Resguardos indígenas del Cauca, en medio del fuego cruzado

Febrero 11, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Laura Marcela Hincapié S. | Reportera de El País
Resguardos indígenas del Cauca, en medio del fuego cruzado

Más allá de los reportes oficiales sobre los combates que se libran con la guerrilla en el norte del Cauca, en esa región crece un drama humano de enormes proporciones. Ejército dice que las Farc siguen camuflándose entre la población civil. Comunidades denuncian ser víctima de ambos bandos.

Huele a plomo. Con esa mirada cómplice del horror, me dice que donde estoy parada hace tres días cayó una granada. Una bomba cargada de pólvora, láminas filudas y puntillas asesinas que se comió diez metros de pasto.El hueco sigue allí, como si la tierra tuviera la boca abierta esperando otro estallido. A unos cuantos pasos el pasado viernes cayó otra. Más al fondo y en la orilla del río y en la cima, hasta donde me alcanza la vista, Jairo señala que han caído otros explosivos. Las montañas de la vereda La Cima en Corinto, Cauca, lucen como meteoritos. Están llenas de agujeros, de huellas asesinas que ha dejado el Frente 6 de las Farc. Ese olor a plomo parece estar pegado a la nariz de Jairo. Lleva 37 años transpirando la guerra. Es el capitán del resguardo indígena de Corinto y tiene miedo. Hizo unas cinco llamadas antes de subir a la montaña. Cuenta que en estos días hay mucha tensión en los municipios del norte del Cauca. Que los guerrilleros están “picados”. Hemos recorrido unos 20 metros de la vereda y el eco de los fusiles todavía retumba y asusta el corazón de la montaña. “Los combates pueden regresar en cualquier momento”, advierte Jairo. Las esquirlas de los ‘tatucos’ que lanza la guerrilla han desteñido la naturaleza. Ahora luce muerta. El pasto está seco. El sonido ronco de un radio nos detiene. Es Gilberto, el jefe de la guardia indígena. Decide escoltarnos hasta la cima. Los guerrilleros pueden estar detrás de cualquier rama y alterarse por los pasos de desconocidos. Y sólo por milagros de la madre tierra nos salvaríamos de que nos disparen. “Voy subiendo con unos personajes, estén pendientes de cualquier movimiento”. La vida depende de aquel radio gastado que Gilberto mantiene pegado a la boca. De aquel, que luego nos fallaría. Es su tierra. Sus padres y abuelos la cultivaron. La convirtieron en un campo sagrado. Pero ni Gilberto ni Jairo lucen confiados. Son otros dos alfileres en la montaña, otros dos blancos de guerra que parecen estar en el lugar equivocado.En el descanso de una de las montañas de La Cima, en una esquina escondida, está la casa de Ana. Al fondo se ve la carita curiosa de una niña de tres años que se esconde detrás de una cortina rosada. Ana se limpia las manos en su falda y con una risa nerviosa nos ofrece una limonada. En otros días nos habría ofrecido almuerzo, pero recuerda que en la última semana las bombas fantasma le han matado varias gallinas. La alacena está vacía. La pequeña Julia sale de la cortina, Ana la abraza y la culpa de su desvelo. Sentada en la única banca que hay en su casa, cuenta que a veces no puede dormir por temor de que Julia sea víctima de uno de los disparos que se cruzan en los combates entre el Ejército y la guerrilla. De uno de tantos, que el año pasado, según la Acin, se llevó la vida de 67 indígenas en los doce municipios del norte del Cauca. La niña de cuatro años está creciendo en el centro de un conflicto ajeno. Y aún así, sonríe, nos agarra la mano y nos muestra los lugares “divertidos” de su finca. Ana se aprieta los dedos de la mano. Se tapa la cara con el pelo y confiesa tener rencor contra los militares y guerrilleros. Un rencor que crece cada semana, cada día, cada hora que escucha los helicópteros del Ejército o las granadas de las Farc. “Todos son injustos. Todos se creen dueños de las casas”. Allí, sentados en aquella banca movediza ella reniega porque su casa no es más que una estación de combate. Un techo frágil que se balancea en las montañas de Corinto cubiertas con faldas largas de marihuana. Esas hojas verdes de silueta perfecta, que son su cordón umbilical con la violencia. Ana no quiere decir a quién le vende aquellos cultivos. Al fondo, encima de una bolsa negra, hay varios kilos