Los periodistas que escriben sobre la violencia en México

Noviembre 27, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Ana María Saavedra S., editora de Orden
Los periodistas que escriben sobre la violencia en México

Homenaje. El Comité de Protección a Periodistas le dio Javier Valdez el premio a la Libertad de Prensa. “En un país donde una extendida autocensura, Valdez sigue cubriendo temas sensibles”, dice un comunicado.

Este semanario mexicano, creado por un grupo de periodistas, nació en Culiacán, Sinaloa: la boca del lobo. Cuatro ¿locos o valientes?

Si los Tigres del Norte le escribieran un corrido, esta sería la historia de un valiente. Dirían que el culiche, de bota texana, ‘chamarra’ de cuero y camisa de cuadros, no ametralla balas con un ‘cuerno de chivo’ sino que dispara palabras.En la tierra de los culiches: Culiacán, capital de Sinaloa, le cantan a una dama amiga de los grandes que ha demostrado valor porque tiene palabra en los negocios de merca; o a un morro que defiende la vida del patrón y que está siempre armado, le cantan a las ‘trocas’; a los grandes entre los grandes o a un chaparrito con un R15 en la mano que es el más buscado por los guachos (policías).Pero los corridos mexicanos no se los hacen a los buenos, entonces esta historia le tocó cantarla a este diario.Es el corrido de Javier Valdez y sus compinches. Un grupo de locos que en el 2003 se inventó el Semanario Ríodoce, un periódico que sale todos los domingos en Sinaloa, esa región mexicana de la que son la mayoría de grandes capos: los Beltrán Leyva, ‘El Chapo Guzmán’, ‘El Mayo Zambada’ y los Arellano Félix... Los verdaderos grandes tienen su oficina en la Calle Francisco Villa de Culiacán, un espacio de no más de cien metros cuadrados y con cuatro computadores. Allí denuncian desde la corrupción y los maltratos del Ejército, la Policía, los políticos y los narcos hasta las historias de una “sociedad que lleva décadas conviviendo con el nacotráfico. Le damos nombre y rostro a las víctimas, no contamos muertos”, dice Javier, que escribe una columna llamada ‘Mala Yerba’.Son historias como la de un joven gatillero que admiraba a un traficante de droga, o la de Genoveva, una socorrista de la Cruz Roja que murió de una bala perdida cuando unos narcos se enfrentaban o la de un niño de 8 años que muestra a sus compañeros del colegio un video en su celular en el que unos hombres armados golpean a otro y dice orgulloso que esos matones son sus amigos. Los verdaderos grandes no están escondidos huyendo de la justicia sino que llevan a sus hijos al colegio, besan a sus esposas en las mañanas y toman tequila entre amigos. Eso hacen Javier y sus compinches. A esos grandes los premiaron este año. Esta semana el Comité de Protección a Periodistas le dio Javier el premio a la Libertad de Prensa. “En un país donde una extendida autocensura es consecuencia de la violencia de grupos criminales y carteles de la droga, Valdez sigue cubriendo temas sensibles”, fue la razón por la que, según un comunicado, le entregaron el galardón al coraje.Un mes antes, el semanario Ríodoce recibió el premio María Moors Cabot, de la Universidad de Columbia, con sede en New York, a lo mejor del periodismo en el continente americano.A recibir el Maria Moors Cabot, considerado el premio más importante de periodismo luego del Pulitzer, a Javier lo acompañó Ismael Bojórquez Perea, el director del semanario.“Ellos son como la santísima trinidad: Ismael es el director y el operativo; Alejandro Sicairos es el que administra y Javier es el poeta que cuenta sus historias en ‘Mala yerba’. Son tres mosqueteros que se complementan. Y como los mosqueteros en realidad son cuatro, en este caso también es así, porque está Cayetano Osuna, que es otro de los fundadores que tiene su sede en Mazatlán (segunda ciudad en importancia del estado de Sinaloa)”, dice Alejandro Almazán, un periodista y escritor mexicano, que, además, es amigo de esta triada-cuarteto.“Todos escriben y además firman casi todas las notas. Eso muestra los ‘güevos’(sic) que tienen o como dice Javier lo pendejos que son”, agrega Almazán.