Héctor Beltrán, el hombre que perdió a su hijo en el Palacio de Justicia

Julio 27, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Alejandra Bonilla | Colprensa
Héctor Beltrán, el hombre que perdió a su hijo en el Palacio de Justicia

Héctor Jaime Beltrán, papá de un joven desaparecido en el Palacio de Justicia.

Héctor Jaime Beltrán, de 85 años de edad y padre de uno de los desaparecidos del Palacio de Justicia, habla del libro de 169 páginas que escribió para contar su triste espera.

‘El Suplicio de la larga espera’ es un relato sencillo, no de un escritor, es de un padre de 85 años que cuenta cómo se sobrevive esperando a que se haga justicia por su hijo, uno de los desaparecidos del holocausto del Palacio de Justicia. Don Héctor Jaime Beltrán consignó en 169 páginas los escritos que empezó a hacer poco después de que su hijo Héctor Jaime no regresara a casa ese 6 de noviembre de 1985, luego de trabajar como mesero en la cafetería del Palacio. ¿Dónde estaba ese 6 de noviembre? Estaba trabajando como topógrafo en la vía Bogotá - Girardot y vi por la televisión, en la oficina del trabajo, al Palacio en llamas. ¡Mi hijo! Y me fui a lo que daba el carrito para la casa. Mi esposa desesperada. Nos fuimos para el centro y no nos dejaron entrar. Logré llegar a la Casa del Florero y empecé a preguntar por mi hijo en ese embolate. El Ejército decía: “Retírese”, con ese totalitarismo. Fuimos al anfiteatro de la 13 y logré entrar. Fue terrible, nunca había visto tanta barbarie, tanta violencia, los cuerpos quemados y unos lavados y mi hijo no estaba. Busqué hasta las 8 de la mañana. Luego fui a la brigada del Ejército en Usaquén y ellos otra vez con su “retírese”. No sabemos qué pasó. ¿En qué momento usted y su familia se hacen a la idea de que su hijo no va a volver?Viendo que habían pasado tantos años y que no se había podido esclarecer nada, que habían matado a nuestro primer abogado, el doctor Umaña, yo dije: “Mi hijo no va a volver”. No obstante ella (en referencia a su esposa), muchos años después mantenía en la puerta esperando que llegara. ¿Le molesta que el coronel Plazas esté preso en una guarnición militar?Esa es mi queja. Cómo es posible que una persona juzgada por crímenes de lesa humanidad, que está condenada por un Tribunal, esté viviendo del pueblo y en un sitio que no es cárcel. Es una guarnición que tiene no sé cuántos metros cuadrados para caminar libremente, sin rejas. Mejor dicho, para gozar de privilegios hay que ser asesino. La misma sentencia del Tribunal ordena que tiene que ir a una cárcel, a él no lo juzgó la justicia castrense y no es un oficial activo. Son asesinos que se ampararon bajo un uniforme para sacar sus impulsos violentos. ¿Qué cree que puede pasar en la casación (del caso del coronel Plazas) que estudia la Corte? Pienso que al paso que vamos, de pronto queda libre, porque la presión es grande, la plata de por medio es más y la corrupción es peor. No creo mucho en la parcialidad de la Justicia. Nos hemos ganado enemigos gratuitos. Fernando Londoño se ha ido lanza en ristre contra nosotros. ¿Se han sentido maltratados? Hemos sido estigmatizados, maltratados. Esa es la prueba, qué justicia hay para nosotros. ¿Cuándo han pedido perdón? La misma sentencia dice que nos debe pedir perdón por los actos cometidos y cuando yo pasé una carta contra (el expresidente) Belisario Betancur a la Comisión de Acusaciones de la Cámara, se limpiaron el cuello con ella.En el libro dice que el Palacio de Justicia es el primer ‘falso positivo’. ¿Por qué? Tildar a los empleados de la cafetería como “especiales”, para poderlos torturar y matar y decir que eran guerrilleros. Ese es uno de los grandes falsos positivos. Eso ha sido una tragedia. Nos lo negaron (a Héctor). Yo me he encarado con todos, yo he insultado a Petro y a Navarro Wolff. Y ahí se empieza a concretar el libro… Como nadie me paraba bolas. Alguien me dijo, eso que usted escribe, arréglelo y lo mandamos a editar. Este libro es como un tatuaje en la mente para mi familia, que nunca se les olvide lo que su viejo luchó para saber la verdad, a pesar de que es una ‘pelea de burro amarrado contra tigre’. ¿Cree que hay posibilidad de encontrar a su hijo? A mi esposa le he dicho que se olvide. Han tenido 28 años para desaparecer hasta el último vestigio de los restos de los desaparecidos. ¡28 años con toda la capacidad para que no quede nada! No creo que encontremos los restos y eso es una angustia terrible. Por lo menos otros tienen donde velar a sus víctimas, una oración, unas flores... ¿Hicieron alguna tumba simbólica? No hemos hecho nada. Hasta ahora no lo hemos pensado, porque sería darles satisfacción a los victimarios. Hemos luchado, sí. Luché mucho para que una placa en piedra se pusiera en el zócalo del Palacio de Justicia, pero me la aceptaron en la Casa del Florero. Y logramos ubicar una placa grande en el Palacio de Liévano. Usted demandó a la Nación y el Tribunal ordenó que el Ejército le hiciera una carta y se la entregaran a través de su abogado… ¿Cómo le parece? ¡Cómo si fuera un recibo de la luz! Fui y me quejé con la magistrada; me dijo que me daba la razón, pero ordenó 100 salarios mínimos. Eso es la humillación más grande. Eso no se hace con un ser humano.

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