Los embera chamí espantan el demonio de la violencia

Los embera chamí espantan el demonio de la violencia

Octubre 09, 2010 - 12:00 a.m. Por:
Paola Andrea Gómez l Jefe de Información de El País

En el Cañón del Garrapatas construye su terruño vital esta comunidad indígena que vive el drama de ser dos veces desplazada: por las Farc y por Los Rastrojos. Crónica.

Un caserío de guadua y esterilla se vislumbra en la inmensidad. Las espigadas montañas del norte del Valle, coloreadas en distintos matices de verde, aparecen como un telón de fondo casi perfecto, casi impecable. Y en el centro del cuadro están ellos, algunos descalzos corriendo de un lado a otro por el suelo húmedo y pedregoso de esa cordillera sagrada, que es como una prolongación de sus venas.Es un mediodía de octubre y en la vereda La Dorada del municipio de El Dovio el sol presagia que algo bueno está por ocurrir en el Cañón del Garrapatas. Un presagio que bendice a 200 indígenas, a los que la vida por fin les regala una sonrisa. Hoy, después de tantos desvelos y amaneceres en suelo frío están iniciando su nuevo hogar, allá, en ese pedazo de naturaleza en el que sólo sobrevive una raza capaz de enfrentarse al horror con valentía. Una raza a la que para entender su actuar, su arraigo a la montaña, basta con traducir su nombre de pila: embera (gente) chamí (cordillera).Este capítulo en su historia es posible gracias a un esfuerzo de la Usaid, la agencia de Estados Unidos para el desarrollo; de la Organización Internacional para las Migraciones, de la Gobernación del Valle, de Acción Social y de un puñado de instituciones que se unieron para hacer germinar este regalo que hoy les permite a los embera construir su hogar en el paisaje vallecaucano, sembrando sus alimentos y aprendiendo otras formas de curar sus enfermedades.El desplazamientoHace cuatro años las Farc los sacaron a la fuerza de Taparó, en los límites del Chocó y el Valle, en un pedazo de ese templo verde que tantas veces la guerrilla ha violentado. Salieron con lo que llevaban encima. Caminaron ocho horas. No volvieron la vista atrás, entendiendo que no había retorno. Y con esa resistencia propia del indígena cargaron sus hijos en la espalda y marcharon hacia el Valle. Tendo, uno de los pocos que habla el español, recuerda que la decisión se tomó de un solo tajo, que no querían que los suyos fueran reclutados por la guerrilla y que ya muchas veces los habían amenazado. Incluso, hay una verdad de la que pocos hablan por miedo a despertar el fantasma; muchas de sus mujeres fueron violadas por los guerrilleros que llegaban arrasando todo a su paso. “Durante un largo tiempo permanecieron calladas. No sonreían. Iban junto a la comunidad pero no pronunciaban palabra. Ahora hablan y duro, dicen lo que piensan” cuenta Emilce Panchín, quien está al frente de la IPS Embera.Para rematar, su llegada al Valle no les dio tranquilidad. Se ubicaron en una finca en Versalles, donde les tendieron la mano. Pero con el tiempo se convirtieron en una carga. No siendo un drama suficiente el tener que pedir ayuda, el ejército ilegal de Los Rastrojos (en un principo al servicio de Wílber Varela y hoy convertido en banda criminal) se dedicó a amenazarlos. Entonces los espantó de nuevo la violencia, ese demonio de brazos y piernas que cometió el sacrilegio de violentar la naturaleza y convirtió en su santuario extensos tramos del Cañón del Garrapatas, a los que sólo hoy es posible llegar con el Ejército.Los 210 embera empezaron a huir de nuevo. A recorrer los pasos aprendidos del desplazamiento. A desfilar por los caminos destapados, llevando no más los sueños de un hogar en paz. Así aterrizaron en La Dorada, un sitio que encanta por la imponencia de su paisaje. Fue justo allí donde les llegó el regalo de la tierra, de la mano de esas entidades que entendieron que no podían sacarlos de su hábitat, por más estigmatizado que estuviera.Frangey Rendón, gestor de paz del Valle, fue uno de esos guardianes que permitió que los indígenas espantaran sus miedos. También Claudia Cano, la coordinadora regional de la OIM. Y el Alcalde de El Dovio, entre muchos otros benefactores, que ese mediodía de octubre en el Cañón de Garrapatas no podían ocultar la emoción de ver el fruto de su esfuerzo en la sonrisa embera.Un barrio en el Cañón“Bienvenidos de ustedes acá. Estamos contentos de que estar acá”. La frase en palabras ajenas a su lengua las pronuncia el Biduakar (alcalde) Albeiro Guasyroma, cuya comunidad no ha renunciado ni un ápice a su esencia. Junto a él esta toda su gente, unida como para una postal del recuerdo, vestida de fiesta. Las señoras, con sus trajes cosidos por ellas, en telas encendidas y adornadas con encajes. Los señores, cubiertos del sol con sombreros. Y los niños, caminando a pie descalzo, muchos de ellos, aún bebés, amarrados a sus madres por un cordón de sábanas.Ese día había una buena razón para festejar: la comunidad les enseñaba a sus benefactores el fruto de muchos días de trabajo, levantando sus casitas, alineadas en la geografía montañera, con la privilegiada vista del cañón que mece al río.“Estamos bien, sembrando comidita. Ahora con las casitas estamos tranquilos” dice Alfredo Guasyroma, el cabo mayor, que resguarda a los suyos. “Las mujeres estamos trabajando, ayudando en la construcción, haciendo las cosas de la casa”, exclama María Inés, la señora del Biduakar, cuya elegancia sobresale por el nudo de collares que exhibe sobre el traje. Por estos días de sudor y brega levantando sus viviendas, cuentan a baja voz que no se están alimentando bien. Que han comido mucho plátano, pero poca carne. Pero más que quejarse y pasar por desagradecidos, prefieren sonreir, haciendo honor a esa sentencia que los distingue como los más alegres de los 102 pueblos indígenas de Colombia.Para diciembre esperan tener listo su nuevo hogar. Incluso, en un salón comunal han pegado un gráfico de cómo se imaginan que quedará. La casa de Alfredo la pintarán amarilla. La de Libaniel será fucsia. La de Tintintano, verde...El encuentro en la montaña va llegando a su fin. Ha pasado una hora y media en La Dorada y el Ejército apura a los visitantes para que salgan del Cañón. Los embera no paran de agradecer. Y sus padrinos les agitan las manos, mientras se alejan en el camino. Los niños suben junto a ellos la loma de 400 metros, que conduce al improvisado helipuerto.Ojalá que en estos tiempos de Ley de Tierras se dieran más milagros como el de los embera chamí en el Garrapatas. Ojalá los violentos respetaran los derechos indígenas y campesinos. Y que el renacer de ese pueblo alegre en el norte del Valle fuese como una premoción, como una esperanza para creer que la vida sí es posible detrás de la cordillera.

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