"Nunca me dijeron que iba a llevar droga a China": taxista caleño repatriado

Diciembre 21, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Yefferson Ospina | Reportero de El País

Hárold Carrillo, el taxista caleño repatriado desde China, dice que lo engañaron. También relata cómo vivió cinco años en la cárcel Dongguan.

La voz es un ruido de pequeñas piedras frotándose. El ruido sale con cierto cansancio, con un esfuerzo desgastado, como en el punto inmediatamente anterior al desfallecimiento.

“No sé ni siquiera cómo es que estoy hablando”, dice. El 3 de enero de 2014, Hárold Carrillo, caleño, 50 años, taxista desde los 25, fue llevado al hospital de la cárcel Dongguan de la ciudad china Guangzhou, también conocida como Cantón, en donde estaba recluido desde finales de 2010 luego de ser detenido con 1700 gramos de cocaína y después condenado a muerte.

Fue llevado al hospital porque durante las extenuantes horas de trabajo en la prisión sufrió varios desmayos, se quejaba constantemente de un dolor en su garganta, dejó de comer, decía sentir algo semejante a la corriente eléctrica en su faringe, todo el tiempo, día, noche, que no le dejaba dormir, que no le permitía trabajar.

Le diagnosticaron cáncer de garganta. Le dijeron que ya había hecho metástasis. Una condena sobre la otra: albergaba la esperanza, casi irracional, de que iba a ser absuelto de su ejecución e iba a regresar con su familia. Aquello no era imposible, siempre cabía esperar un milagro, pero quedaba el cáncer.  El pasado 26 de noviembre llegó a Colombia, luego de que el Gobierno chino modificara su condena a muerte y le impusiera 19 años de prisión que debe pagar en este país. Hárold, ese día, se convirtió en el primer colombiano preso en China, entre los 138 que hay, en ser repatriado por razones humanitarias.

Tras pasar unos días en la cárcel Modelo, en Bogotá, fue trasladado a Villahermosa, en Cali.

¿Cómo se ha sentido de vuelta en Cali?

No puedo decir otra cosa sino que esto es un milagro de Dios. Mi esposa y yo pedíamos mucho para que a mí me repatriaran y poder pasar los últimos días de mi vida con mi familia, junto a mis hijos y junto a mi nieto, que tiene 4 años y yo no conocía. Aquí estoy en una cárcel, pero la verdad es que a pesar de todo me siento muy bien de estar cerca de mi familia y de haber salido de ese país...

 ¿Y aquí está recibiendo atención a su enfermedad?

La verdad es que no. Desde que llegué no he recibido medicamentos, ni visitas de médicos, ni tampoco se me han hecho las quimioterapias. Parece que todo se debe a un problema con mi EPS, porque yo soy de Emsanar y tienen que hacer el cambio a Caprecom. Tampoco me he entrevistado con ningún abogado ni con ninguna entidad de Derechos Humanos. 

 ¿Y cuál es la situación exacta de su enfermedad?

El diagnóstico que le entregaron al ministro de Justicia, Yesid Reyes, cuando me repatriaron, dice que tengo metástasis de nasofaringe, cáncer de orofaringe y carcinoma del borde linfático. Esos son los términos médicos. Yo lo que siento es como si tuviera carbones encendidos en mi garganta. No puedo comer bien, solo puedo tomar líquidos y el dolor no me deja ni dormir... Ahora el dolor se me está pasando para la cabeza.

Hárold, ¿cómo lo contactaron a usted para llevar droga a China?

Es una historia larga. Yo trabajaba como taxista y por esos días, en 2011, me estaba yendo muy mal. Un día recogí a un señor que me dijo que se llamaba Jairo Alfonso, en el barrio El Ingenio. El señor empezó a hablar en el taxi, me puso conversa y luego me pidió mi número telefónico para que yo lo siguiera transportando. Luego de varias carreras él me dice que tiene un local de ropa en Palmetto y que necesitaba a alguien que se lo administrara. Me preguntó si yo estaba interesado y pues, en la situación en la que yo estaba, le dije que sí, que me contara cómo era eso. 

