Informe exclusivo: El Chocó, 'secuestrado' por el miedo y el olvido

Informe exclusivo: El Chocó, 'secuestrado' por el miedo y el olvido

Noviembre 23, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Laura Marcela Hincapié | Enviada especial al Chocó

El 80 % de las necesidades básicas en el Chocó están insatisfechas. Luz y sus vecinos solo lavan su ropa y beben agua cuando esta cae del cielo.

El perro se retuerce en la arena negra de la orilla del río Atrato. Tiene la panza inflada como si se hubiera tragado un balón de fútbol. Al lado, un niño lo mira asustado. Lea también: La ruta que recorrió el general Alzate antes de su secuestro en Las Mercedes. — Tiene ‘palasitos’ ¡Se va molil!Grita el chico de ojos brotados. — ¡Behhh! Ese está acostumbrado a comer basura. Le contesta su papá.— ¡Llévalo al centro de salud! Dice otro hombre mientras pule una silla de madera.Los tres ríen a carcajadas. Presentación Paloqueme promete explicar el chiste unos pasos más adelante. Camina por toda esa orilla de 700 metros que conforman Las Mercedes, un corregimiento ubicado a 35 minutos en panga (embarcación de madera) de Quibdó, Chocó.Vea el video: fantasma del desplazamiento acecha a la comunidad de Las Mercedes, Chocó. El hombre de piel negra y cuerpo tan marcado, como si se entrenara en el Real Madrid, se detiene en una casa, en lo que queda de ella. La fachada, seguro, hace años estuvo pintada de algún color, pero hoy sus paredes solo están tapizadas con una humedad verdosa. Adentro no hay más que tierra acumulada en el piso y un par de mallas que alguna vez sirvieron para pescar. Al fondo, un cuarto que solían llamar baño. Hoy solo queda parte de un sanitario curtido y repleto de basura, de escombros, de cucarachas disecadas.-¡Bienvenida a nuestro centro de salud!Presentación ya no se ríe. Es que cada vez que ve este lugar recuerda todos esos males que ha tenido que aguantarse. Cuántas noches ha tenido que acostarse con fiebre, con dolor de cabeza, con tos. Todo porque, desde hace doce años que dejó de funcionar el centro de salud, en Las Mercedes está prohibido enfermarse. Hacerlo es un delito que se puede pagar con la vida. Y eso —cuenta Palomeque— hasta los perros lo han entendido.En este rincón del Chocó conseguir una cura, una pastilla, un jarabe es tan imposible como tener un celular, un Ipad, un Play Station.Los 350 habitantes del corregimiento suelen sanar sus enfermedades con remedios de hierbas o con paciencia. Solo con eso. Y si hay situaciones graves, niños que se revientan jugando, hombres que se mutilan dedos con los machetes que cortan la madera, mujeres a punto de dar a luz, deben irse en una panga hasta Quibdó. Pero la palabra emergencia no existe. Hay que esperar a que alguien consiga la plata para comprar la gasolina del motor, que puede costar entre $50.000 y $100.000. Una fortuna para hombres y mujeres que sobreviven de la pesca, de la explotación de la madera, de la minería, del rebusque. De la nada.Resistir, entonces, es la única opción. Y Presentación ya sabe de eso. Estos últimos días, por ejemplo, ha tenido que ignorar ese dolor de cabeza que le da cada vez que habla ante las cámaras. Sentado debajo de un árbol, confiesa que desde que ocurrió el secuestro del general Alzate y otras dos personas en su corregimiento, medios nacionales y hasta de Europa y el Medio Oriente lo han buscado para que él, como vicepresidente del Consejo Comunitario de Las Mercedes, se refiera a esta noticia. Vea aquí: ¿Quiénes están detrás del frente de las Farc que secuestró al general Alzate? Entonces a sus 37 años descubrió que esos aparatos le hacen sudar las manos y lo vuelven tartamudo. Un pánico que él no conocía porque nunca antes le habían pedido su opinión sobre algo.José Pino, representante legal de Las Mercedes, interrumpe a Paloqueme con un grito:-¡Veníiii a ver si salís en las noticias!Son las 12:30 del mediodía del jueves 20 de noviembre y a esta hora hombres, mujeres y niños corren a la casa de doña Cristina. Ella es una de las pocas que enciende el televisor para ver el noticieros.En Las Mercedes solo hay