Esclavitud o muerte: así es el infierno de los capturados en China por narcotráfico

Julio 28, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Yefferson Ospina | Reportero de El País
Esclavitud o muerte: así es el infierno de los capturados en China por narcotráfico

Luz Farid Celis, esposa de Harold Carrillo, condenado a muerte en China. Luz Farid vive en el oriente de Cali con sus dos hijos.

En China hay poco más de un centenar de colombianos presos, algunos condenados a cadena perpetua. Todos son explotados en las cárceles. El País conoció sus historias.

El cuarto de Luz Farid ha cambiado muy poco en los últimos cinco años: las paredes conservan el azul profundo interrumpido por el agujero de una ventana en un lado.

Al otro, la cama obstinada en su sitio, frente al armario de madera sobre el cual persisten las fotografías en las que se ve junto a Harold Carrillo, su esposo, y a sus dos hijos. Adentro del armario los cambios también han sido pocos: la ropa que ha desaparecido reemplazada por la ropa nueva ordenada a un lado de las camisas de Harold, puestas sobre los ganchos algunas, otras cuidadosamente dobladas junto a los pantalones.

Al fondo, en el suelo, los zapatos ocupan un lugar inmodificable, seguidos por las chanclas y los tacones que Luz Farid usa de cuando en cuando, sobre todo los días en que va a la iglesia. El único cambio es una ausencia, un vacío.

En marzo de 2010, su esposo Harold, que trabajaba como taxista, le dijo a Luz Farid que salía de viaje de negocios para otra ciudad. No le dijo a qué ciudad ni cuánto tardaría. Durante un año, Luz Farid no supo nada de él hasta que a principios de 2011 recibió una llamada de la Cancillería en la que le informaban que Harold había sido detenido en China con 1.700 gramos de cocaína. Seis meses después, otra llamada le informó que había sido condenado a la pena de muerte. Lea aquí: Cartas de colombianos desde una prisión en China: historias de una esperanza moribunda

La condena de Harold no ha sido ejecutada. Se ha ido posponiendo año tras año, alimentando la esperanza de su esposa y sus hijos, Michael y Diana Marcela. Una esperanza que es una paradoja, apenas un aplazamiento: Harold, además, fue diagnosticado en enero de 2014 de cáncer de garganta.

Pero el caso de Harold no es único. Hasta principios de 2014 se contaban 104 colombianos en cárceles chinas, varios de ellos condenados a muerte o a cadena perpetua por delitos relacionados con el tráfico de drogas y el tráfico de personas. Vea aquí: Mapa: las ciudades donde están presos los 104 colombianos en China.

La cárcel Dongguan es la prisión china que más ciudadanos extranjeros alberga. En las celdas conviven hasta seis personas, compartiendo un mismo baño, durmiendo en losas de cemento que hacen de camas y usando bolsas plásticas como cobijas en la noche.

La cárcel, en realidad, es una oscura y gigante fábrica. El gobierno Chino dispone en su legislación que todos los reclusos deben trabajar al interior de las prisiones. En el papel, la ley se propuso como una posibilidad de formar laboralmente a los reclusos y permitirles que con el pago del trabajo puedan obtener un cierto capital.

En la cárcel, la ley es un condena en medio de la condena. Danny Cancian es un ingeniero neo zelandés que purgó cuatro años de cárcel en la prisión Dongguan, luego de ser detenido en medio de una riña. Salió de prisión en 2012. Al otro lado del teléfono, en la antípoda de Colombia y en un inglés rudo pero con una voz gentil, Danny contó que las jornadas laborales en la cárcel eran de 12 horas, con 20 minutos de descanso en cada comida.

Los guardas golpean a quienes hablen entre sí y durante el tiempo de trabajo solo se puede ir al baño dos veces. Su trabajo consistía en armar audífonos. Un día, mientras otros reclusos empacaban en las cajas algunos de los audífonos confeccionados, Danny descubrió que iban a ser enviados a la aerolínea neozelandesa Qantas, así como a la británica British Airlines y la árabe Emirates, las mismas en las que él había viajado en varias ocasiones.

El descubrimiento fue desolador, triste: Danny imaginó en un recuento vertiginoso las veces en que había usado los paquetes de audífonos mientras viajaba, cómodo en su asiento, ignorando la desesperación cotidiana de cada uno de los hombres cuyas manos habían cofeccionado los aparatos.

Desde el 2011 Harold fue recluido en la cárcel Dongguan. Además de los audífonos, también manufactura linternas. Los guardas les exigen a diario un mínimo de 1.500 linternas o audífonos terminados. No cumplir la meta equivale a perder la llamada de cinco minutos cada mes a Colombia. O una paliza. O ser encerrado en un cuarto oscuro por varios días.

Come arroz con vegetales, al desayuno, al almuerzo, a la comida, de nuevo, al día siguiente, la formación en el patio, las 1.500 linternas o audífonos, el arroz con los vegetales, los golpes, el silencio. Algunos de los prisioneros, ha contado Harold, se enloquecen y se tornan violentos. Así que los someten a choques eléctricos. La descarga y luego al cuarto oscuro. Después de trabajar durante un mes todos los días de la semana, a cada prisionero se le paga en promedio 10 yuanes, cerca de dos mil pesos colombianos.

La cárcel no les entrega implementos de aseo elemental como jabones o papel higiénico. El salario es usado para comprarlos en tiendas que son propiedad de la cárcel.

