Ladrones les están robando la tranquilidad a los hogares

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Este año van 1.134 robos. Son ocho las bandas que tienen con insomnio a los caleños.

Ladrones les están robando la tranquilidad a los hogares

Diciembre 05, 2010 - 12:00 a.m. Por:
Laura Marcela Hincapié l El País

Este año van 1.134 robos. Son ocho las bandas que tienen con insomnio a los caleños.

¿Cómo se roba la paz? En el barrio Santa Rita son las 11:40 a.m. y ya se vive la zozobra. Es el último jueves de octubre pasado y la casa de doña Teresa se convierte en el blanco del día. Una pareja toca la puerta, con la excusa de conocer el jardín infantil que funciona en el primer piso. La visitante, una mujer de pelo cepillado y tacones, esconde en su cartera un revólver calibre 7,65. Doña Teresa y su hija abren la puerta de par en par. Tres días después, a unos cinco kilómetros de allí, en el barrio Ciudad Jardín, la empleada de una lujosa residencia recibe una llamada, que luego le costaría el puesto. Una voz seca y autoritaria al otro lado de la línea le informa que su jefe está en la Fiscalía porque le sirvió de fiador a un amigo que debe un dinero. “Recoja las joyas, que él me acaba de dar un poder para que yo las venda y con eso pague la deuda”. Patricia duda, pero el afán de esa voz, que parece observarla, la empuja al cuarto de la patrona y obedece. A la semana, en el barrio El Ingenio, a un portero de un edificio de cinco pisos, dos hombres encorbatados le piden ver un apartamento que están arrendando. A sus 55 años, don Arturo parece haber olvidado la malicia. Abre la puerta y entonces comienza la escena de terror, ésa que se sigue repitiendo a diario en su mente. Han pasado sólo cinco minutos y doña Teresa y su hija ya están amordazadas por la pareja que lucía tan interesada por el jardín. La puerta sigue abierta y entran otros dos hombres armados a completar el cuadro de pánico. Las mujeres no paran de gritar y uno de los asaltantes, sin máscara y sin escrúpulos, le pega con el revólver en la cara a la dueña de la casa “Me tumbó de una”, recuerda doña Teresa, quien ahora tiembla cada vez que escucha el timbre. Justo ese día, la compañera de Patricia, que hacía los oficios de la cocina, pidió permiso para viajar a Pereira, algo que no ocurre regularmente. Ahora la voz, como un radar, le explica a la joven dónde está cada uno de los elementos de valor. Curiosamente en estos sitios hay un trapo blanco que Cecilia, la que salió de viaje, se tomó el trabajo de dejar. El hombre de la llamada millonaria finalmente se presenta en la casa y de manos de Patricia recibe las joyas avaluadas en $300 millones, marcadas por decenas de aniversarios, cumpleaños y momentos, que luego se venden en otras ciudades ni siquiera por la cuarta parte del valor real. Hoy, después de quince noches sin poder dormir, la patrona de las dos empleadas se ha convertido en cenicienta. “Lavo, cocino, plancho. Pero no me importa, con tal de no meter más mujeres extrañas a mi casa”. En el edificio de El Ingenio sigue la tensión. En pleno lobby los dos hombres con corbata aprietan la espalda del portero con dos pistolas y le advierten que guarde silencio. De repente, otro hombre, vestido con el uniforme de una empresa de envíos, ingresa y se encarga de vigilar a don Arturo. Los otros dos se suben al ascensor con tres habitantes que se dirigen al cuarto piso. Los amenazan e ingresan con ellos al apartamento. “Nos amarraron con una cinta gruesa que no nos dejaba ni mover y nos acostaron boca abajo. Se llevaron computadores, plata, joyas, todo lo que se les atravesó”. La misma escena y los mismos gritos se repitieron en los demás apartamentos. Otros sectores residenciales como la Flora, El Caney, Valle del Lili, Los Cristales, Tejares y Santa Teresita también han sido víctimas de las más de ocho bandas delictivas que hoy se dedican al hurto de las residencias en Cali, pero todos comparten la misma pérdida: la tranquilidad. Los habitantes de estas zonas denuncian que a diario se presenta mínimo un robo, que deja a todos los vecinos con insomnio. “Es horrible lo que uno siente. No podemos dormir, siempre estamos esperando que los ladrones regresen”, cuenta doña Nancy, quien el pasado 26 de noviembre fue víctima, junto con su esposo, de un robo a su casa del barrio Los Cristales. A los dos días también robaron a su vecina. Viviendo en cárceles Ese temor al robo que hoy sienten miles de caleños los ha llevado a convertir sus viviendas en verdaderas cárceles. Pero ni siquiera con alarmas, sensores y hasta cámaras han logrado blindarse de la astucia de los asaltantes. Incluso, en más de una ocasión, han sido víctimas de hurtos, insultos y maltratos. Don Hernán pensó que estaba fuera de peligro. “Soy vecino del alcalde de Cali, del comandante de la Policía, del Defensor del Pueblo y de algunos ex ministros. Pero eso no ha impedido que en mi casa me hayan robado cinco veces”. El tema se ha vuelto inaceptablemente cotidiano. “Uno no sabe qué hacer. Tengo todas las medidas de seguridad en la casa, pero de qué me sirve si en la puerta alguien me pone una pistola en la espalda. No alcanzo ni a activar la alarma”, expresa. Este año esos episodios de pánico se han repetido 1.134 veces. A pesar de lo gris del panorama, la Policía Metropolitana de Cali explica que en el 2010, contrario a la sensación