cuatro televisores que se prenden así, apenas un ratico. La energía, como la salud, no existe. Desde hace 30 años la población sigue esperando que uno de esos tantos políticos que en época de elecciones va a pegar su fotografía en las 80 casas de madera del corregimiento, cumpla la promesa de ‘iluminarlos’. Mientras tanto, tienen que comprar gasolina para encender un par de plantas. Pero eso también resulta un lujo: cada aparato necesita dos galones, que cuestan $30.000.José cuenta que, a veces, la única forma de prender los televisores es que cada habitante ponga de a $500. Pero -aclara- eso ocurre solo en casos extremos: “por ejemplo, cuando juega la Selección Colombia”.Pero nada de eso -advierte Presentación- sale en las noticias. “Nadie sabe cómo es que nos toca vivir aquí a tantos chocoanos: sin centro de salud, sin energía, sin agua, sin trabajo, sin seguridad. Aquí no tenemos nada. Aquí estamos olvidados”. ¿Cómo se puede vivir siendo invisible?***Hoy no llovió en Quibdó. Es viernes en la tarde y apenas cayó una llovizna tímida. En los barrios, muchas mujeres sacaron sus baldes a la calle, pero esta vez las nubes se secaron. Hoy, entonces, no podrán lavar la ropa ni cocinar ni arreglar la casa. Hoy, en unas 80.000 casas de la capital chocoana (el 70 % de la población total), el agua se ahorrará como un perfume caro.Y así ocurre cada tanto. En Quibdó, en plena capital del departamento, solo el 30 % de la población (35.000 habitantes) tiene servicio de acueducto. Para el resto, el agua solo cae del cielo.En su oficina, el defensor del Pueblo del Chocó, Luis Enrique Abadía, revisa sus documentos y encuentra otras cifras escandalosas: el 80 % de la población no tiene satisfechas sus necesidades básicas, el 45 % vive en extrema pobreza, el 60 % es víctima del conflicto armado... “Y si eso ocurre aquí en la capital, imagínese cómo está la zona rural. Si acá llueve, allá hay tempestad”, advierte el funcionario que por estos días elabora un censo de las personas que han tenido que desplazarse en el departamento por la violencia.Aún no tiene una cifra exacta, pero está seguro de que este año el desplazamiento se ha duplicado, sobre todo en la zona del Alto Baudó. En esta región, los enfrentamientos entre el ELN -que ha tenido una presencia histórica en este lugar- y las Autodefensas Gaitanistas -como hoy se hacen llamar los Urabaños- han obligado a unas tres mil personas a abandonar sus hogares. Ambos grupos se pelean el territorio por la minería ilegal y el narcotráfico.Quibdó, por ser la capital, se convierte en el ‘salvavidas’ de esos corregimientos que abrazan el río Atrato. Muchos ven la ciudad como un refugio. Pero la pobreza pareciera ser un fantasma que persigue a los chocoanos donde quiera que vayan. En Quibdó, por ejemplo, no hay una sola empresa. No hay opciones de trabajo. Casi toda la población se dedica a actividades informales: la minería, los ‘mototaxis’, las ventas ambulantes. Entonces las calles no son más que pasillos estrechos atestados de puestos de comercio. Los pocos almacenes grandes que se ven en el centro son de ‘paisas’ que llegaron a Quibdó con plata para invertir.La Policía explica que esa falta de empleo contribuye a que muchos jóvenes terminen en las filas de las milicias de las Farc y las bandas criminales. Y es que la población ya parece estar acostumbrada a estos grupos. Su presencia se ha convertido en una situación tan normal, como que falte el agua, que no haya trabajo, que el Gobierno se demore años en arreglar una calle.En las alertas que hace la Defensoría aparecen denuncias de que en 43 barrios de la capital chocoana hay grupos ilegales. En estos sectores el control lo ejercen las milicias de Frente 34 de las Farc, que están en toda la región del Atrato. La guerrilla controla, en la zona urbana, el microtráfico y la microextorsión y en el zona rural, maneja el transporte de drogas por el río Atrato y la minería ilegal.El barrio San Vicente, por ejemplo, se ha convertido en un ‘cambuche’ para los guerrilleros. Jairo, un arenero del sector, cuenta que la comunidad lo sabe y por eso ha