“Se perdona, pero no se olvida”

Junio 06, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Enrique Rojas | Reportero de El País
“Se perdona, pero no se olvida”

La fundación Colombia con Memoria cuyos miembros son familiares de víctimas de Pablo Escobar, públicamente se opusieron a la serie sobre dicho narco que actualmente se presenta en el canal caracol, según ellos por ser una apología al delito y un mal ejemplo.

107 víctimas. 107 ausencias. 107 injusticias. Cuatro voceros del dolor hablan del drama que vivieron por culpa del Narcotraficante Pablo Escobar.

“Yo sólo puedo decirle que fue el peor día de mi vida. Tengo 32 años y el 27 de noviembre de 1989 fue el día más triste, más desolador, más ingrato, el día que enlutó mi memoria para siempre. ¿O cómo llamarlo? ¿Cómo decirle si al despertar lo primero que vi fue a mi mamá arrodillada, agarrada a la pata de una mesa, completamente vencida?Yo tenía 12 años y me acerqué a preguntarle qué pasaba, pero ella estaba ahogada en lágrimas. En la radio, recuerdo bien, la voz de Yamid Amat leía la lista de pasajeros de un avión del que decían se había caído sin dejar sobrevivientes. Leían por orden alfabético y pronto lo escuché: Arellano Gerardo, el cantante, mi papá. Entonces una película de horror se me atravesó por la cabeza, una película en la que veía todos los momentos que tuvimos, una película en la que vi la noche anterior, en la que no había querido separarme de él. No sé si se pueda llamar premonición, pero yo estaba muy alterado, lloraba mientras él hacía la maleta. Tenía como una angustia porque él viajaba a Cali a cantar en una misa de homenaje a mi abuelo y le pedía que me dejara ir, que no quería que estuviera solo. Entonces cogía una imagen del Señor de los Milagros y la abrazaba con un aferro terrible, pidiéndole a Dios por algo que no sabía qué era. Estuve molestándolo hasta tarde y él trató de conseguirme un cupo pero no, el avión iba lleno”.En el HK 1803 explotado bajo las órdenes de Pablo Escobar, fallecieron dos niños. Federico Arellano, el hijo del tenor vallecaucano que pereció allí, se escapó de la muerte por una razón que 20 años después aún no logra descifrar. Quién sabe por qué, se pregunta, mientras explica que en este tiempo se hizo abogado y presidente de la Fundación Colombia Con Memoria, desde donde intenta ayudar a otras víctimas del narcotráfico y la violencia que siguen acosando a este país. Quién sabe, murmura con la voz entrecortada, horas antes de ofrecer un concierto en memoria de su padre, donde se reunirá con otras personas que también llevan dos décadas con la tragedia a cuestas, como apesadumbrados animales de carga. Vaya paradoja la de esta bestialidad.¿Dónde está mi papá? Los recuerdos, es sabido, acechan a las víctimas en momentos insospechados: hay olores que reviven la desgracia, sonidos que renuevan el dolor. Pero hay casos, como éste, en que no es sencillo rotular lo que se lleva dentro y entonces la mente, en un ejercicio instintivo, elige un color como referencia. Los recuerdos de David Vargas, un diseñador industrial de 28 años que contesta desde Bogotá, son, por ejemplo, blancos. Sin estallidos, ni trozos del avión volando, ni gritos, ni lágrimas. Solamente blancos:“Así me quedó la mente. Tenía 8 años y mis hermanos, 12, 11 y 2. ¿A quién se le podía ocurrir matar a mi papá? Se llamaba José Ignacio Vargas, era instructor del Sena, tenía 50 años, había estudiado filosofía y teología y alcanzó a ordenarse como sacerdote, pero luego se había dedicado a la docencia; era profesor. A ese hombre fue al que mataron. Estos han sido años muy duros. Nadie podrá decir que salió ileso. En mi caso, cada vez que subo a un avión es igual: imaginó la desesperación, lo que pasó en el estallido, el dolor. Además, a eso se suma lo que hemos descubierto: vea, hay una señora a la que le entregaron el cuerpo de su esposo en un cofre sellado y lo enterró y lo lloró, pero luego se dio cuenta que ese no era su esposo, entonces le dieron otro cofre y hoy día ella llora dos muertos. A veces me pregunto si el que está ahí, en una de esas cajas, es mi papá”.La crueldad huele a dulce “Usted no alcanza a imaginar cómo era la zona del desastre. Yo fui a buscar a mi marido, Ángel Cantillo y, cómo le digo, quedé satisfecha porque pude enterrarlo completo. En Soacha habían separado por pilas los muertos según el estado en que habían quedado; los cuerpos enteros se reclamaban en Medicina Legal y para allá me mandaron en medio de mi angustia. Pero antes de irme vi cosas muy feas, me acuerdo de una auxiliar de vuelo que quedó sin brazos ni piernas, pero con un gesto de pavor que nunca olvidaré. Como tampoco podré olvidar que toda esa montaña olía a dulce, como a melado quemado. Allá debió quedar la cabeza de Ángel, eso fue lo único que nunca pude encontrar. Allá volví a buscar, pero me tuve que resignar”.El olor dulzón del que habla Catalina Rocha, provenía del C4, el explosivo que utilizó el cartel de Medellín para perpetrar el más amargo atentado en la historia aeronáutica colombiana. La viuda, claro, no sabe nada de eso. Sólo recuerda ese tufo dulzón y terroso que le da tantas ganas de llorar. Los recuerdos, veinte años después, cómo impedirlo, siguen explotando aquí y allá.Los padres no entierran a los hijosLa tragedia no sólo ocurrió en el aire. En realidad fueron más que 107 víctimas las del HK 1803. Además de las tres personas que fallecieron en Soacha como consecuencia de los restos del avión que cayeron como gillotinas, decenas de familias se acabaron por la pena moral. En Cali, Aura Leticia de Calero, madre del Andrés Felipe (ingeniero industrial de la Javeriana de Bogotá, 23 años) sabe bien cuánto pesó avión: “Él había ido a ver a su abuela y desde ese golpe ella tuvo un alzheimer de choque y lo único que hacía era llorar cuando veía la foto de Andrés; murió a los tres años. Mi marido murió de cáncer cinco años después. Hasta que pudo, todos los meses le escribió al fiscal pidiéndole una explicación pero siempre fue lo mismo: ‘por reserva del sumario no podemos responder su petición’. Eso lo mortificaba mucho. Como lo mortificaba la incertidumbre con César Gaviria a quien buscó para que le explicara si era cierto que a él le habían avisado que no debía viajar en ese avión; en una columna que escribió para El Espectador a los tres años del atentado, dijo que la conciencia del entonces presidente ‘era una incógnita nacional’. “Mire, mijo, con mucho esfuerzo yo perdoné. Perdoné a Pablo Escobar y a los que hayan tenido que ver en eso, porque me propuse seguir viviendo. Pero le digo, una cosa es el perdón, otra es el olvido”.

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