Secretos de un mercenario recién jubilado

Mayo 29, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Redacción de El País
Secretos de un mercenario recién jubilado

El colombiano cuenta de recientes reclutamientos y de su vida al otro lado del mundo como mercenario.

Un colombiano que trabajó para fuerzas privadas en el Medio Oriente, cuenta de recientes reclutamientos y de su vida al otro lado del mundo. Diálogo corto, pero sin silenciador.

¿Y para qué están llevando gente a los Emiratos Arabes? Están creando un ejército allá. Es como una legión, una tropa privada que en su mayoría va a ser colombiana. No se si vayan a entrar en guerra, pero sí van a enfrentar acciones terroristas.Convertido ahora en el escolta de un “señor” que por estos días duerme en un chalet a las afueras de Bogotá, ‘Hache’ habla por teléfono mientras cumple un turno de vigilancia. Si todo hubiera salido como esperaba, en este momento debería estar en Abu Dabi y no ahí, esperando que un capricho ajeno que decida el resto de su noche.Pero ‘Hache’ no reniega. No al menos de eso. El tipo, un ex policía que hace diez años hizo parte del Bloque de Búsqueda y la Contraguerrilla de Cundinamarca, está acostumbrado a recibir ordenes. Y a las noches en vela.Hasta finales del 2010 perteneció a uno de esos ejércitos privados que hace cinco años fueron silenciosamente conformados para desarrollar misiones en el Medio Oriente. Durante 36 meses firmó una serie de contratos que lo mantuvieron entre Irak y Afganistán. En ese tiempo, dice, su misión fue vigilar sedes diplomáticas de los Estados Unidos ubicadas en Al Hilla y Kabul. La voz de ‘Hache’, ronca y gangosa por la bocina telefónica, suena como si en su garganta aún quedarán restos de la arena del desierto.La semana pasada el New York Times publicó un artículo hablando de un ejército recientemente armado en la clandestinidad, con la finalidad de exportar hombres que se encargarían de cuidar jeques, oleductos y rascacielos en Abu Dabi. De acuerdo con el artículo, se trata de la continuación de un negocio emprendido por traficantes de incautos, que en el 2006 mandaron a cientos de ex militares colombianos para que trabajaran como mercenarios en la Guerra de Irak. Esta vez, la misión en los Emiratos Arabes ofrecía una tentadora oferta para un ex combatiente sin empleo: cuatro dólares la hora, 90 dólares al día, 2.700 al mes. ¿Si ya había hecho servicios especiales en el Medio Oriente, por qué se queda por fuera de este viaje?Al principio no pasé las pruebas. Eran unas pruebas para las que citaban a la gente en el Parque Simón Bolívar (Bogotá) y después de tres meses de estar yendo a hacer tests de resistencia, flexiones, abdominales, me dijeron que no sin darme más explicación. ¿Quiénes determinaban eso? Ese proyecto lo tenía la misma gente con la que yo había viajado antes, los de ID Sistems, una empresa que en el 2006 llevó gente a Bagdad. En este caso, el que tomaba la decisión era un coronel retirado de apellido Carrascal. Yo le mostré mis certificaciones, felicitaciones por mis trabajos anteriores, pero de nada valió.Un columnista de Semana que se refirió al tema, habló de fincas donde se hacían entrenamientos relámpago. ¿Eran, justamente, para quienes no pasaban las pruebas?Sí, de cada diez personas que se presentaban, sólo pasaban cuatro. Así que se les ocurrió la idea de alquilar una finca entre Honda y La Dorada y quien quisiera se internaba allá por quince días. Los que se entrenaban, luego pasaban fijo. Tocaba pagar la estadía y la alimentación que les daban; eso valía como ciento cuarenta mil pesos.¿Usted fue a esa finca?No, pero sí mucha gente que conocí por esos días. Para los Emiratos se fue bastante gente. Oí que estaban necesitando cerca de tres mil personas. Yo calculo que de Colombia ya se han ido más de mil. Imagínese esto: las citas en el Simón Bolívar eran los martes y los jueves; durante los tres meses que estuve yendo, cada día, al menos cien personas diferentes se presentaban ahí. Antes de todo esto ‘Hache’ quiso ser mecánico. De chico, sus sueños aparecían cubiertos por un cielo aceitoso techado de latas y piñones. Incluso llegó a tener un local de autopartes en Bogotá. Tras siete años en la Policía abrió un negocio e intentó una vida lejos de las armas. Pero aquello fue sólo eso, un intento. Quebrado, decidió seguir el rastro de un rumor que a finales del 2004 se volvió común entre