Guardia indígena, el poder oculto que empieza a verse en el Cauca

Julio 15, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Oriana Garcés Morales | Reportera de El País

Pocos lo saben: la guardia indígena del Cauca está conformada casi por el mismo número de hombres que integran la Fuerza Pública que opera en el departamento. Sus propuestas y acciones también son cuestionadas por algunos caucanos.

- ¿Va a llamar al comandante o no?, le insistió el gobernador indígena de Toribío, Marcos Yule, a un guerrillero de las Farc que hacía un retén a pocos kilómetros del municipio. El subversivo, con un fusil Galil en una mano y un radio satelital en la otra, se excusó: “Si vienen por las buenas, los atendemos”.- Venimos por las buenas. Nosotros no tenemos los fusiles. En sus manos, el Gobernador, sólo llevaba un bastón.El pasado miércoles, mientras el presidente Juan Manuel Santos se reunía con su gabinete en Toribío, las organizaciones indígenas continuaban las acciones que habían planeado desde el pasado fin de semana, luego de que la guerrilla arremetiera de nuevo. Esta vez había sido un ataque de tres días contra la estación de Policía: ráfagas, tatucos, balas perdidas. Los explosivos también reventaron contra el hospital indígena. Esta vez las víctimas fueron civiles: ocho heridos; uno de ellos una mujer que nada tenía que ver con la guerra y ahora no tiene piernas. El propósito de las acciones indígenas fue entonces una sentencia: lograr que no cayera un tiro más en contra de la población.Los indígenas, un grupo de más de mil hombres, mujeres, niños del norte del Cauca, habían determinado enfrentar la guerra a su modo. Mientras el Presidente prometía una inversión de medio billón de pesos para el departamento, ellos, organizados en dos comisiones, le exigían a los actores armados que salieran del lugar.Un centenar se montó en una chiva y llegó a bloquear un retén de las Farc en la carretera; otro más caminó durante dos horas hasta lo alto de un cerro para tomarse una base militar donde se acuartelaban cien soldados del Ejército. Lograron una y otra cosa. ¿Cómo un puñado de bastones llega a tener tanto poder? ¿Cómo creer que acabarán con el conflicto en un departamento que lleva 159 enfrentamientos armados este año?Luis Acosta, coordinador nacional de la guardia indígena, lo dice sin titubeos: “Es un ejercicio para defender nuestra vida”. Acosta es alto, de músculos firmes, voz pausada. Una fuerza contenida. El hombre también lo confiesa sin titubeos; lleva 25 años haciendo algo que es una misión de vida: proteger el territorio indígena. Así, cuenta, sucede desde la época de la colonia, conocida entre ellos como “la masacre”. Así se implementó en 1971, cuando se comenzaron a identificar como guardia cívica para la recuperación de la tierra y así, de nuevo, se comenzaron a consolidar a partir de 1999, cuando “por la situación del conflicto los cabildos del norte del Cauca deciden tener la guardia de manera permanente”.Es precisamente el conflicto, reitera, el que convirtió a esta parte de la comunidad indígena en una autoridad visible en cada cabildo y vereda del departamento al punto que, actualmente, está presente en ocho regiones del país.Ahora no sólo defienden el territorio, sino que también han establecido protocolos de actuación cuando hay combates: trasladan a la población civil hasta un sitio seguro, sin importar si es en medio de las balas; atienden a quienes hayan quedado heridos y establecen asambleas permanentes hasta que puedan volver. Aquello se lleva en la sangre.Hoy, la guardia, llega a los 10.000 hombres. Casi la misma cantidad de uniformados que Ejército y Policía tienen en el departamento (11.400). Y como si fuera un cuerpo policial, responden a las indicaciones de sus coordinadores. Si sus redes de comunicación se dificultan, usan las emisoras indígenas.Su autoridad no se cuestiona: va más allá de la disciplina y se sitúa en lo cultural y espiritual. La guardia indígena es, prácticamente, un mandato divino. Ante los hechos recientes, su poder invisible empieza a ser más evidente. “Todos nacemos guardias”El miércoles, durante el ascenso de la comisión indígena hacia el cerro donde está la base militar, fue posible ver que la Guardia no sólo está compuesta de hombres. Aquel día, de camino hacia las nubes, también treparon mujeres y niños que luego durmieron al pie de los soldados, tras desmantelar las trincheras que éstos habían construido. Desmantelar en silencio fue su grito de guerra.Mujeres y niños con la misma capacidad de resistencia. Al otro día llegó el relevo. Otros indígenas ascendieron para que quienes necesitaban volver bajaran a sus parcelas.En estas jornadas de resistencia, explica Acosta, participan hasta niños de brazos, llevados por sus madres. Pero si bien todos los indígenas nacen guardias, tan sólo algunos ejercen la autoridad; tan sólo algunos son dignos de llevar el bastón de mando. Esa escogencia se da a través de asambleas veredales en las que se concerta la decisión. Deben tener unas condiciones especiales, actitudes de liderazgo, compromiso para poder asumir la responsabilidad. En el caso de los hombres no hay una edad establecida. Las mujeres, deben esperar hasta su primera menstruación. El bastón, luego de ser entregado, es sacralizado por un médico tradicional o ‘teguala’ en una ceremonia realizada en una laguna. El bastón nunca se usa para agredir. El ‘teguala’, también, decide qué bastón portará quien entre a hacer parte de guardia. Aquella vara de madera, delgada como flauta y fuerte como bolillo, será para el hombre que lo recibe tan sagrada como su esposa. Y, para las mujeres, tan respetada como su marido. Autoridad cuestionadaPero más allá del evidente romanticismo que hay detrás de una resistencia civil simbolizada a través de bastones de mando, la polémica por las acciones de los indígenas se siente en el aire caucano. Incluso, circulan rumores sobre líderes de la guardia que convirtieron la resistencia civil en negocio: la plata que entregan agencias de cooperación internacional, se dice, no siempre llega a la comunidad.El miércoles, mientras los gobernadores y autoridades de cada cabildo se reunían en la plaza de Toribío para decidir si atendían o no al presidente Juan Manuel Santos, los residentes del casco urbano intentaron organizarse para que el mandatario los escuchara.“Nosotros también estamos cansados de la guerra, también somos víctimas, todos los días soportamos balas, bombas”, manifestó Clara Cerón, una habitante del área urbana que no comparte la posición de los indígenas.En medio de la multitud, la mujer reclamaba: “todos queremos una salida pacífica al conflicto, pero creemos que el retiro de las trincheras nos afecta más. Están decidiendo por la mayoría unos que ni siquiera viven en el municipio y no entienden las lógicas del área urbana”.Lo mismo dijo Gustavo Santacruz. Su reflexión era sencilla: si se retira la Fuerza Pública, detrás se irán los bancos, se acabará el comercio, se reducirán, aun más, las oportunidades de empleo.

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