Especial multimedia: Pablo Escobar, el mito de un fantasma que aún vive

Especial multimedia: Pablo Escobar, el mito de un fantasma que aún vive

Diciembre 02, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Santiago Cruz Hoyos | Reportero de El País
Especial multimedia: Pablo Escobar, el mito de un fantasma que aún vive

Pablo Escobar nació en 1949. Murió a los 44 años. Hoy tendría 64.

20 años después de su muerte, aún dicen que lo ven en Medellín, que hace milagros. El mito y la rabia todavía condicionan la vida de todo el país.

I Muerte de un hombre mitoEs un recuerdo aún nítido. Diciembre 2 de 1993. La ruta del bus Verde San Fernando se desplazaba por la Avenida Tercera Norte de Cali. Curiosamente, estaba a punto de pasar por la sede de un banco que un par de años atrás había sido arrasada por una bomba de Pablo Escobar. De repente, en la radio, el locutor interrumpió una canción y anunció una noticia de ultima hora. Con voz solemne, pero presurosa, dijo: Mucha atención. Fue abatido en Medellín el hombre más buscado del mundo: Pablo Emilio Escobar Gaviria. Los detalles, en minutos. La música volvió a sonar, pero ya nadie la escuchaba. En ese punto el recuerdo es confuso. Pasajeros aplaudiendo. Un gesto colectivo espontáneo. Pero no es seguro que haya pasado eso, los aplausos. Lo que sí sucedió es que aunque nadie se conocía entre sí, nos mirábamos como familiares que desde hacía mucho esperaban una noticia que por fin llegaba. Nos hablamos con la mirada. Nos felicitamos con la mirada. Nadie necesitó hablar. Después del shock por la noticia, alguno recostó su cabeza sobre la ventana y sonrió solitario. Era como si entonces, a partir de ese momento todo fuera a ser distinto.El hombre que acababa de morir mantuvo a todo el país encerrado en casa. Por su bestialidad dejamos de ir tranquilos a cine, al estadio, a los conciertos. Si pasábamos cerca de Drogas La Rebaja, lo hacíamos raudos. Escobar le puso varias bombas a ese negocio que pertenecía a sus enemigos y nos fue afectando, poco a poco, la psiquis. La cortinilla con la que los noticieros anunciaban una noticia de última hora – esa música tan angustiante – efectivamente nos ponía los nervios de punta. Así la noticia que se iba a anunciar fuera la postulación de un candidato a la presidencia, antes de que el presentador hablara nos preguntábamos: ¿dónde habrá sido la bomba? Vivimos con miedo. Crecimos con miedo. Somos la generación del miedo.En el bus en todo caso la alegría estaba atravesada por la culpa. Es extraño sentirse feliz por la muerte de un hombre, por más bárbaro que sea. Escobar sin embargo era mucho más que un hombre. Era un mito. Estaba presente en las vidas de todos los ciudadanos. Por el terror que generaba, nos las condicionaba. No había un día que no pensáramos en él. Era casi omnipresente, además. Cualquier colombiano se sabía alguna historia suya. Todos lo habían visto alguna vez, o tenían un familiar que se había paseado por su zoológico en la hacienda Nápoles, o un amigo víctima de su maldad. El portero de mi edificio siempre repetía el mismo cuento. Que una vez estaba cuidando un carro en la calle que resultó ser de Escobar. Cuando el capo se montó, le introdujo un fajo de billetes en el bolsillo de su camisa. Eran 500 mil pesos. Escobar se mitificó sobre todo por eso. Era santo y diablo. Era el bien y el mal. Encarnó al mismo tiempo la generosidad humana, pero también toda su bestialidad. Un experto en salud mental cree que un tipo así debe tener un trastorno muy grave. Escobar en realidad era un enfermo. Sí, la alegría en ese bus estaba atravesada por la culpa. El mito, aunque muerto, nos seguía condicionando la vida. El resto del día el país estaría frente al televisor o la radio, atento a la noticia. Aún, 20 años después, seguimos atentos. El mito sigue vivo. Todavía nos roza las vidas. Ver de nuevo a Escobar en una pantalla indigna. A veces, lo insultamos. Es una manera que tenemos algunos para expulsar la rabia. Porque la rabia, como el mito, sigue presente. II El mito se pasea por todo un paísLa RAE lo define así: Mito: Persona o cosa a las que se atribuyen cualidades o excelencias que no tienen, o bien una realidad de la que carecen. Justo lo que sucede con Escobar. Se dice tanto de él. Que tenía poderes sobrenaturales. Porque Escobar, piensa el periodista Juan Alberto Gómez, que alguna vez visitó Nápoles, encarna la leyenda del bandolero inmortal. Como ‘Palizada’, un guerrillero famoso en Antioquia, que se convertía en árbol o en humo para evadir a sus perseguidores. Con Escobar sucedía lo mismo. En el imaginario del país era invencible. Aquello lo reforzaba el hecho de que aunque el Bloque de Búsqueda le pisaba los talones, siempre escapaba. Precisamente de esa idea del hombre todopoderoso surgió otro mito: Escobar está vivo. Para una parte de Colombia es difícil asimilar que ese hombre que se suponía inmortal muriera así, solo, en el tejado de una casa, de un par de disparos. El tipo que era capaz de hacer una fogata quemando dos millones de dólares para salvar a su hija tenía que morir de otra manera. Entonces se crean leyendas para no desmitificar el mito. Y la leyenda dice que a Escobar lo han visto en Envigado abrazando a su hermano, El Osito; que el hombre que murió en el tejado era un doble. Uno que tenía Sida y que, a cambio de una fortuna para su familia, se ofreció a morir para que Escobar dejara de ser perseguido. La leyenda se fortalece por otros extraños datos reales. Pablo Escobar figura en el Registro Único Nacional de Tránsito con multas activas. Su licencia también está activa, y en la Policía está vigente una orden de captura. Lo curioso es que fue expedida el 15 de septiembre de 1998, cinco años después de su muerte. Debe ser que su fantasma sigue haciendo fechorías. Ese es otro de los mitos. Habitantes del barrio Medellín Sin Tugurios, ese que Escobar construyó para las personas que vivían en el basurero de Moravia, aseguran que por esas calles se pasea Pablo, el fantasma. Lo cuenta el artista plástico Esteban Zapata, un paisa que ha ido a esas calles a hacer un experimento. Esteban hace figuras en yeso de Escobar. Lo viste de Robin Hood, de paramilitar, de civil. En el barrio la gente compra esas imágenes para rezarle a Pablo, que ahí es considerado santo. Le piden casas para familiares, sobre todo. Pero Esteban también se va a otros barrios de Medellín, zonas de estrato medio y alto, y en cambio las figuras de Escobar las compran para destruirlas. Para descargar en ellas la rabia. Como una catarsis. Las tiran al suelo, las parten con martillos, mientras le mientan la madre: ¡Hijueputa! Es un reflejo de un país polarizado que se divide entre los que consideran a Escobar un héroe que hizo arrodillar a un Estado y los que lo consideran un criminal. Santo y diablo.El mito, entonces, 20 años después, permanece. La rabia también. La culpa por la alegría que se sintió en aquel bus tras su muerte quizá no.

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