cambiado su rutina. Sentado en una silla Rimax afuera de una tienda esquinera, el hombre confiesa que años atrás la gente se quedaba en la calle hasta la una de la mañana, sin problemas. Pero hoy a las seis de la tarde todos están en sus casas. El miedo los ha vuelto ‘zanahorios’. Así viven desde que los guerrilleros cogieron la costumbre de llegar al barrio cada vez que el río sube y se les inundan sus escondites en la selva. Llegan vestidos de civil, pero Jairo y toda la comunidad saben quiénes son.Los policías que vigilan este sector escuchan atentos a Jairo. No lo desmienten. Incluso uno de ellos agrega que en los barrios que tienen salida al río Atrato, los guerrilleros aprovechan para cobrarle ‘vacunas’ a aquellos que llevan sus volquetas a la orilla y las cargan de arena para vender. “Ellos se creen dueños del río”. Y así -explica el policía- pasa con los que quieren trabajar en la minería, a ellos les cobran una cuota de hasta $15 millones solo por dejarlos entrar sus máquinas.Son las cinco y media de la tarde y Jairo recuerda que ya es hora de “guardarse”. En pocos minutos, aquellos grupos de hombres y mujeres que permanecían en las esquinas se esfumaron. Mientras camina hacia una calle destapada, que parece un laberinto, Jairo se pregunta por qué aquellos que intentan rescatar al general no se dan una “pasadita” por el barrio. Así se darían cuenta que a ellos el abandono y el olvido también los tienen secuestrados. ***De la tienda solo queda el letrero. Una tabla de madera pintada de verde en la que está escrito con letras blancas “Tienda Comunitaria Las Mercedes”. En los estantes solo hay tres frascos de aceite, seis bolsas pequeñas de leche en polvo, tres pañales, una docena de cuchillas de afeitar. No más. A pesar de que cada ocho días la comunidad reúne dinero para viajar a Quibdó y comprar comida, desde que ocurrió el secuestro del general Alzate, nadie ha querido atravesar el río Atrato. Los habitantes del corregimiento no han podido entonces pescar ni sacar madera de los caños ni meterse a las minas por temor a quedar en medio de un enfrentamiento entre los milicianos de las Farc y las tropas militares. Y como nadie ha salido de Las Mercedes, no hay trabajo, no hay dinero, no hay comida...En la cocina de la casa de Luz solo hay una olla con un pegado de arroz. Eso es lo que ella y sus hijos han comido desde hace tres días. “Arroj pelao”. La mujer, alta y trigueña, dice no entender cómo es que sus muchachitos no se enferman. Cómo es que sus estómagos diminutos resisten tanta hambre. “Y desde que nacieron ha sido así, aguantan con lo que hay”. Como si sus cuerpos también entendieran que en este pueblo está prohibido enfermarse.En Las Mercedes la presencia de las Farc también es común, al igual que en otros corregimientos de Quibdó, Medio Atrato, Bellavista, Beté. Pero los guerrilleros ya no se visten con camuflado, la mayoría son milicianos que llegan a estos sitios para descansar, para comprar suministros, para hacer reuniones. Y la comunidad lo sabe.Presentación Palomeque reconoce que a Las Mercedes siempre ha entrado mucha gente extraña. “Pero uno nunca les pregunta si son milicianos o no, uno se queda callado y ya”. Ese silencio, entonces, conservaba la calma, pero ahora que un grupo de más de 150 soldados llegó a cuidar esta orilla del río, la comunidad teme que se presenten combates. Teme quedar en medio de una guerra que no le pertenece. Teme que ocurra lo mismo que en noviembre de 1999, cuando todos los habitantes tuvieron que huir del corregimiento porque los paramilitares los acusaban de ser colaboradores de la Policía.Entonces en algunas casas ya hay maletas empacadas. Presentación se rasca la cabeza y confiesa que si la presión militar continúa, su comunidad no resistirá más. “Tendré que coger mis pelados y salir pa’ Quibdó a pasar hambre”.-¿Y cuántos hijos tiene?-Uffff ya perdí la cuenta-¿En serio?-Tengo 12-¿Y José cuántos?-Diez-¿Y Luz?-Ocho-¿Y por qué tantos hijos?-Si no hay televisores ni radios ni trabajo... pues uno qué otra cosa hace.

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