Esta es la historia de dos jóvenes que vivieron media hora de terror en un taxi

Marzo 15, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Elpais.com.co

"El carro estaba parqueado en el andén del bar. Hasta tenía pintado uno de los números de teléfono a los que uno llama normalmente. El taxista, un hombre de unos 25 años, trigueño, parecía inofensivo. Caímos en la trampa"

“Me dediqué a rezar. Cerré los ojos con fuerza y le pedí a Dios que me sacara de esa pesadilla. Estaba sentada en un taxi, en medio de dos hombres que me apuntaban con revólveres. El movimiento brusco del vehículo me hacía mirar de reojo. Era la 1:30 a.m. Sabía que mi amigo y yo tal vez no volveríamos a ver el sol. Tengo 14 años y mi amigo 18. No es justo, pensé. El carro estaba parqueado en el andén del bar. Hasta tenía pintado uno de los números de teléfono a los que uno llama normalmente. El taxista, un hombre de unos 25 años, trigueño, parecía inofensivo. Caímos en la trampa. Eso fue un sábado hace quince días en el barrio Granada. Acabábamos de salir de la fiesta de 15 años de una compañera del colegio. Esa madrugada un frío inusual en Cali parecía avisarnos del ‘paseo’ tormentoso que nos esperaba. No se nos ocurrió pedir el taxi. Una vez en ese mismo bar, alguien nos dijo que los carros que estaban afuera eran seguros. Ojalá hubiera sido más desconfiada. El presidente de la Asociación de Establecimientos Nocturnos de Cali, Alejandro Vásquez, explica que los bares y discotecas no tienen ninguna relación con los taxis que se parquean en las afueras a esperar pasajeros. “Estamos tratando de tener un avantel para llamarles un taxi a los clientes o llevar una planilla para apuntar el número de la placa y el nombre del pasajero. Pero no respondemos por los que están afuera”, aclaró. Traté de romper el hielo. “¿Mucho trabajo hoy?, le pregunté al conductor que lucía nervioso. No me contestó. Ni siquiera me miró. En ese momento me dí cuenta que no era tan inofensivo. Miré a mi amigo y él trató de abrir la puerta de atrás. Tirarnos del carro era la única opción. Lo hizo despacio, rogando que el chofer no se diera cuenta. No abría. Tenía el seguro de niños. Estábamos encerrados. El cuerpo se nos congeló.En la Calle Quinta, como por el parque de Las Banderas, el taxi bajó la velocidad y allí empezó la tortura. Se detuvo justo en una esquina, donde dos hombres gordos de tez negra, nos esperaban ansiosos. Pegaron las armas al vidrio y se montaron. “E ntreguen todo lo que tienen. Cierren los ojos o sino los matamos”. Uno de los asaltantes se subió adelante y el otro se hizo atrás con mi amigo y conmigo. Me abrazó y me clavó como un chuzo el cañón del revólver en la espalda. “No miren. No hablen o se mueren”, gritó.Yo no llevaba bolso ni celular. Pensé que por eso me matarían. Mi plata la llevaba mi amigo. A él lo primero que le cogieron fue el Blackberry. Luego le revolcaron la billetera y cogieron todo: $100.000. Se enojaron porque no llevaba tarjetas. A mí no me creyeron. “Una niña tan linda y anda sin nada. Muy raro”. Empezó a tocarme en medio de las piernas y luego los senos. Me hizo una requisa minuciosa. Ese momento todavía no se me borra de la mente. Lo que más temía se dejó venir. Me puso su mano grande y sudada en la pierna. “Usted está muy rica para hacerle la vuelta”, dijo con ese tono morboso.El Gaula Antisecuestro de la Policía del Valle, donde se remiten los casos de ‘paseo millonario’, sostiene que este año no se ha recibido ni una sola denuncia sobre este delito, a pesar de que cada fin de semana los jóvenes están siendo víctimas de estos tormentosos ‘paseos’. “Las personas no denuncian. Por miedo o por pereza nunca aparecen las víctimas”, dijo el comandante del Gaula, mayor Jairo Montelagre. Que no me violen por favor. Eso era lo que le pedía a Dios todo el tiempo. Estábamos recorriendo la Autopista Sur y dábamos vueltas por el mismo lugar. “Cierre los ojos o la matamos”, me gritó. Pasaron 25 minutos. El hombre me preguntó que si estaba rezando por mí. Rezo por usted, porque sé que lo necesita, le dije. Dejó de tocarme. “Usted se va conmigo y su amigo con mi compañero, a él lo van a quebrar”. Mi amigo perdió el control y empezó a llorar.No sé si fue un milagro o en realidad sólo nos querían asustar, pero de repente el carro se detuvo. Y nos tiraron en una unidad residencial cerca a la Clínica del Rosario. Nos dijeron que si mirábamos para atrás nos mataban. Corrimos hasta la clínica. Temblábamos de miedo. Los vendedores de la zona nos dijeron que era normal que cada fin de semana llegara una pareja o unas niñas, víctimas del ‘paseo millonario’. Me contaron que muchas no corrieron con mi suerte. A ellas sí las violaron. Marta, quien vende minutos en esta clínica, reveló que a cada rato, incluso entre semana, llegan personas a pedirle prestado el teléfono y le cuentan que los robaron y los dejaron tirados cerca al barrio Colseguros. “Qué pesar. Casi siempre son jóvenes que cogieron los taxis al salir de discotecas o bares”.

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