cierto sector desvinculado de las Fuerzas Armadas: la conformación de ejércitos de reservistas para realizar misiones en ciertas zonas de guerra. Poco se sabe sobre lo que hubo detrás de todo eso: muchos de los hombres que finalmente llegaron al Medio Oriente, primero fueron víctimas de pequeñas estafas. Antes de viajar, los mercenarios del desierto fueron asaltados por mercenarios de ciudad. ¿Al principio cómo era ofrecían las misiones? ¿Con qué respaldo?En el 2005 di con una empresa que me tuvo un año haciendo papeles. El que aparecía respaldando todo eso era un Capitán Monroy. Tenían oficinas cerca de la Embajada Americana. A mi me hicieron pagar cursos de inglés, de explosivos, comprar varios CD con información hasta que un día me citaron y cuando llegué ya todo estaba desmontado. Se volaron.¿Cómo entonces es que termina yéndose después de esa estafa?Empezó a circular el rumor de otro proyecto con otro Capitán. Fui a la oficina de él, que quedaba en La Soledad, le pasé la hoja de vida, me entrevistó, me hizo las pruebas y salió serio. Entrenamos polígonos e hicimos un curso por el que nos pagaron millón doscientos. Éramos como 40. Al final hubo una cena con nuestra familia donde nos dieron los diplomas. En enero del 2007 viajé a Irak.En el 2006 se supo de una empresa que había enviado gente allá, prometiéndoles un sueldo irreal... Fue un mal entendido. La empresa era ID Sistems, la misma con la que yo viajé. Decían que les habían prometido 4.000 dólares y les pagaban mucho menos, pero no, ellos sabían cuánto iba a recibir. Lo que pasó es que empezaron a licitar muchas empresas ofreciendo servicios más barato y les tocó bajar. Cuando yo viajé, fui por 1.000 dólares al mes.¿Cuál era su trabajo?En Al Hilla (Irak) iba a cuidar una embajada regional de los Estados Unidos que funcionaba en un hotel que había sido de Saddam Hussein. Tocaba revisar el personal que ingresaba, requisar vehículos. No era un servicio de escolta personal, sino de cuidado interno. La embajada quedaba en un hotel a las afueras. Manteníamos armados con fusiles M4, pistolas Glock y ametralladoras M40. A diario se recibían amenazas de grupos islámicos. De Al Qaeda. Decían que iban a ejecutar ataques químicos. A nosotros tuvieron que entrenarnos para eso allá mismo.¿Alguna vez le tocó entrar en confrontación armada?No. Hubo muchos ataques a la Embajada, pero como no había un objetivo claro no se podía disparar. Eran ataques desde muy lejos, a veces en las noches. Una vez un mortero cayó cerca de un compañero. Yo estaba en la garita de al lado. Perdió el oído. Se lo llevaron en un helicóptero para atenderlo y nunca más volvió.¿Cómo era el alojamiento donde estaba usted y sus compañeros?Eran containers acondicionados junto a la Embajada. Cuartos para dos personas con aire acondicionado, baño. Conmigo había más o menos 90 colombianos. La alimentación estaba a cargo de unos cocineros de la India. A veces el menú era americano, tex-mex, árabe; una vez intentaron hacernos platos colombianos. Se comía bien, no me puedo quejar.¿Ustedes podían transitar por la ciudad? ¿Tenían esa libertad?Del campamento no se podía salir. Lo único que vi fue un río que pasaba cerca. Creo, era un brazo del Eufrates. ¿Y los días libres?Puro internet: cursos de inglés, photoshop, chatear con la familia, gimnasio. Compraba cosas por internet, zapatillas, ropa; todo llegaba allá. El contacto, las amistades, era con la gente que trabajaba ahí. Uno trataba de aprender árabe. Había mujeres, sí, pero usted sabe que son diferentes y por respeto uno no las molestaba.Imposible una cerveza entonces...Adentro del campamento había un día específico: los jueves. Salsa Night, se llamaba. Ponían música colombiana y en el bar uno departía un rato. Nos podíamos tomar dos cervezas, eso era todo lo que autorizaban por persona.A las once de la noche el ex combatiente convertido en escolta se olvida ya de renegar sobre su antigua historia. Piensa en la familia que perdió en esos años. En la chica que amaba y que nunca volvió a ver después de todo eso. Piensa, también, en la novia que ahora tiene. En el amor que ya no entregaría a la incertidumbre del desierto. ‘Hache’, jura, ahora es dueño de un corazón blindado contra el dinero. Su voz al fin suena limpia de arena:¿Volvería a irse?No. La plata no compra felicidad. Finalmente yo nunca fui un mercenario.

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