¿Valientes o pendejos?Ismael cuenta que hace más de ocho años decidieron unirse para montar el semanario. “Fue como un salto al vacío. Eramos cinco los fundadores que dejamos todo y empezamos el proyecto. No teníamos un quinto, entonces sacamos a vender acciones, pensábamos recolectar dos millones de pesos (unos US$20.000) pero sólo alcanzamos a vender en los primeros meses $200.000 y luego otros $300.000 y así arrancamos”, dice Ismael.Javier cuenta que fue una locura. “Lo conversábamos entre cafés, cervezas y tragos de tequila y nos decidimos, pensábamos que se necesitaba un medio de este tipo”.“Nacimos bajo un gobierno que le gustaba controlar la prensa y nos tiró un cerco para evitar que consiguieramos accionistas. Los primeros periódicos los regalamos en la calle y generamos una suerte de adicción porque cuando los empezamos a vender, las personas los buscaban mucho”, dice Ismael.Actualmente, Ríodoce imprime entre siete mil y nueve mil ejemplares en cadas edición. Los socios siguen de reporteros, además de cinco ‘freelance’ que los apoyan en los textos y en las fotos. El diseño lo contratan con una agencia, lo mismo que la impresión. Y llega el miedo“Cruzamos ciertas líneas que los periódicos dejaron de cruzar hace tiempo por miedo ”, piensa Ismael.Ese temor los levantó el 8 de septiembre del 2009 cuando arrojaron una granada contra su sede. A la madrugada llegaron los tres a la Calle Francisco Villa. “Lloraron, se abrazaron y se preguntaron ¿qué estamos haciendo? Sentían que se estaban arriesgando mucho pero decidieron seguir”, relata Almazán.De las otras amenazas Javier no habla. Dice que prefiere callar porque después decimos que “nos amenazó un narco y el grupo rival se aprovecha, o se aprovechan los políticos u otros. En Culiacán es un peligro hasta estar vivo”.Sí, siente miedo. Eso lo reconoce. “Pero a lo que más le temo es al silencio, dejar de escribir para mi, sería una forma de morir”, y con esa frase se le sale el poeta. “Hay veces es una vida psicótica”, por eso es que de vez en cuando va a terapia “para exorcizar lo que me rodea. Soy depresivo, sensible...”.Sí, también se autocensuran. “El 80% de lo que investigo no lo publico porque si no, no estaría aquí. Claro que cuento un trozo de este infierno”, agrega Valdez.Ismael explica que el temor les llega no al investigar, sino a la hora de decidir lo que publican. Los lunes cuando se reunen los socios, no sólo evaluan las cifras de los ingresos y las deudas, también hacen sumas y restas de los riesgos de publicar o no publicar un tema. La capital del narcoEl llamado narcotráfico lleva más de cien años en Sinaloa. “La culiche es una sociedad cómplice que por un lado se molesta porque matan a una mujer embarazada y por el otro tiende la mano a recibir dinero de los narcos”.Es en esa ciudad de calles por las que circulan las trocas, esa camionetas 4 x 4 con llantas altas y conducidas por hombres armados; en la que en el panteón Jardines de Humaya los narcos reposan como emperadores con mausoleos y catedrales de mármol que pueden costar hasta dos millones de pesos -el dinero que no alcanzaron a reunir los de Ríodoce para montar su semanario- en la que se escribe el corrido de estos valientes.Ellos se metieron a la boca del lobo. Denuncian y narran las historias de todos los carteles, los políticos y militares corruptos en la capital mexicana del narcotráfico. Viven con sus esposas e hijos en Culiacán. En la ciudad de la que mismo Gobernador del estado reconoció el viernes pasado que tuvo que sacar sus hijos por seguridad.Esta semana titulaban en su portal que ‘Los Zetas se atribuyen las matanzas de Jalisco y Sinaloa en una manta’. Esa es la realidad que cuentan: la de 26 cadáveres abandonados, 17 de ellos calcinados. O mejor en palabras del protagonista del corrido: “Si vas a Culiacán no voltees. No veas a la gente de otros carros. No grites ni reclames. No pites. No cambies de luces. No manejes en chinga ni andes rebasando. Y si voltean a reclamarte y te cambian las luces y te gritan y te pitan y te pasan en chinga por un lado, rebasándote, no los peles”, como arranca una de sus crónicas.“Me persigue la muerte de personas queridas. Las balas han pasado muy cerca mio. Lloro los muertos y no hace falta conocerlos para que me duelan. He perdido amigos en esta violencia, cómo un matrimonio que asesinaron a balazos. Ella siempre me pedía que me cuidara, cuando leía mis historias me decía que cuidado porque aquí había gente loca. Siempre pensó que yo me iba a morir primero, que me iba a enterrar y terminé enterrandola yo”.

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