Informe exclusivo: así se mueven los 'tentáculos' de la trata de personas en Colombia

Informe exclusivo: así se mueven los 'tentáculos' de la trata de personas en Colombia

Septiembre 03, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Laura Marcela Hincapié Serna | Redacción de El País
Informe exclusivo: así se mueven los 'tentáculos' de la trata de personas en Colombia

Marcela Loaiza ahora tiene una fundación con su nombre y ayuda a las víctimas.

La trata de personas ya no es un delito transnacional. En este país, por algunas rutas del narcotráfico, también se negocian jóvenes. ¿Cuánto vale la inocencia de una mujer?

Tokio, Japón. La calle se llama Ikebukuro. Allí hay unas 20 mujeres vestidas con minifaldas brillantes, escotes hasta la cintura, tacones de diez centímetros. Se pasean y muestran sus genitales como productos en oferta. En una esquina está Marcela: 21 años, lentes azules, peluca blanca. Tres horas antes de estar ahí, era una chica de pelo castaño y rizos de muñeca que llegó de Pereira con la ilusión de bailar salsa. Una mujer gorda y trigueña la tiró en ese lugar con una advertencia: “Te portás bien puta pa’ que me pagues mi cuota diaria". Aparece el primer cliente de miles. Marcela está temblando, las manos le sudan. Su cuerpo está allí, inmóvil como un maniquí, pero su mente sigue en Pereira, en ese cuarto diminuto donde hace 24 horas dormía con su hija de tres años. Un “careplato” japonés la toca y la devuelve a esa calle atestada de prostitutas, droga, sexo. ¿Vamos al hotel?, le dice ese tipo hambriento que la mira como un trozo de carne. Así empieza una travesía que durará 18 meses, 72 semanas, 540 días, 12.960 horas. Al final de esta historia una joven inocente morirá. El delito se llama trata de personas. Si se escribe el término en Google se obtienen 120 mil millones de resultados en 0,17 milésimas de segundo, menos de un pestañeo. Se encuentran noticias, historias, fotografías, cifras, testimonios. Parece que ya todo se ha dicho: muchos saben que niñas, jóvenes y adultas son captadas para viajar a otros países con promesas de empleo, que terminan en las calles como prostitutas, que deben entregar todo el dinero a las redes que las obligan a atender unos 30 clientes diarios, que les quitan su pasaporte, que dejan de ser dueñas de su propia vida.Entonces, ¿por qué este año la Organización Internacional para las Migraciones ha atendido 32 casos de trata, 11 de ellos del Valle del Cauca? Hay otro drama oculto del que aparecen menos datos: la trata interna. Es decir, el traslado de niñas dentro del país con fines de explotación sexual.¿Acaso la ‘trata de blancas’ no es sólo que viajan a otros países? El mito se rompe. Dentro de Colombia también hay víctimas: mujeres que no pasaron por ninguna inmigración pero sí por las mismas angustias y engaños que aquellas que terminaron en Japón, Tailandia, España, Chile, Perú...Así su destino sea dentro o fuera del país, el delito no varía. Siempre es lo mismo: las captan, las trasladan al lugar de destino, cubren con todos los gastos, luego las acogen en un prostíbulo, las explotan.El narcotráfico, el conflicto armado y hasta las fiestas patronales promueven este negocio. En cualquier esquina puede haber una víctima, un verdugo, una historia de maltrato. Sólo que las autoridades parecen ciegas: ni en la Alcaldía ni en la Gobernación ni en la Policía hay investigaciones frente a casos de trata interna. La Fiscalía, desde el 2008 hasta la fecha, tiene abiertos apenas siete casos. No hay ninguna captura porque -explica un funcionario- las denuncias aún están en “en investigación”.Sin embargo, algunas organizaciones que apoyan a las víctimas ya lo han entendido y hoy piden más prevención. Diana Cano, de la Fundación Esperanza, tiene un argumento: en los últimos años los reportes por trata interna se duplicaron. Desde el 2007 hasta agosto del 2012 la entidad recibió 243 casos de trata (49 del Valle), de los cuales el 60% (146) corresponde a colombianas que fueron explotadas dentro del país. Antes los reportes de trata interna sólo aportaban el 10% del total de las víctimas. Esa falta de interés permite que las redes que persiguen a jóvenes para vender sus cuerpos dentro de Colombia trabajen como cualquier industria legal, como si ofrecieran zapatos o ropa. No pertenecen al crimen organizado y nada tienen que ver con las mafias internacionales; son pequeños grupos de explotadores sexuales que atraen víctimas con volantes, avisos en periódicos, anuncios en internet. Así cayó Karla. En la revista decía: “Se necesita jóvenes entre los 18 y 25 años para trabajar en importante compañía en Bogotá. Emprendedoras, excelente presentación. ¡Llame ya!”