listos para ser empacados. Julia salta a través de ellos. Ana sigue sin responder. No quiere que pensemos que tiene una relación con la guerrilla. Se levanta el pelo de la cara, me mira fijamente y explica que no estuvo en sus manos. Es una herencia maldita que le dejó su familia. “Se la vendo a vecinos. Y lo hago sólo porque es una forma de sobrevivir”.Dejamos atrás a Ana y a Julia. Han pasado dos horas en aquel recorrido que da escalofrío. El radio de Gilberto no suena. Está mudo. El silencio parece matarnos. Jairo interrumpe esa agonía y le pide al encargado de nuestra seguridad que cuente lo de Carlos. Lo mataron de pasada, por desparche. Dice Gilberto. La bala de un fusil le perforó la piel y le atravesó su cabeza. Eso fue hace catorce días, cerca al municipio. Los guerrilleros alguna vez lo vieron hablando con un militar y se la cobraron.Gilberto cuenta la historia de soslayo, más preocupado por el silencio de su radio afónico que parece habernos dejado solos. Tal vez la crueldad de la guerra ya le ha congelado el corazón, porque Carlos era su nieto. Tal vez el dolor ya lo mató por dentro y la muerte del cuerpo la ve como el fin de un sufrimiento. O tal vez el hombre también se acostumbra al dolor. El radio da señales de vida, parece toser. Finalmente le da paso a la una voz cortante que dice que ya estamos cerca de las tropas del Ejército. Es mediodía y es hora de regresar.ParanoiaEn la cancha de fútbol de la vereda Los Chorros, en Caloto, huele más a miedo que a plomo. Un grupo de 30 comuneros juega y nos mira de reojo. Hace 18 días la vereda se convirtió en una suerte de Bagdad. El Frente Sexto de las Farc y el Ejército se enfrentaron por horas. Cayeron siete guerrilleros y dos militares. Pero los indígenas volvieron a perder. Aquella derrota desplazó a 80 familias a la escuela de la vereda. Argemiro nos mira de frente. Es el presidente de la Junta de Acción Comunal. Suspende el partido y acepta acompañarnos a hacer un recorrido por las viviendas afectadas, por aquellos techos y paredes que temblaron del horror. No viene solo, por aquel temor que también sintieron Gilberto y Jairo, llama a unas diez personas de la guardia indígena de Caloto. Aquí no tienen radio. ¿Entonces, a quién le encargamos la vida?Doña Teresa, una anciana de 80 años, todavía tiene voz recia. Su casa está a unos minutos de la carretera. Me agarra fuerte con la mano sudada, tal vez aún asustada, y me muestra los más de cinco agujeros que dejaron las balas de aquel combate. Atravesando el puente del río está el drama de Marta. Aquel sábado 22 de enero, a la madrugada, el ruido lacerante de un helicóptero rozó sus oídos. Cuenta que era el Ejército. Que usaron sus cultivos de plátano y café como parqueadero. “Entraron como si fuera su casa, con los fusiles casi que aputándome al ojo. Me dijeron que estuviera tranquila que estaban para protegerme. Miraron si había guerrilleros y luego se fueron”.Teresa dice indignada que sólo a los militares se les ocurre protegerla entrando a su casa con fusiles, cuando saben que cientos de guerrilleros los están buscando. La ironía de dicha escena le hace apretar los dientes, como un tic permanente.A media hora del recorrido, los vecinos de Teresa y Marta cuentan que les fue peor. En una vivienda, quizá la más grande de la vereda, un niño de un año se mece en una hamaca. Su madre me pide que pase. La casa es de ladrillo, pero parece una torre de yenga, cuando el juego está a punto de acabar. De las esquinas salen otras cinco personas. Otros tres niños. La madre del bebé de la hamaca se atreve. Denuncia que unos diez militares entraron a la casa, tomaron agua y se escondieron de los guerrilleros por dos horas. Que les pidieron confesar a dónde habían ido los milicianos. “Cómo si yo estuviera combatiendo, pa’ saber eso”. Ximena cuenta con tristeza que desde aquel día, el bebé de la hamaca, que lloró todo un mar, tiene diarrea. Termina el recorrido y Juan, Humberto, Joaquín, Argemiro, María y otros 20 me dicen, con una risa sarcástica, que si duermo en su casa, los matan. Aquí se castiga la hospitalidad. “Luego las Farc llega y nos pregunta quiénes son ustedes y se arma el problema”... Cuentan que los indígenas y el resto de campesinos deben entregarles a las Farc un reporte de sus