Pagar o huir, comerciantes de Tuluá acorralados por el miedo de las extorsiones

Diciembre 14, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Redacción de El País
Pagar o huir, comerciantes de Tuluá acorralados por el miedo de las extorsiones

En la galería y en las calles de comercio de Tuluá se ven carteles que invitan a los comerciantes a denunciar las extorsiones. Este año, sin embargo, solo se han conocido 27 casos.

Famosos, empresarios y hasta vendedores ambulantes de la ciudad están acorralados por la extorsión. Muchos han tenido que huir; otros solo se han encomendado a Dios.

¿Dónde está Rubiel? En mayo de este año el dueño de un depósito de café de Tuluá recibió un papel ‘adornado’ con una calavera. En la nota, escrita a máquina, le exigían comunicarse a un número de PIN. “Colabore o sino su familia se muere. Att: Porrón”. Rubiel decidió llamar al Gaula del Ejército. Los militares le recomendaron seguir en contacto con los extorsionistas e incluso cuadrar una cita para el pago de la ‘vacuna’. Él obedeció. Días después, cuando dos tipos llegaron a cobrarle el dinero, el Gaula se apareció. Ambos delincuentes fueron capturados. Rubiel, sin embargo, siguió intranquilo. Una voz amenazante lo llamaba cada tanto para recordarle que era un “sapo”, un “hijue...”. “Te la vamos a cobrar”. El 11 de agosto le llegó la cuenta: lanzaron una granada contra su casa de dos pisos, ubicada en el barrio Samán del Norte. Ese día llovía y por eso Rubiel tenía la puerta cerrada. Solo eso lo salvó a él, a su esposa y a sus hijos. La granada apenas dejó daños en la fachada. Aquella noche el comerciante hizo una confesión: “Estamos solos. Mi familia no puede salir de la casa y me da miedo abrir mi negocio. ¿Qué voy a hacer? No sé. No sé qué nos pasará”, dijo ese día Rubiel, sentado en el andén, en medio de vidrios rotos y escombros.Han pasado 90 días desde que el comerciante se declaró “desamparado”. En el barrio Escobar su depósito de café permanece cerrado. ¿Dónde está Rubiel? Un hombre que está sentado afuera de un local vecino responde que desde hace tres meses no volvió. -¿Cerró el depósito?-Mínimo, no ve que lo iban a matar...-¿Y a usted también lo extorsionaron?-Todavía no...En el barrio Samán del Norte, tampoco hay rastro de Rubiel. Sus vecinos no lo ven hace meses. Un día, de repente, la casa quedó vacía. “No sé ni siquiera a qué hora sacaron todas las cosas. Tuvieron que salir corriendo. ¡Pobrecitos!”, cuenta una mujer del sector. En Tuluá nadie sabe dónde está Rubiel. Ni los vendedores de café ni los vecinos ni las mismas autoridades. Todos, sin embargo, sí saben por qué se fue: tenía miedo. Y él no es el único. Desde el año pasado comerciantes y empresarios han salido exiliados de Tuluá. Han abandonado sus casas como prófugos. A la mayoría les han exigido ‘vacunas’ de hasta $200 millones. Les han advertido que si no las pagan, atentan contra sus negocios; luego contra sus hijos, parejas, padres, sobrinos. Y han cumplido. Entonces solo les ha quedado una salida: huir. En las cuentas del escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal ya son 23 las familias del sector comercial que han tenido que salir de Tuluá por el asedio de los extorsionistas.En este municipio del centro del Valle las ‘vacunas’ ya no son noticia. Es que no ocurren hace días ni semanas ni meses. Desde hace años los tulueños viven acorralados por los extorsionistas. Pero solo hasta esta semana el escándalo estalló: Amenazaron al ‘Tino’ Asprilla. Un mensaje del exfutbolista en su cuenta de Twitter bastó para alertar a todo el país: “Toda la vida entregada al fútbol para representar a mi Tuluá, a mi Colombia. Y hoy debo salir corriendo de mi propia tierra”. A la finca de Faustino llegaron hombres armados que dejaron la misma hoja con una calavera, con el mismo número de PIN y firmada por el mismo hombre: ‘Porrón’.Pero no solo grandes empresarios y famosos como el ‘Tino’ o el ‘Charrito Negro’ -quien el año pasado tuvo que salir de Tuluá- han sido blanco de la extorsión; los propietarios de negocios grandes, medianos, pequeños, diminutos, también están ‘vacunados’. *** Son las cinco de la tarde y don Miguel ya va a cerrar su puesto en la galería de Tuluá. Antes se iba a las siete de la noche. Incluso hubo diciembres en los que hasta las 9:00 pm seguía vendiendo luces y adornos para el pesebre y el árbol. Este año, sin embargo, él se va antes de que oscurezca. Es que ya ni la Navidad es una buena época para los comerciantes tulueños. Miguel confiesa que tiene miedo y por eso evita la noche. Desde hace un mes dejó de pagarle la ‘cuota’ diaria a aquellos hombres armados que hace un año amenazaron con matarlo. El hombre canoso, de manos gruesas, dice desesperado que se rebeló porque ya no le alcanzaba ni para comer. Es que de los doce mil pesos que se hacía al día tenía que pagarle cinco mil a “ese tal ‘Porrón’”. Además de los otros cinco mil diarios que le cobra el ‘gota gota’ por un préstamo mensual para surtir su puesto. “En un día me quedaban solo dos mil pesos”. Miguel se ha visto obligado a correr el riesgo. Mientras empaca unos prendedores navideños en una bolsa negra, mira de un lado a otro y susurra que aquellos que están a su alrededor también pagan extorsiones. El que vende