Las heridas del Naya todavía no cicatrizan

Las heridas del Naya todavía no cicatrizan

Diciembre 01, 2010 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Enrique Rojas
Las heridas del Naya todavía no cicatrizan

Postal de la desolación. ¿Qué futuro le espera a él, que ni siquiera podrá graduarse de bachiller porque en la escuela de su pueblo no hay maestros para el último año? ¿Y si le da paludismo? ¿Y se le da malaria? ¿Podrá aguantar hasta que llegue un médico?

Cinco horas a contracorriente sobre un río que dibuja interrogantes en la selva llevan a La Concepción, capital del tiempo detenido donde, tal vez, se escondan detalles del último exceso paramilitar en la masacre del Naya. Crónica del abandono y de una ruta hacia un lugar perdido en el mundo.

Embriagados ya de muerte y crueldad los paras la mataron de bajada. Cuatro días antes habían empezado su procesión de asesinatos y torturas y varios cuerpos de las víctimas, que no eran otra cosa que campesinos que alguien tildó de guerrilleros, flotaban en el río como troncos cortados a machete. La gente del pueblo: pescadores, buscadores de oro, aserradores de madera, habían salido corriendo a cualquier parte, alertados por los indígenas del Alto Naya que pudieron escapar a la masacre iniciada del otro lado de la montaña. Así que sin nadie más sobre quien descargar cañones e inconsciencia, los paras la mataron de bajada: el cuerpo de Juana Bautista quedó tendido con los brazos abiertos al frente de su casa, el día en que el calendario marcaba un viernes santo.Iban de bajada, creería uno, satisfechos ya de tanta sevicia. Enviados por ‘H.H’, los hombres del Bloque Calima habían asesinado hombres y mujeres en Timba, El Ceral, La Silvia, Palo Solo, Río Mina, El Placer. Era abril del 2001 y con la matanza iniciada en esas apartadas poblaciones del Cauca, los paramilitares marcaban con sangre su entrada a la región del Pacífico. Los registros advierten 27 cadáveres encontrados, pero familiares de víctimas y sobrevivientes calculan más de cien crímenes extendidos hasta el Valle del Cauca. La barbarie dirigida por Luis Fernando Arce Martínez, ‘Chilapo’, y Jair Alexander Muñoz, ‘Sisas’, que habla de lenguas cortadas, orejas mutiladas, cabezas cercenadas, rugidos de motosierras, súplicas no escuchadas, ya es historia conocida. De lo que poco se sabe es de lo que, al parecer, fue uno de sus últimos excesos: Juana Bautista Angulo Hinestroza, paciente de una afección mental, antes de ser asesinada también habría sido violada.Sucede que los homicidas, después de revolcarlo todo en La Concepción, vereda por la que pasaban en su retirada, también quisieron revolcarla a ella. Así que después de quebrar puertas y vidrios, de beberse las cervezas del granero, de patear las gallinas que revoloteaban nerviosas, de dispararle a los perros que ladraban del puro miedo, la emprendieron contra ella. Le habrán querido castigar la osadía de no haberse ido, piensa uno. ¿O qué otro pecado había cometido esa mujer que lo único que sabía era cosechar papachina en la falda de una loma? Acostumbrados a disparar sin pensar, la sacaron de su casa, le rompieron la ropa, la arrastraron. Y cuando ya estuvo vencida sobre el barro, los paras que venían bajando se quitaron los pantalones para descargarle en el vientre, una y otra vez, la prolongación más enferma de sus fusiles.A pocos meses de que se cumpla la primera década de perpetrada la masacre, aquella violación, en apariencia refundida entre monte y olvido, se revela como una nueva ficha en el rompecabezas de la historia paramilitar. Un ex fiscal que entrevistó a decenas de sobrevivientes en el proceso de reconstrucción dice que esta podría ser una nueva prueba de que la escalada de muerte realizada por el Bloque Calima no fue una acción fortuita. Según él, este abuso encaja con la teoría de que los paramilitares lo que buscaban era consolidar su intencionalidad guerrerista en la región. Y para ello, en su lógica, nada mejor que sembrar el miedo. Al parecer, ellos tenían un pretexto de fondo: apoderarse de cultivos ilíctos, laboratorios y la salida al mar hasta entonces dominada por la guerrilla. “Con esa huella de horror querían hacerle entender a las Farc y el ELN que iban a hacer lo que fuera por arrebatarles el territorio”.Hace años, en una entrevista realizada por Elmer Montaña, ex coordinador de la Comisión de Reparación de Víctimas en el Valle del Cauca, uno de los sobrevivientes contó algo que alcanzó a distinguir entre el miedo: “Junto a los paras que venían bajando, caminaban mulas cargadas con coca”.El tiempo