movimientos. Tienen que avisar si van a salir, si hay una fiesta, si vienen familiares. Todo. Por eso huele a miedo en Caloto. Fabián, que vive al borde de la carretera, decide arriesgar su vida por desconocidos. Días de victoria Diez horas después de que Fabían tomó aquella decisión, estamos en Toribío, el lugar más golpeado por la violencia en el Cauca. Allí, en medio de esa guerra, el gobernador del resguardo nos recibe y cuenta lo que otros nunca dijeron. “Es cierto que unos indígenas han decidido irse para la guerrilla y que hay infiltrados. Pero nosotros siempre estamos pendientes para expulsarlos”. En los resguardos no se acepta ninguno de los dos caminos. Se castiga al que se vuelve guerrillero, pero tampoco se permite que alguno de los suyos quiera ser militar.En Toribío nadie quiere hablar. El Gobernador insiste en que no puede ir a las veredas. Se lava las manos y cuenta que con extraños no se va ni a la tienda. Recuerda que en un combate las balas no avisan. “Te persiguen y no te dan tiempo”.La Personería del municipio sabe de eso y registra que el año pasado diez indígenas murieron en combates, pero no define si fue por balas del Ejército o de las Farc. Otros 16 recibieron heridas y 350 sufrieron daños en sus viviendas.Diez horas antes de aquel silencio de Toribío, Fabián se me acerca y toma una decisión, que aún ignoramos si le causó problemas. Nos recibe en su casa, en una muy pequeña, que bien podría ser la cocina de una residencia de Ciudad Jardín.Sin moverse mucho caben él, su esposa Mirta y su hija Karen, de 10 años. Mirta es amable, pero está nerviosa. Nos advierte que las Farc pueden llegar en cualquier momento. El ruido de las motos cargadas de coca, que se pasean por toda la vía, la ponen a temblar aún más. Karen me cede su cama. Me da la mano y me dice que no le haga caso a su mamá, que hoy las Farc y el Ejército no pelean. “Ya deben estar dormidos”. Me cuenta que ver muertos no es tan miedoso. Ella ha visto muchos y dice que ninguno la ha asustado.Son las 5:00 a.m. Karen tenía razón. Fabián y su esposa me sonríen, como si hubieran ganado una batalla. Así se despierta en el norte del Cauca. Con una sensación de victoria, porque aquella guerra les perdonó otro día.“Las Farc atacan en jean y camiseta”Sus fusiles parecen ojos nerviosos que se mueven de un lado a otro. En Corinto, Cauca, los militares no saben a quién le apuntan. El enemigo puede ser el vecino o el que atiende en la galería o el que los saluda en las mañanas o hasta el niño que corre en la calle. El enemigo no tiene rostro. Todos son sospechosos. En cada rincón se respira un aire denso. Estamos parados al frente del coliseo del municipio con el capitán Gutiérrez y diez de sus soldados. En menos de cinco minutos, unas ocho motos, manejadas por hombres que estiran el cuello como jirafas, hacen ronda y nos vigilan. ¿Quiénes son? ¿Son los ojos de las Farc? El capitán, al que ya han amenazado varias veces con mensajes altaneros enviados desde una emisora, dice que eso nunca se sabe. Que en Corinto cualquiera puede ser bueno o malo. Cualquiera puede ser un simple vecino o un temido guerrillero. En esos municipios las Farc ataca con jean y camiseta y lo pueden hacer desde la tienda de la esquina. Esa es su estrategia, dice el soldado Reyes. La guerrilla ya no tiene uniforme y la tierra caucana es como el campamento gigante donde decidieron concentrarse. Otro de los soldados interrumpe a Reyes. El militar, que no pasa los 25 años y tiene los dedos arrugados de disparar, recuerda que ahora las milicias son las armas más efectivas de las Farc. Que un grupo de tres o cuatros guerrilleros con una granada cargada de odio y pentolita puede volar pedazos de montañas y viviendas. Puede destruir vidas en sólo un segundo. Los militares dicen que a cada rato un miliciano se mete en una vivienda, muchas de ellas con los techos corredizos, y desde allí los atacan. Denuncian que lo hacen obligando a sus dueños a que los reciba. O tal vez no están en territorio ajeno. No es descabellado que aquellas viviendas sean de los mismos guerrilleros que se visten de civil y luego en un parpadeo sacan la peor expresión de su alma. Han pasado quince minutos en el centro de Corinto y el capitán sabe que la calle está caliente. El sol