pulseras, aquel de las medias, ese otro que empaca tomates, el de las hierbas, el de las empanadas, el de los mangos, el de la yuca... Miguel cuenta con los dedos de las manos y dice que unos ocho amigos suyos le han confesado que pagan ‘vacunas’. Se queda un rato callado y concentrado, como si siguiera contando en la mente, y entonces lanza una cifra convencido: “el 95 % de los vendedores ambulantes estamos extorsionados”. Ya son las cinco y media de la tarde. Miguel* termina de empacar y sale apurado. Sus compañeros también empiezan a marcharse. “No parece 11 de diciembre, ¿cierto?”, dice un hombre que empaca papas criollas en una caja de cartón. El vendedor cuenta con nostalgia que por estos días en Tuluá la gente solía estar feliz, en sus casas llenas de luces, en las calles celebrando, escuchando música con los vecinos. Hoy, sin embargo, la ciudad está apagada. “A muchos ya nos robaron hasta la alegría de la Navidad”.A unas cuadras del puesto de Miguel queda el granero El Triunfo. Allí el pasado 8 de junio lanzaron un explosivo. Aunque la granada solo afectó las puertas, a su dueño sí le dejó un daño irreparable. Para don Humberto fue claro que aquello era una advertencia. Días antes lo habían llamado a pedirle $100 millones y, como él no pudo pagar, le enviaron un mensaje contundente. Este jueves, mientras empaca, tan rápido como una máquina, bolsas de leche, de azúcar, de arroz, de café, el comerciante recuerda que al otro día del atentado, metió algo de ropa en unas maletas y salió huyendo con su esposa y sus cuatro hijos. Como otro prófugo. Hace un tiempo Humberto regresó a Tuluá y aunque no quiere entrar en detalles, confiesa que teme que aquellas amenazas regresen. El hombre que hace cuentas en un papel a la velocidad de una calculadora sabe que algún día, así no quiera, le tocará vender. “Vivo con la zozobra de que me pidan una plata que no tengo”. Como Humberto, hay otros que tienen miedo, pero prefieren callar, como si ese silencio les diera inmunidad. Entonces muchos comerciantes solo se limitan a aceptar que sí hay temor por las ‘vacunas’, pero que a ellos no les ha tocado aún. Que solo saben que le pasó al amigo de un amigo... Pero en Tuluá no es un secreto que ellos, los dueños de las tiendas de remesas, son los más asediados por las cerca de diez bandas de extorsionistas que -según la Policía- delinquen en el municipio. Una líder espiritual confiesa que hace unos meses llegaron a su grupo de oración varios hombres que ella nunca había visto. Ellos, muy devotos, ya no faltan al Rosario que se le hace cada semana a la Vírgen María. La mujer, intrigada, luego de hacer sus averiguaciones, descubrió que aquellos desconocidos eran dueños de graneros. Comerciantes que estaban tan preocupados por las extorsiones que recurrieron a pedir ‘ayuda divina’. Es que hoy muchos tulueños creen que solo Dios podrá defenderlos. ***Si en Tuluá nadie sabe dónde está Rubiel, otros también se preguntan dónde está la Policía. Un importante empresario que hace un año se fue a vivir a Cali, luego de que hombres armados se aparecieran en la casa de su hija para recordarle que tenía que pagar $200 millones, dice no entender por qué ‘Porrón’ y otros delincuentes son los que hoy deciden quién se va y quién se queda en Tuluá. Por qué apenas esta semana, cuando se conoció el caso del ‘Tino’, la Policía prometió atrapar a un hombre que llevaba años atemorizando a los comerciantes. “A mí me amenazaron hace catorce meses y hasta ahora las autoridades no me han llamado a decirme que, aunque sea, cogieron a uno”.El coronel Fernando Murillo, comandante de la Policía Valle, sin embargo insiste en que sí están logrando resultados. Recuerda que este año han sido capturados 62 extorsionistas en Tuluá, que desde junio se destinó una unidad especial para investigar las extorsiones, que la gente ha empezado a denunciar más. Pero eso aún no se refleja en las cifras: este año solo se han conocido 27 casos. Y Freddy Vergara, presidente del Consejo Directivo de Fenalco Tuluá, lo sabe. En este 2014, por ejemplo, al gremio no llegó ni una sola denuncia. “La gente tiene temor de hablar y eso no deja actuar a las autoridades”.Un comerciante de Tuluá justifica ese miedo. Es que él lo vivió: le asesinaron a su hijo por no pagar una extorsión. Un pelado de apenas 22 años. Al otro lado de la línea, el hombre -que pide la reserva de su identidad- reconoce que lo mejor sería que el pueblo se armara de “berraquera” y se rebelara. Aunque eso, claro, es muy fácil decirlo. “Pero cuando a uno le matan a un familiar, le roban la felicidad, la tranquilidad y hasta la voz”. Por eso los tulueños solo esperan que el ‘Tino’ hable por ellos. En las calles, en las casas, en los negocios, resulta común escuchar a muchos agradecer que un personaje como él, que parecía intocable, también haya sido víctima. Todos, por supuesto, lamentan su situación, pero no pueden ocultar que “eso fue lo mejor que le pudo pasar a Tuluá”. Ahora en todo Colombia se escucha el nombre de ‘Porrón’ y hasta se ofrece una recompensa de $115 millones. Quizá si lo agarran, Rubiel y muchos otros regresarán a sus negocios, a sus casas, a su tierra. Solo así dejarán de ser prófugos del miedo.

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