los 11.073 casos de personas afectadas por minas entre el 1 de enero de 1990 y el 27 de marzo de 2015 son demasiados.

 Se sorprende cuando le explico que según dice la ONG Mine Action, que trabaja para la ONU en temas relativos a campos minados, Colombia es el tercer país con más víctimas por las minas.

Robinson, por otro lado, sabe ciertas cosas que solo la experiencia abismal de la guerra enseña. 

Ese día, cuenta, uno de sus soldados cayó en una mina. Oyeron la explosión y corrieron a verlo, un chico, de 20 años, de padres campesinos. 

“Lo vi sin las piernas, con la cara untada de sangre y tierra. ¿Te imaginás que aunque no tenía piernas me decía: cabo, cabo, quíteme las botas, que siento que los pies se me están quemando?

Robinson dice que una de tantas monstruosidades  que la guerra le enseñó, es que quienes pierden un pie o un brazo o una pierna lo siguen sintiendo por mucha tiempo. Sienten que les pica, que les duele. Pero no está, es un vacío.

Tiene 29 años, un hijo de 7, una hija de cinco meses, y allí, en el espacio que hay entre la rodilla y la punta de los dedos de la pierna derecha, una sofisticada prótesis que maneja con cierta torpeza, como quien aún  no se acostumbra. 

  Sucedió el 22 de febrero pasado, en la vereda Buenavista, municipio de La Montañita, en el Caquetá. 

Pablo es teniente. El día en que pisó la mina era el comandante de todos los soldados que patrullaban con él. Ese día, mientras lo llevaban en helicóptero al hospital militar en Bogotá, todos los soldados que lo acompañaban lloraron, salvo él. 

“No podía llorar, ¿me entiende? Yo era el comandante, no podía hacerlos flaquear a ellos, que regresarían a esa zona”.

 Pero el dolor era insoportable, el dolor y la sensación de que la pierna aún estaba ahí. El dolor en la pierna que ya no existía. El absurdo dolor de una guerra que ya no comprendía.

 Ese día, el 22 de febrero de 2015, la vida de Pablo, el hijo de doña Rosalba y don Heriberto, nacido en un pueblo remoto de Caldas llamado Aguadas, el niño que en su infancia había tocado el trombón en la banda de músicos de su pueblo, que había jugado fútbol en el equipo de su barrio, tomó la forma de una estadística: Pablo fue una de las 54  personas que en  2015 ha resultado heridas por las minas. 

 Uno de los 6829 miembros del Ejército o la Policía víctimas de esas armas atroces desde 1990. 

 Pablo trata de explicar por qué los soldados lloraron. Dice que las minas causan demasiado temor y sobre todo, impotencia. 

 “Las minas están ahí, sembradas, y en cualquier momento uno las puede pisar. ¿Cómo se puede defender uno de ellas? Siendo muy cuidadoso con su equipo antiexplosivos, y sin embargo, vea. Y lo peor es que cuando algún soldado pisa una mina, ¿qué hace uno? ¿A quién le dispara? Uno lucha contra un enemigo que no tiene nada que perder”, dice.

Por eso la impotencia, por eso las lágrimas de sus soldados. Porque se saben allá, en medio de las minas, en esa terrible soledad que les infunde la amenaza siempre presente, en cada paso, casi invencible.

 ***

Doña Rosalba, madre de Pablo, lloró también, como los soldados comandados por su hijo. 

Lloró, porque nunca había atestiguado la guerra tan de cerca, tan destructivamente. 

La guerra, que se lleva a los hijos y a los padres y a las madres. “Uno entrega a sus hijos bien, completicos, sanos, y vea cómo vuelven a uno... Todo esto es tan duro, pero gracias a Dios que no fue peor. Gracias a Dios está vivo, y aunque sea con una prótesis, puede volver a caminar”, dice doña Rosalba.

 Pablo decidió seguir en las Fuerzas Militares. Está en un proceso de recuperación y espera iniciar estudios universitarios para acceder a un cargo administrativo en el Ejército.

 “Siquiera que van a empezar a desminar. Y ojalá no le pase nada a nadie en ese proceso, porque eso es muy peligroso”, dice Pablo. “Yo tengo otro hermano en el Ejército, en Villavicencio. Creo que si a él le pasa algo por las minas ahí sí lloraría”, termina. 

Robinson, ya retirado, piensa igual a Pablo. Dice que es una fortuna para los soldados y para los campesinos que de una vez por todas erradiquen las minas en todo el país. 

“Claro que ojalá pongan a los guerrilleros a hacer ese trabajo, para que se den cuenta de lo duro que es, para que se den cuenta de lo que hicieron”, dice, mientras su rostro dibuja una sonrisa.  

Las zonas más afectadas por las minas antipersonal del Valle del Cauca son Florida, Pradera, Buga y Buenaventura. En 2015, en el departamento se ha registrado una víctima.
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