detenidoCinco horas atrás ha quedado Buenaventura. Cinco horas a contracorriente sobre el Naya, torrente de aguas verdosas y traicioneras que se abren paso en una ruta de grandes curvas y pequeñas rectas, dibujando en el medio de la selva una autopista acuática que parece la interminable sucesión de signos de interrogación convertidos en río. Cinco horas atrás han quedado electricidad, agua potable, teléfono, alcantarillado, médicos, el Estado. El país, o esa noción de patria donde se predica la existencia de derechos y justicia, se van desvaneciendo metro a metro. La escena se repite en cada orilla: casas desperdigadas en la manigua, gente viviendo del milagro, niños que corren desnudos, perros flacos que aullan del hambre. Ni una empresa, ni un colegio, ni un policía. Los pasajeros de las lanchas, tal vez ya cansados de tanta miseria reiterada, viajan casi siempre con las cabezas agachadas, vencidos también por la modorra del calor y el aire espeso. De repente el sonido del motor que impulsa las embarcaciones, primitivo de este lado, allá resulta una suerte de grito moderno: taque-taque-taque-taque, resuena al fondo, y el eco que rebota en las piedras hace aparecer gente al borde del agua batiendo los brazos al viento. Entonces, piensa uno al ver tanto abandono, aquellos saludos tal vez sean la legitimización inconsciente de su propia existencia: de otra forma quizás nadie más sabría que viven allí, en ese lugar perdido del mundo.La Concepción, última vereda de Buenaventura recostada sobre el río Naya, cabe en una mirada: la calle sin pavimento, las casas de madera en hilera, la iglesia, el puesto de salud sin doctores, los charcos de lodo, la escuela donde los chicos no puede graduarse por falta de maestros de último año. El fogonazo del sol suspendido en el aire. En medio del calor, llueve a cántaros. A veces tanto, que mirar al cielo mucho tiempo podría ser un intento de suicidio. Son aguaceros que ahogan. La lluvia cae por horas y ensucia el firmamento con nubes negras y gordas, mientras corrientes de niebla blanca suben en espiral a la copa de las montañas. La cordillera occidental, a espaldas del pueblo, luce cima tan tupidas que parecen cubierta por montoncitos de brócoli puestos allí por una mano superior.En la selva crecen árboles nobles: cedro, sandé, chachajo, laurel, tangaré, saltavestidos, peloblanco, jiguanegro. Y en el río peces carnudos: sábalo, mojarra, barbudo, mayo, bocón. Pero todo se queda allá, en ese universo tan impenetrable para los extraños y tan carcelario para sus habitantes, donde un pasaje hasta Buenaventura cuesta $80.000 y un viaje expreso para sacar a un enfermo, un millón. Como en épocas antiquísimas, la gente del Naya, rodeada de tesoros incalculabes, sigue presa de una pobreza infinita. Es jueves y la oscuridad cae sin aviso sobre un rectángulo de cemento que a la entrada del pueblo sirve de cancha de fútbol y salón comunal. Son las cuatro de la tarde pero podrían ser las seis o siete de la noche. Es noviembre, pero igual podría ser marzo, diciembre, junio. La Concepción es una capital del tiempo detenido. Una vez, antes del 2.000, recuerda el presidente de la Junta de Acción Comunal, Manuel Angulo, funcionó una planta eléctrica que alcanzaba para alumbrarlo casi todo. Pero al poco tiempo se fundió, como el ímpetu del político que llevó el aparato prometiendo luz para todo el mundo. Los dientes de Manuel, blancos y cuadrados, apenas alcanzan a verse al fondo. Por falta de energía, en el puesto de salud no hay nevera. Por falta de nevera, en el pueblo no hay suero antiofídico ni vacunas contra la malaria o el paludismo. Por falta de vacunas y medicina, los niños siguen padeciendo males que hace décadas fueron conjurados por el hombre. El abandono también es una peste. Jesús Mario, cazador de oro en la jungla, cuenta de pestes no sólo caídas sobre los chicos. Él, por ejemplo, perdió a su esposa porque nadie pudo detectar que esos dolores que le partían la cabeza no eran maleficio, sino un tumor cerebral. Don Alcides, pescador de arpón y atarraya, tuvo que resignarse a la cojera luego de que su pie izquierdo, fracturado por las piedras del río, nunca pudiera ser enyesado. En los últimos siete años tres hombres enfermos que viajaron a Buenaventura en busca de tratamiento, murieron en el camino.Aún así, al ser consultadas sobre el tema, las autoridades hablan de compromisos, obligaciones, responsabilidades cumplidas: “La mirada al Naya ha sido permanente de las autoridades locales, que mantenemos interés en mejorar las condiciones de esa población”, dice Ledis