En 2013, la periodista Lisa Murray, corresponsal en Shangai del diario neozelandés Financial Review, denunció en un reportaje que las aerolíneas Qantas, British Airlines, la multinacional de celulares Huawei y la firma de electromésticos Electrolux compraban productos elaborados en prisiones chinas.

De acuerdo con Murray, lo que hacía cada una de esas firmas era comprar a intermediarios algunos de los dispositivos necesarios para la confección de los productos que vendían. Los intermediarios, a su vez, los compraban en las cárceles chinas.

Luego de la denuncia, las empresas afirmaron que harían una monitoría sobre toda la cadena de compras y que, en caso de determinar que efectivamente algunos de los dispositivos que usaban provenían de las cárceles chinas, cambiarían de proveedor.

“El problema es que los proveedores subcontratan en las cárceles y no le dicen al cliente al que venden los productos de dónde vienen éstos. Así que el cliente, digamos las aerolíneas o cualquiera de esas firmas, para mantener el precio bajo se hacen los que desconocen lo que está pasando”, comenta Lisa Murray. En síntesis, se trata de economía, de maximizar las ganancias. El abuso de unos contra otros resumido en una ecuación.

De acuerdo con estadísticas del Dane, las importaciones que más han crecido en los últimos cinco años en Colombia son precisamente las de China, debido principalmente a dos fenómenos: el primero tiene que ver con la apertura económica en los últimos veinte años. El segundo, con que a pesar de que en Colombia se fabrican muchos de los productos importados desde China, en el país asiático se producen a precios mucho menores.

La periodista neozelandesa Lisa Murray, especializada en temas de economía, afirma que una de las razones por las cuales China puede producir a precios inferiores de otros países, es “porque la mano de obra es mucho más barata, y esto se da porque China no solo explota laboralmente a muchos de sus prisioneros, sino que existen casos documentados de campos de explotación laboral, zonas en las que las personas trabajan durante intensas jornadas con remuneraciones bajísimas”.

Entre los productos que Colombia importa desde china se destacan las lámparas, los receptores de televisión, radioreceptores, aparatos de comunicación, calzado y alimentos en general.

La mujer ha pedido que se le llame Juana. Colombiana, llevaba tres años trabajando en China y en julio de 2014 fue llevada a la cárcel de Guanndong durante cuatro meses, luego de una riña. En la cárcel el día empezaba a las 7:00 a.m., cuando, luego de una formación en el patio central, tenían que marchar hacia la fábrica de lámparas, donde trabajaban hasta las 6:30 p.m., con un descanso de una hora para almorzar.

Juana afirma que cada una de las reclusas tenía una tarea específica dentro de la cadena de producción: algunas soldaban los terminales del bombillo de la lámpara, otras tenían que encajar la base, otras atornillar, otras poner la copa alrededor del bombillo. Ella era de las que soldaba.

A diario, en la cárcel le exigían una producción mínima de 1.500 lámparas: Juana tenía que poner 3.000 puntos de soldadura cada día: mantener las manos y los ojos, el cuerpo entero, en la misma posición durante cerca de 12 horas.

“Eso lo haces el primer día, el segundo te duele la cintura y el cuello. El tercero te duelen las manos y las nalgas de estar sentado. Al cuarto piensas que te quieres matar, que te vas a volver a loco. Solo descansábamos el domingo, y teníamos suerte, yo me enteré de que en algunas cárceles no se descansa”.

Juana cuenta que algunas de las lámparas eran una copia de productos Apple y que incluso tenían el logotipo de la manzana. También cuenta que comprobó que en algunas de las cajas en que eran puestas las lámparas para salir de la prisión, se podía leer que el destino final eran países como Brasil y Colombia. Al final del mes, Juana recibía 10 yuanes por su trabajo. Podía comprar un jabón y elegir entre papel higiénico y pasta dental.

Luz Miriam tiene 60 años. Hace dos que salió de Pereira y se instaló en la ciudad de Guangzhou. Allí vive vendiendo arepas, tamales, sancochos, también cortando cabello y haciedo pedicures a los colombianos que trabajan en esa ciudad del sur de China. Luz Miriam decidió irse porque su hijo purga una condena de cadena perpetua en la cárcel Dongguan.

Su esposo, por otro lado, está condenado a muerte. Ambos fueron detenidos cuando intentaron ingresar cocaína a ese país. Ambos trabajan en jornadas que van desde las 6:00 a.m., hasta las 5:00 p.m., con un descanso de no más de media hora para el almuerzo. Su labor consiste en soldar elementos electrónicos usados para circuitos de radios, televisores o computadores.

El hijo de Luz Miriam viene perdiendo gradualmente la visión en uno de sus ojos y sufriendo de severos dolores de cabeza, debido a la extenuantes jornada de trabajo.

A través de la bocina del teléfono se puede oír a Luz Miriam llorar, lamentarse de ver a su hijo y a su esposo como en una lenta y atroz muerte. “Yo no entiendo”, dice. “Por qué el Gobierno de Colombia hace tantos acuerdos económicos con China pero no hace nada para defender los derechos humanos de sus propios ciudadanos. No entiendo”.

En la casa de Luz Farid hay cosas que se preservan con una insistencia a la vez silenciosa e implacable. El cuarto en que durmió con Harold, su esposo; la ropa de Harold que sigue intacta; las fotografías de la familia entera. “Yo todo lo mantengo así porque sé que Dios me hará el milagro de devolvérmelo vivo”. En esa casa, también, hay una esperanza que se preserva intacta, casi indestructible.

VER COMENTARIOS
CONTINÚA LEYENDO
Publicidad