Ahí fue que empezó a comentarme que él vendía ropa traída de China y que le gustaría que yo viajara primero a ese país, a verme con un socio de él, para que conociera a sus proveedores allá. Así que luego de hablar mucho con él, de ir a ver el local en Palmetto incluso, acepté viajar a China. De Cali salí con mi maleta, en la que no llevaba nada. El vuelo hizo escala en Sao Paulo y luego en Dubai. Fue mientras estaba en el aeropuerto de Dubai que un colombiano hablando español se me acercó y me dijo: “Hárold, qué más. Yo soy socio de Jairo Alfonso”. Hablé con él y me dijo que había un paquete que tenía que llevar, una ropa. Ahí empecé a sospechar  que algo ilícito había en el asunto. Sin embargo, tomé el vuelo a China y allá, en el aeropuerto de Guangzhou, me detuvieron...

Es decir, ¿a usted lo engañaron?

Sí, claro. A mí nunca me propusieron desde Cali llevar droga. Yo sospeché de algo ilícito ya en Dubai, pero nunca me dijeron que iba a llevar droga y, de hecho, nadie me propuso dinero. Yo nunca recibí dinero por parte de nadie. Yo nunca me había subido a un avión antes en mi vida. Tal vez en Dubai pude negarme a seguir, pero no sabía qué iba a hacer si perdía el vuelo. No tenía mucho dinero, porque se supone que me iban a pagar todo en China viendo a los tales proveedores. Ni supe qué hacer.

¿Y eso ocurrió exactamente cuándo?

A finales de 2010 y fue en abril de 2011 que recibí la condena a muerte. 

Cuénteme un poco sobre su experiencia en la prisión...

Yo estaba en la cárcel Dongguang, de Guangzhou. La verdad, estar en una cárcel en China es lo más desesperante que puede haber en la vida. A mí me esclavizaron, como lo hacen con todos los presos que hay en ese país. Mire, desde que llegué me pusieron a trabajar. 

En esa cárcel hay 28 fábricas de diferentes marcas de ropa, zapatos y elementos electrónicos. Allá, en esas cárceles, se hacen camisetas y zapatillas marca Nike, Adidas, Puma. Camisetas como estas que tengo puesta, se hacen allá por presos en las cárceles. Yo trabajaba confeccionando audífonos para aerolíneas como Fly Emirates, la que patrocina al Barcelona, o la British Airlines u otras aerolíneas italianas y africanas. 

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Me levantaba todos los días a las 5:50 a.m., me arreglaba, comía ese desayuno que nos daban y a las 6:45 a.m. ya estaba trabajando hasta las 11:45 a.m. Luego almorzábamos y a la 1:45 p.m. volvíamos hasta las 6:00 p.m.

¿Todos los días?

Solo descansábamos dos domingos al mes. 

¿Y cómo era el ritmo de trabajo?

Usted no se puede imaginar eso. Yo me sentaba frente a una banda en la que corrían los audífonos y tenía que enrollarlos y meterlos en la bolsa para dejarlos listos. A todo el mundo le cuentan cuántos alcanza a enrollar y le ponen metas. Uno no podía dejar listos menos de tres mil audífonos porque entonces lo castigaban o no le pagaban. Y el pago eran 30 yuanes, que apenas alcanzaban para hacer una llamada de cinco minutos al mes a mi familia. Porque uno no tenía derecho a las llamadas. Hay que pagarlas...

¿Y si alguien se negaba a trabajar?

Mire, yo conocí a varios africanos que se negaron, y se arrepintieron de haberlo hecho. Ellos tienen una salas que llaman de sacrificio y de tortura, a las que llevan a los presos que no obedecen las normas. A unos los colgaban durante 72 horas, como si estuvieran crucificados y apenas les daban agua. A otros, según me contaron, los colgaban boca abajo y les echaban una mezcla de agua con sal por la nariz... Cuando estuve en el hospital, una vez me detectaron la enfermedad, pude corroborar eso, porque el hospital queda al lado de la sala de sacrificio y tortura.

¿Usted estuvo con otros colombianos?

Sí, claro, estuve con varios colombianos. Uno de ellos es Ramiro Antonio Cano, que lleva diez años detenido y, según me contó, es inocente, pero lo torturaron en China para que se autoincriminara. También conocí a Armando Sánchez y a Walter Medina, padrastro e hijo. La esposa de Armando se fue para Guangzhou y así poder estar cerca de ellos dos. Ellos también están muy mal de salud. Walter está perdiendo la visión y Armando tiene una enfermedad en la piel. Han dicho que es vitiligo, pero la verdad es que se trata de algo mucho más grave.  Creo que es algo más parecido a la lepra.

¿Piensa en la muerte?

Sí, claro, lo hago desde que recibí la condena en China y mucho más ahora con este cáncer. Pero me alivia saber que voy a morir cerca de mi familia.

 

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