de inseguridad que hoy perturba a la comunidad, los robos a las viviendas se han disminuido. “Hemos trabajado mucho en la captura de estas bandas. Este año se han detenido a 274 ladrones, se han inmovilizado 25 vehículos y 18 motocicletas que se utilizaban para estos actos”, aclara el comandante de la Sijín, coronel Javier Espinosa. Para él, la realidad es otra. Insiste en que el año pasado la situación era más grave: para esta fecha se habían registrado 748 hurtos más. Pero esas cifras les son indiferentes a los ciudadanos de estratos 4, 5 y 6, que son los más afectados. “Cómo me dicen que hay menos delincuencia si aquí se están robando más de una casa diaria y hasta han desocupado edificios enteros”, reclama Mauricio, un joven de Valle del Lili. El psiquiatra Hernán Rincón, experto en estrés postraumático, dice entender el sentir de los ciudadanos. “Si a mí nunca me habían robado en mi casa y este año sí lo hicieron, para esa persona la inseguridad ha crecido en un 100% y eso es lo que va a trasmitir. Y si al vecino le pasó lo mismo, el temor es mayor, porque se vuelve una bola de nieve”. Describe que luego de estos episodios de violencia las personas suelen reelaborar los hechos a través de pensamientos, que lo llevan a un estado de pánico. Existe otra situación que tal vez explique por qué las estadísticas no reflejan el miedo colectivo que hoy existe en la ciudad: la falta de denuncias. Aunque la Policía insiste en que las personas sí están denunciando, el Instituto Cisalva de la Universidad del Valle, afirma que cerca de un 80% de los robos no se reporta.En este último trimestre del año la Estructura de Apoyo de la Fiscalía ha recibido 107 casos de hurto a residencias. Una de las analistas cuenta que es cierto que muchos caleños no denuncian los robos por temor a que los delincuentes tomen represalias. “Otros alegan no creer en la eficiencia de las autoridades para resolverlos”. Tal vez porque sólo un 1% de las víctimas recupera sus pertenencias, según admite la misma Policía. Pero la tranquilidad, “esa uno nunca la recupera”. Las víctimas dicen haber perdido el sueño. Hoy, siguen presos en sus pesadillas. Así se roba la paz en Cali. “Para robar, uno se consigue hasta la cédula”“Le dije que era de una empresa de seguridad privada y que estábamos mirando a ver si los vecinos escucharon algo, porque hubo un robo. Por puro chisme, la señora salió como loca a ver qué había pasado. En esas llegaron tres compañeros armados, la amenazamos y a la fuerza la entramos a la casa. Así de fácil, la gente es muy confiada. Yo estaba vestido con un uniforme negro de la empresa de alarmas donde trabajaba. Esos trajes traman, porque la gente ve a cualquier persona con uniforme y abre la puerta de par en par. Gran error.También utilizábamos uniformes del DAS, la Fiscalía, la Policía, de empresas de teléfonos o envíos. Los infiltrados los venden como en $30.000. Entramos y el cogedor (el de la banda que se encarga de hablarles a los dueños de la casa) le dijo a la señora y a sus dos hijos que no gritaran, que nosotros sólo queríamos trabajar rápido para irnos. El inicio (persona de la casa que entrega información), que era la empleada ya nos había dicho que tenían unos $30 millones en joyas y efectivo.Los amarramos de pies y manos. Quizá esa es una de las razones por las que me retiré. Uno no deja de pensar en la cara de pánico de la gente. En esos ojos de miedo que parecen gritar no me mate. Algunos compañeros se volvían muy agresivos cuando la gente se hacía la difícil. Ahí los que llevaban eran los viejitos, que se ponen de groseros. El robo se hace en una hora más o menos. Siempre lo esperan a uno afuera dos o tres carros. La cosa es así: la mayoría de las bandas tienen hasta diez personas. Yo muchas veces me quedaba afuera, porque era uno de los que estaba uniformado. Entonces los vecinos me veían y pensaban que estábamos en un operativo. El primer ladrón está en la casa. Es aquel que cuenta dónde está todo lo de valor, qué día viajan los dueños, el nombre de los hijos. Todo un espionaje. A veces son las empleadas de servicio. Uno les hace trabajo como un mes, las gallinacea y luego les canta la vuelta. Muchas, que ganan el mínimo, no se niegan a hacerse casi un millón en un solo día. Lo peor es que los mismos familiares son cómplices. Una vez entramos a robar la casa de un jugador de fútbol, gracias a que el hermano nos dio todos los datos.En otros casos, el enemigo es el mismo vigilante. Pero es que a muchos no les queda otra salida. Les llega uno con otro man y otros dos de la banda se van a la casa de él. Lo llaman y le dicen que deje entrar a los dos que están afuera, sino le matan a la familia. Dígame, ¿uno ahí qué hace?Diciembre es el mejor mes. Los robos se duplican porque todos queremos tener plata para tomar. También llegan bandas de otras ciudades del país que saben que por la feria, Cali está llena de plata. Lo que debe hacer la gente es no abrirle la puerta a nadie. Así lleve un ramo en la mano para entregar, desconfíe, porque uno se las ingenia como sea para entrar. Hasta el número de cédula se consigue. Hace tres años yo decidí dejar esa creatividad. Ahora, en mi trabajo de taxista, le colaboro a la Sijín con información y gracias a eso ya se capturaron a ocho de la banda con la que yo trabajaba”.

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