“La minería ilegal está dejando un rastro de sangre”: líder afrodescendiente del Cauca

Septiembre 14, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Yefferson Ospina | Reportero de El País

Francia Márquez, líder afrodescendiente del Cauca, ganó el pasado viernes el Premio Nacional de Defensa de los DD. HH.

[[nid:463186;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2015/09/francia_marquez.jpg;full;{Francia Márquez, líder afrodescendiente del Cauca, y ganadora del Premio Nacional de Defensa de los DD. HH. Foto: Elpais.com.co | Archivo}]]

Francia tiene un gesto triste, los ojos a medio cerrar, como si en ellos hubiera un cansancio constante. Un gesto de la fatiga, del cansancio: la expresión de los 11 meses que cuenta como desplazada. Casi 8760 horas que ha contado, minuciosamente, durmiendo en una cama que no es la suya, en una casa que no es la suya, con sus dos hijos, en una ciudad que no es su pueblo. Lea también: Los tentáculos de la minería ilegal en el Cauca

Fue en octubre del año pasado. La mujer recogió cuanto pudo en una pequeña maleta y junto a sus dos hijos salió del corregimiento de La Toma, Suárez, norte del Cauca. ¿Por qué salió? Para no morir, cuenta, lo dice así, sin más, como habituada a correr, a huir de la muerte. Las amenazas empezaron a llegarle a su casa en ese poblado remoto días después de comenzar a liderar un movimiento en contra de las concesiones que el Gobierno Nacional hizo a una minera para extraer el oro que yace en el río Ovejas. 

Ella y otros tantos se opusieron a la concesión argumentando que había sido anticonstitucional, pues la comunidad afro de la zona no había sido consultada, como lo obliga la ley. Entonces hicieron marchas, enviaron cartas, trataron de evitar que las retroexcavadoras funcionaran. Entonces los panfletos circularon. Los papeles llegaron hasta su casa y ella leyó los insultos y la amenaza: “Si sigue evitando el progreso vamos a tener que desaparecerla”.  Fue en 2009. En 2010 desconocidos asesinaron a ocho personas en una zona del corregimiento conocida como El Hato. Se trataba de campesinos que, como la mayoría en aquella región, viven de la minería al barequeo, es decir, extrayendo pequeños gránulos del metal del río con platones de madera. 

Durante los cuatro años siguientes Francia atestiguó  varios homicidios selectivos en La Toma y en  repetidas ocasiones debió huir a Santander de Quilichao, a Suárez, a Buenos Aires, a otros pueblos. En 2014 su desesperación, el terror de una muerte, un miedo que era como un peso asfixiante a su espalda, se hizo intolerable. De nuevo huyó y no ha regresado, y lo desea cada día. “Porque es como si me hubieran quitado algo, si me arrebataran algo. Y el vacío lo siento siempre”, dice, y el gesto triste de sus ojos pesados reclama de pronto todo su significado trágico. 

¿Qué significa para usted ganar el premio  Nacional de Derechos Humanos que entrega la organización suiza Diakonia?

Por una parte siento alegría por el reconocimiento a las comunidades afro e indígenas que luchan por el derecho a la vida y el derecho a los territorios. Pero a la vez pienso en la gente que ha muerto haciendo lo que yo hago y siento mucha tristeza, porque en una democracia real, uno no debería estar peleando para que respeten los derechos más elementales de todas las personas. 

La semana pasada la ONU denunció que este año han sido asesinadas 69 personas por sus vínculos con organizaciones que defienden DD. HH, es una denuncia muy grave...

La situación del país es muy difícil  y defender los DD. HH. no es nada fácil. Sin embargo, es parte del reto. En nuestro caso, el de las personas que trabajamos en La Toma, nosotros luchamos contra empresas mineras que contaminan los ríos y esa lucha la damos por todos en el país. Pero se nos estigmatiza por este trabajo. Nos dicen que hacemos parte de grupos armados y nos atacan con esas excusas. En este país hay muy pocas personas trabajando por los DD. HH. Y si todos los hiciéramos no habrían tantos asesinatos. Ahora bien, hay que decir que el gobierno en cierto sentido promueve las violaciones de los Derechos Humanos. Por ejemplo en La Toma, ¿por qué se le  concesionó la tierra a una minera, si se trataba de un territorio que ancestralmente le pertenece a las comunidades negras? La Constitución dice que era necesario hace una consulta con el consejo comunitario, pero eso no se hizo y esa situación ha ocasionado amenazas,  desplazamiento y hasta masacres.  

¿Ha pensado en regresar a La Toma?

Sí, lo deseo mucho y extraño mi tierra. Pero en estos momentos no hay garantías. Resulta que ahora cuando las autoridades llegan y queman maquinaria y hacen operativos, los ilegales me amenazan a mí diciendo que todo eso ocurre porque yo estoy denunciando. Y lo mismo ocurre con todos los integrantes del consejo comunitario. Y la verdad es que no solo sucede en La Toma, la situación es igual en Santander de Quilichao, en Guachené, en López de Micay, en todo el norte del Cauca la minería ilegal está dejando un rastro de sangre muy grande. 

¿Una eventual firma de la paz podría cambiar las cosas para ustedes?

Todos anhelamos la paz en este país, pero para que haya paz es necesario que el estado tenga una relación diferente con los territorios. Que reconozca a las comunidades, a los indígenas, a los afros, que les respete sus derechos. Si se siguen violando los derechos a la tierra, habrá paz para unos y guerra para otros.

¿Pero crees que se podría alcanzar la paz en el país?

La esperanza es lo último que se pierde, pero hay que aclara que aunque se firme la paz en La Habana, no podemos estar seguro de que vaya a haber paz, porque nuestro conflicto es muy complejo. Siguen habiendo muchos grupos con muchos intereses a los que les conviene la guerra. Sin embargo hay que admitir que en años anteriores la situación del país era peor. Por ejemplo en nuestra comunidad hace unos cuatro años la situación era mucho más complicada. Por otro lado yo como defensora veo que entre lo grandes obstáculos para la paz hay uno que es muy importante y es la falta de solidaridad de todos los colombianos. Parece que a la gente no le importan los desplazados, no le importan las víctimas del conflicto. En la ciudad se vive de una forma, pero en el campo de otra, y la mayoría de la gente no ha podido comprender lo duro que es para los que vivimos en el campo el conflicto y todas sus consecuencias.

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