Torres, secretaria de Gobierno de Buenaventura. Al final del día, desde la cancha de fútbol se ven sombras bajando de la montaña. En el pueblo muchos siguen intentando vivir de lo que aún dan las minas de oro. Riquezas ocultas tan lejos que a veces quienes van en su búsqueda tardan dos y tres días antes de poder reventarle el alma a la peña con la esperanza de que brote algo. “Eso es mejor que pescar y sembrar, porque pescados y papas no hay cómo sacarlos, no hay a quién vendérselos”, reniega Eme, muchacho de brazos largos y sonrisas cortas.Eme, entonces, sentado al borde de la cancha, cuenta otras de esas verdades que a cinco horas de camino insisten en desconocer: aunque hace años que nadie entra a ofrecerles ayuda, aunque no hay presupuesto para llevarles médicos, ni planes de electrificación, ni programas de acueducto, vea usted, cada tanto sí va gente a comprarles el oro. Y hombres, con fusiles colgando de la espalda, a sugerirles que no sólo frutas y tubérculos siembren en sus tierras. Unos y otros llegan hasta ahí sorteando ese río de interrogantes que es el Naya. A La Concepción le dicen Concha. Concha, como la acepción popularmente usada para referirse a alguien carente de escrúpulos. El remoquete, piensa uno, no sólo es una abreviatura fonética del nombre del pueblo sino un aforismo de lo que allí sucede: ese es el colmo del abandono. Cruces, al otro lado del ríoJuana Bautista no quiso irse. Noralba, una de sus hermanas, jura que le rogaron y le gritaron, pero que ella no atendió. “Estaba enferma. tenía algo en la cabeza. No pudimos más que dejarle una remesa y la canoa en la orilla. Luego empezamos a correr”.Dos días después encontraron el cuerpo extendido sobre la tierra, cubierto por una hamaca. “Tenía todo el vestido remangado, la tela raída. Dicen que también la torturaron”.Claudina, otra hermana de la difunta, es cantaora de arruyos: ese ritmo emergido de las entrañas del Pacífico que entre golpes de marimba y cununo gravita entre gozo y pena. Tal vez por eso, por aquella musicalidad que la habita, los recuerdos del día en que regresaron al pueblo son sonoros. Prac, prac, prac, se escuchan las esquirlas de vidrio reventando bajo sus pies, aquella mañana que volvieron. Sucede que los asesinos, antes de revolcar a Juana Bautista, lo habían revolcado todo: En el suelo estaban las puertas partidas, los estantes reventados, las botellas de cerveza estalladas.Entrevistado por teléfono, el abogado de un de un paramilitar del Bloque Calima dice nunca haber escuchado que alguno de los procesados se refiera a ese abuso. La única violación aceptada por ‘H.H’ y sus hombres es la que en Yurumanguí le encargaron al ‘Mocho’, para distraer el foco de las autoridades que los perseguían desde el Naya. Sin embargo no lo descarta: “Cometieron excesos que hicieron de esa incursión uno de sus mayores errores”.El caso de Juana Bautista sigue refundido entre monte y olvido, también, porque la comunidad, en todo este tiempo, no ha concertado una reunión con las autoridades pertinentes. Jorge Vásquez, coordinador (e) de la Comisión Nacional de Reparación de Víctimas en el Valle coincide en este punto con el fiscal de Justicia y Paz asignado a la región. En la zona, incluso, podría haber más cadáveres sin exhumar.Pero eso, lo de los cuerpos, es algo que nadie sabe con exactitud. De ser cierto, deben estar enterrados junto a Juana Bautista, que todos creen fue sepultado en una explanada verde, con varas de maleza apuntando al cielo, que crecen del otro lado del río. En La Concepción, no podía ser distinto, ni siquiera hay cementerio.El Ejército patrulla la zonaAunque en el Naya se habla otra vez de la presencia del Frente 30 de las Farc, las autoridades no han dejado de hacer operativos de control en la zona.El coronel Manuel Fabian Varón Daza, jefe del Estado Mayor de la Brigada de Infantería Número Dos, asegura que en este momento están desarrollando labores ofensivas. Y que en seis meses han erradicado 156 hectáreas de cultivos ilícitos. “Este año hemos capturado 15 miembros del Frente 30 de las Farc e incautado 300 kilos de material explosivo. Y desmantelado siete estructuras móviles al servicio del narcotráfico. Mucha gente se acostumbró a que no hubiera presencia de las autoridades, pero estamos allí y no nos vamos a ir”.El comandante de la Fuerza Naval del Pacífico, contralmirante Hernando Wills, agregó por su parte que “La Armada mantiene una activa presencia en los ríos presionando cada vez más a los grupos que buscan delinquir en la zona”.

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