del mediodía no es el culpable. La tensión, la amenaza latente que ronda en motos y en los ojos desafiantes de los habitantes que parecen apuntarnos directo al corazón podría derretir un témpano de hielo. El capitán nos recomienda volver a la estación de Policía y no dar más ‘boleta’. Me dice que no me puede acompañar a las veredas. Que si lo hace, su cuerpo quedaría convertido en un pedazo de carbón. “Sólo subimos en helicóptero, porque la guerra se desata es allá arriba”.Sin parpadearSon las 5:00 p.m. y el capitán Jiménez ya tiene que regresar a La Cima. Bajó un momento a Toribío para recibirnos. Diez escoltas lo acompañan, pero en la oscuridad ni un batallón es suficiente. Explica que no puede demorarse porque los combates se desatan en cualquier minuto del día. El militar, que luego nos contará la historia de su bebé Valeria, lleva un año en el Cauca y tiene a cargo tropas de hombres, protagonistas de una batalla que no parece tener fin. En las veredas de Toribió, al norte del Cauca, hay unos 400 soldados que no tienen tiempo de soñar. Jiménez, encargado de estas tropas, relata con impotencia que en la noche los temidos ‘pisasuaves’, grupos de dos o tres guerrilleros, se acercan a las tropas y lanzan cualquier explosivo que haga temblar las montañas y convierta en polvo a los soldados.Dicen que las granadas hechizas no tienen dirección fija, pero aquella parecía tener grabado el nombre del soldado Pinto. Telléz recuerda que el tatuco persiguió a su compañero. Que nueve esquirlas le aprisionaron el pecho y el soldado de sólo 22 años no alcanzó a decir adiós. Los ojos de Telléz aún se pierden en aquel momento, en aquel pedazo de tierra de la vereda La Cruz, donde Pinto voló en pedazos.Manos congeladasEn la base militar de Miranda, Cauca, desde donde se controlan las tropas de Corinto y Miranda, el coronel Beltrán dice que a sus hombres se les congelan las manos en pleno combate. Se les congelan porque cuando un miliciano les dispara desde una vivienda no pueden hacer más amarrar sus fusiles y esperar. Desde aquella base, que trabaja las 24 horas, el coronel habla del respeto que tienen sus hombres a los resguardos. Con su voz seca cuenta que la relación con los indígenas está mejor. La mayor prueba, según él, es que en el muro de los lamentos que suele ser la Personería de los municipios no hay quejas contra el Ejército. El sonido de una camioneta nos interrumpe. El general Rafael Neira, comandante de la Tercera Brigada, llegó a Miranda. Le cuento que después de haber estado dos días con los indígenas, hay algunas quejas contra los militares. El General reconoce que en los combates es muy difícil no estar cerca de las viviendas, pero insiste en que el Ejército nunca entra a ellas.Los militares también tienen sus quejas. Pero en Toribío nadie quiere juzgar a los indígenas. Sólo un solado, que prefiere no decir su nombre, se confiesa. Afirma que hay unos indígenas que tampoco quieren más guerra, pero cuenta que otros ya están acostumbrados a vivir cerca de las Farc. “Hay comuneros que nos dan información. Que nos ayudan y avisan si ven algo raro. Pero hay unos que sólo les avisan a las Farc”. Entonces el soldado arriesgado cuenta que si se mueven un centímetro los guerrilleros ya lo saben. El militar saca su computador y muestra, nervioso, las imágenes que se obtuvieron de algunas memorias USB que le han decomisado a la guerrilla. Hay fotos de guerrilleros armando granadas en plenas viviendas. Los protagonistas de aquellas escenas tienen los mismos rasgos: son indígenas. Los militares callan. Otro soldado dice que eso explica los ‘falsos falsos’. El aire se calienta y el militar sin pensarlo narra que muchos indígenas muertos que se han denunciado como ‘falsos positivos’ no lo eran. Que muchos, así simulen tener una vida común en sus resguardos, cuando hay combates se ponen un pantalón camuflado y se unen a las milicias. “Eso explica porque algunos aparecen muertos con el jean por debajo. Nosotros no tenemos ni tiempo ni corazón para ponérselo y hacerlo pasar por un guerrillero”. El capitán Jiménez calla al soldado y me cambia el tema. Dice que le falta sólo un mes para bajar de la montaña y marcharse a conocer a su bebé Valeria.

CONTINÚA LEYENDO
Publicidad
VER COMENTARIOS
Publicidad