. La joven de 20 años creyó que su personalidad y empeño por salir del municipio de Apartadó, Antioquia, encajaban con la oferta. Se contactó con alguien que le costeó un vuelo que nunca aterrizó en la capital. Llegó a un municipio cercano a Cartagena y allí, en un prostíbulo de un barrio popular, la convirtieron en una esclava sexual. Ella vale seis mil pesosEl captador, ese que consigue a las víctimas, puede estar disfrazado de vecino, de dueño de una tienda, de amigo de la familia. Algunas veces hace parte de la red de traficantes de mujeres y en otros casos es un simple intermediario.Las fundaciones que luchan contra este delito sostienen que algunos de estos ‘caza talentos’ reciben hasta un millón de pesos por cada víctima; eso si sale de ciudades como Cali, Medellín o Pereira. Pero si es una joven de una zona rural, el intermediario puede obtener sólo seis mil pesos: lo mismo que cuesta un paquete de salchichas, un tarro de salsa de tomate, un desodorante en un supermercado. Pero ser negociadas como muebles y acostarse con hombres por dinero -que además nunca queda en sus manos- no es lo peor que enfrentan. Cuando logran escapar, cuado creen que todo ha terminado y que se puede volver a empezar, muchas ni siquiera pueden regresar a sus casas ni barrios: el verdugo sigue allí, en la tienda, en el parque, en la casa de al lado. El miedo resulta ser el mejor aliado para estas redes ilegales: las persiguen y las explotan de nuevo. En la Fundación Esperanza se estima que el 20% de las víctimas que se atendieron en los últimos años reincide en la prostitución. Carlos Andrés Pérez, coordinador del Proyecto de Lucha contra la Trata de Personas en Colombia adelantado por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el delito (Unodc), se confiesa al otro lado del teléfono: Colombia ha avanzado en la lucha contra la trata externa, pero para la interna hay poco. Faltan protocolos y fiscales especializados que lleven los casos. “Aquí le damos el pasaje”Cali, jueves 30 de agosto del 2012. En el periódico del día, aparece el clasificado: “Con las mejores modelos del momento. Show permanente. Lesby. Trío. Sexo en vivo. Todas las tarjetas.”-¿Aló? Estoy llamando por el aviso.-¿Cuántos años tiene?-22-Ahh sí, está perfecta.-Lo que pasa es que yo vivo en una vereda cerca a Tuluá.-No hay problema mami, nosotros la contactamos con alguien allá para que la traiga. Le damos el pasaje y todo lo que necesita y aquí la recibimos para que empiece a trabajar. -¿Qué hay que hacer?-Atender caballeros, ya usted sabe- Ok, yo le aviso más tarde- Hágale, que aquí hay muchas niñas de otros lados. En muchos prostíbulos de la capital del Valle quienes ejercen la prostitución son jóvenes de veredas que ni siquiera aparecen en el mapa. Las fundaciones lo denuncian pero las autoridades lo ignoran. No hay cifras ni investigaciones frente a la manera como funcionan estos negocios. Las redes tienen tentáculos invisibles. Una líder que trabaja en una fundación caleña contra la trata escucha la historia de la llamada y explica que en los prostíbulos muchas niñas podrían ser víctimas de explotación sexual. “Si a una joven le ofrecen darle el pasaje y todo para traerla de un pueblo, eso quiere decir que luego le van a cobrar el doble de lo que invirtieron en ella y por un tiempo puede ser una esclava”, advierte la mujer que por estos días prefiere no dar su nombre: hace unas semanas recibió una llamada en la que una voz furiosa le gritaba: “Abrite Sapa, deja de dañarnos el negocio”.El riesgo no sólo está en los prostíbulos. Fuentes cercanas a la Personería de Cali denuncian que en la ciudad la explotación sexual ha llegado a tal punto que estos servicios se ofrecen hasta en las peluquerías. Un consultor de la entidad cuenta que se han identificado varios salones de belleza, en el sur y en el norte, donde en el primer piso ofrecen servicios comunes: arreglo de uñas, cepillados, tintes, peinados, maquillaje. Pero unas cuantas gradas más arriba, se encuentran salas camufladas donde se ejerce la prostitución, muchas veces a través de jóvenes víctimas de la trata interna. El negocio es así: yo te traje, tú me debes, me perteneces, todo tu dinero es mío. En algunos sitios de Cali y el resto del país funciona -según lo denuncian algunas fundaciones- el pago con fichas: Las víctimas llegan con una deuda -gastos del tiquete y traslado de una ciudad a otra- que oscila entre los $500.000 y $5 millones. Al mes ese valor se duplica porque las redes les cobran por cada día que están en sus sitios, el triple si no quisieron trabajar, el valor de las drogas que muchas consumen para evadir la realidad. Cuando reciben el pago de un cliente, el dueño del lugar toma el 60% y el otro 40% se lo entrega en fichas plásticas que ellas canjean por comida y sus gastos diarios. Las redes pagan a sus esclavas con monedas de juguete. Tokio, Japón. En la calle Ikebukuro, Marcela se va un hotel con aquel tipo hambriento. Ese fue el comienzo: un día se acostó hasta con 18 hombres. Recorrió casi todas las calles de esa ciudad en la que a veces los edificios ocultan el cielo. Las manos le seguían sudando: tenía que pagar a la mafia Yakuza cinco millones de yenes, unos $200 millones, por los gastos de su traslado. En 18 meses recogió 45.000 dólares, pero llegó a Colombia sin una moneda. Pensó en esconder en sus genitales algunos billetes, pero los yakuzas revisaban. Si encontraban dinero le hubieran quemado el clítoris.Lea la segunda parte de este informe titulado "Narcotráfico: el imán detrás de la trata de personas en el Valle del Cauca".

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