Historias de ‘Caucanistán’, la tumba de 21 policías

Octubre 22, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Andrés Felipe Becerra | Reportero de El País
Historias de ‘Caucanistán’, la  tumba de 21 policías

El detalle es diciente. Una metáfora en mármol de lo que a veces significa llevar un uniforme en el departamento del Cauca: afuera de la estación de Policía de Toribío hay una cruz y una lápida en memoria del policía que murió allí, víctima de un atentado de las Farc.

Los uniformados han muerto no sólo en combates. Pequeños detalles de los dramas que esconde la guerra.

Pocos civiles lo saben: la región donde han asesinado 21 policías en lo corrido del año es conocida entre los uniformados como ‘Caucanistán’. Este juego de palabras hace alusión a uno de los países más violentos del mundo, Afganistán. En ambas partes, el Medio Oriente y el departamento del Cauca, el homicidio de un policía se ha convertido casi en una cotidianidad.Ayer se cumplió un mes de la muerte de los últimos dos policías, emboscados en la vía Corinto-Miranda. Según las autoridades, el asesino del intendente Rafael Antonio Alquichides (37 años) y del patrullero Jaime Alexis Isaza (de 22), habría sido un francotirador de la guerrilla que se movilizaba con otro hombre en una motocicleta. Los policías investigaban en esa zona la salida de un cargamento de droga.Dos semanas antes, el patrullero John Jairo Muñoz (de 24 años) murió de un disparo de fusil en el pecho, en un enfrentamiento contra las Farc, en el corregimiento de El Mango, a 20 kilómetros de Argelia. Ese mismo fin de semana, tras un ataque del Frente 60 contra la estación de ese municipio, falleció el subteniente Jonathan Alexander Uribe (de 27 años).Y antes de ellos, en diferentes veredas y corregimientos, cayeron Eiberg Giovanny Rojas, Juan Andrés Rendón, Juan Pablo Rendón, Guido Holguín, Guido Cifuentes, José Oswaldo Mesa, Efrey Álvarez, Diego Armero, William Alberto Lozano, John Jairo Ríos, Jhoan Alejandro Galvis, Junior Gonzalo Gálvez, Sammy Muñoz, Jamerson Altamirano, José Luis Castaño, Ricardo Zuluaga y Carlos Cepeda.Hombres de familias invisiblesSon las 3:45 p.m. de un miércoles de septiembre y entre las ruinas de una casa, cerca al búnker de la Policía de Toribío, un policía que hace parte de los anillos de seguridad de la zona confiesa que lleva cinco meses sin ver a su familia. Cinco meses que se pueden convertir en seis, ocho, un año. La familia, para los policías del Cauca, a veces es un recuerdo lejano.El agente, de piel morena, toma su radio para dar reporte del hostigamiento guerrillero que se ha presentado todo el día en la vereda San Julián, a cuatro kilómetros de allí. Pese a la distancia, se alcanzan a oír ráfagas de fusil. Allá en las montañas, dos helicópteros y un avión fantasma apoyan a un grupo de policías y soldados. A esos soldados del Ejército los policías les llaman ‘primos’; eso, por qué no, los hace sentirse en familia en medio del conflicto. La familia, un recuerdo lejano.Quince minutos después los disparos siguen. El paso del tiempo y los tiros en el aire hacen que el capitán Nelson Cañón, comandante de la estación de Toribío, hable de los antecedentes: durante una toma guerrillera en el 2002 los enfrentamientos duraron 48 horas.Cañón extraña también a su familia, algunos de los suyos, precisa, ni saben dónde está. “Es mejor así, la familia sufre más que uno. Hay información sobre la intención de la guerrilla de tomarse el pueblo en cualquier momento, de entrar con toda, con tatucos, cilindros bomba, a bala. Con toda es toda”.Son las 4:35 p.m. y Cañón, el comandante de piel blanca y ojos cafés, saca una manzana de su bolsillo y se la come lento, luego se fuma un cigarrillo. A veces la guerra deja tiempo para recordar: durante el ataque a Villa Rica, en febrero pasado, murió su amigo, el coronel Guido Cifuentes. Decirle a una esposa, a un hijo, a una madre, que un familiar ha muerto, es muy difícil: “La familia sufre más que uno”, repite.En el Cauca, los policías tienen otras limitaciones que van más allá de las dificultades para ver a la familia. Ellos viven pequeños dramas, diminutas tragedias que vistas en medio de la guerra, son otra cosa. Por ejemplo, no juegan fútbol en las canchas de los pueblos, no pueden estar tanto tiempo en las tiendas, no hablan con mujeres. En cualquiera de estas situaciones pueden convertirse en blanco fácil para la guerrilla y en especial para los diez francotiradores que, se estima, se mueven por toda la región.Más que palabras trabadasEn el sur del Cauca, tal vez pocos civiles en el país lo sepan, hay contradicciones como esta: El Mango, un pueblo con ese nombre, es el infierno de los policías. En los dos últimos años la estación de Policía de ese corregimiento de Argelia (norte del Cauca) ha sido hostigada 90 veces.Tanto así que un patrullero de 24 años afirma que no hay que decir estación porque lo que hay es una especie de casita adaptada para los policías. “El último combate con la guerrilla fue desde las 5:00 p.m. hasta la 1:00 a.m”.En El Mango, el joven policía cuenta de otras peleas de las que nadie se da cuenta: “Luchamos también por la alimentación. Es escasa, no nos venden, no hay. A la gente le da miedo atender a los policías y cuando lo hacen nos dejan poca comida escondida en algún rincón del pueblo. Entonces, la única comida es la reserva que le mandan desde el Comando”.Sin familia, sin gente a la que se le pueda hablar sin miedo, sin parques donde comerse un helado, sin comida, ‘Caucanistán’, ese término utilizado por los uniformados, parece mucho más que un simple juego de palabras.

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