En Villacolombia, en zona rural de Jamundí, la gente dice vivir al amparo de Dios

Agosto 21, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Alda Mera I Redacción El país
En Villacolombia, en zona rural de Jamundí, la gente dice vivir al amparo de Dios

Así lucía el corregimiento de Villacolombia, arriba de Jamundí, cinco días después de que la guerrilla de las Farc atacara con granadas a una unidad del Ejército, donde murieron dos soldados. La Tercera Brigada adelanta los operativos de control territorial.

Habitantes del corregimiento dicen que no hay combates ni explosiones ni zumban las balas. Más de 400 alumnos asisten al colegio de primaria y secundaria y la vida sigue su ritmo.

Son caseríos o corregimientos desperdigados por los filos de las estribaciones de la Cordillera Occidental. Jamundí arriba, en San Antonio o Villacolombia, la calma y la amabilidad de sus habitantes contrasta con el ruido generado por los problemas de orden público, que parecen más ciencia ficción en los noticieros de televisión.Y en realidad, no hay combates ni explosiones ni zumban las balas. Más de 400 alumnos asisten al colegio de primaria y secundaria y la vida sigue su ritmo. Pero en Villacolombia, el corregimiento en cuya vereda de Lomalarga murieron dos soldados del Ejército y quedaron heridos cuatro más a manos de las Farc, uno creería que está en Comala, ese pueblo fantasma creado por la imaginación de Juan Rulfo: hablan, van y vienen, cuentan, pero temen revelar su rostro y su identidad. Como si fueran almas muertas. Muertas de miedo.Lugareños señalan que se trató solo de unos soldados que en vez de acampar en el filo de la montaña, se metieron en la hondonada, ‘alguien’ o ‘ellos’ –allá no se atreven a llamarlos por su nombre: milicianos– avisó y vinieron tres o cuatro guerrilleros y los atacaron con granadas.“Serían unas doce, pero gracias a Dios explotaron solo cinco o seis porque si no habían matado a toda esa gente. Fue el jueves 11 de agosto a las 4:20 de la madrugada y no duró más de cinco minutos, no fue más”, explica alguien sin rostro y sin nombre.La convivencia con el peligro parece parte del paisaje y hasta la califican como “normal”. Y la mayoría coincide en una contradicción que resume todo: “aquí no pasa nada, todo está bien”, pero “ésto es zona roja, todo el mundo lo sabe”.Lo curioso es que a unos funcionarios les exigieron una certificación de que esas montañas verdes eran zona roja, para lograr nombramientos excepcionales. Y los pusieron a voltear por dependencias oficiales de Jamundí, la Tercera Brigada y hasta el Ministerio del Interior, en Bogotá, pero nadie dio fe de ello.Otro habitante sostiene que la gente repite ese calificativo porque los medios de comunicación lo dicen: “Lo único que hacen es dañar la imagen de Villacolombia, los turistas dejan de venir, los ciclistas dejan de subir, los familiares no vuelven, porque los de la televisión solo muestran el enfrentamiento, pero eso es entre el Ejército y la guerrilla que tienen su guerra, los demás seguimos trabajando para darles de comer a nuestros hijos”.“Mire, los médicos no vinieron y los pacientes hipertensos y diabéticos están sin sus medicamentos”, alega un usuario del centro de salud cercado por una malla oxidada y de paredes descarachadas. Otras personas admiten que sí, que “hace muchos años la guerrilla está por acᔠy que después de los ataques de Toribío les llegaron volantes que ordenaban “no darles ni el saludo al Ejército”.Unidades del Ejército patrullan las doce veredas de Villacolombia, luego de que la comunidad se quejara de bandas que asaltaban los pasajeros en la vía a Jamundí o que los extorsionaban. Pero piden su presencia constante, “porque hoy están, mañana quién sabe”, dejando en el aire frío de la montaña la percepción de que la seguridad del Estado ha disminuido.“No entendemos porqué levantaron el Batallón de Alta Montaña, que operó desde 2004 hasta noviembre pasado. Esto es un corredor hacia el Alto Naya, y mientras estuvo el Batallón estuvimos tranquilos, pero ahora solo nos ampara Dios porque hasta los inspectores de Policía se los llevaron”, dice otro habitante.Donde sí saben por qué el Ejército se fue con su batallón a otra parte es en San Antonio, un corregimiento en el otro filo de la cordillera. “Fue por los bochinches que llevaron a la Tercera Brigada: que los soldados venían a tomar trago, a fumar marihuana y a perjudicar a las muchachas”, dice una mujer del área rural.“Eso es mentira”, reclama una anciana. “Y sí salieron algunas embarazadas, pero es porque son muy brinconas y los papás no las reprenden; no fueron violadas ni obligadas, usted sabe, ellas se pegan del camuflado”, dice mientras la otra reclama que “por los chismes de unos tres dejaron desprotegidos a más de 300 habitantes”.El coronel Luis Edgar Cifuentes, comandante de la Tercera Brigada, negó estas versiones y confirmó que unidades del Ejército sí patrullan los caseríos y que el Batallón de Alta Montaña no se ha ido, sino que está en lo alto del Naya, hacia Peñas Blancas y Minas del Socorro y el puesto de mando está en Felidia.Admite que sí hay presencia de milicianos de la columna móvil Miller Perdomo de las Farc, que se camuflan entre la población civil y disparan desde las casas, pero “adelantamos operaciones para contrarrestar su accionar, sino esos bandidos estarían actuando libremente”.‘Esa gente’, es el sustantivo que abarca esa mixtura indivisible e invisible que hay entre guerrilla y narcos Farallones arriba. Unos niegan la presencia de las Farc. Pero otros afirman que “eso de aquí pa’dentro está plagado de guerrilla y de narcos. Uno ve los cocales desde que va entrando a La Liberia’, corregimiento ubicado a tres horas de Villacolombia por una vía destapada. “Allá se cultiva café, yuca, plátano, maíz y lo que usted ya sabe; allá hay lo bueno y lo malo”, dice un campesino.Lo historia se repite en La Meseta, La Borrascosa, La Cristalina y hasta El Ceral, el punto más alto antes de llegar al Alto Naya, esa zona selvática que “históricamente ha sido la zona de descanso de la guerrilla”, dice un ciudadano, y hoy es un laboratorio de procesamiento de coca. “Esa es la única forma de que les entre plata a coqueros y a guerrilleros”, afirma.Y aunque todos digan que nunca han visto que por esos caminos pasen armas, alimentos para la guerrilla o insumos para el procesamiento de cocaína, otros creen que ‘si pasan por aquí, es de noche, cuando uno está dormido, y los guerrilleros también, cuando uno no los ve’.No todos quieren ejercer como ciegos ‘ad honorem’ para no ver ‘gente extraña’ que se sienta en el parque o en un andén. Cachucha o sombrero, camisa o camiseta, jeans, botas pantaneras y un morral es el camuflado de milicianos de las Farc o el ELN que salen a husmear y regresan a reportar la situación.Fuentes de inteligencia señalan que la droga la sacan a lomo de mula del Alto del Naya hacia Buenaventura. “Por eso, en La Meseta o La Borrascosa o El Ceral, a seis horas de camino de Timba, un corregimiento repartido entre Cauca y Valle, una mula vale $9, 10 millones y hasta en doce millones”.Mezcla explosivaY esa economía explosiva de subversión y narcotráfico, que se cocina en las honduras y en las alturas de Los Farallones, cae a la ladera. Como en Timba, Cauca, donde dos francotiradores atacaron con armas largas la Estación de Policía desde una camioneta LUV hace una semana. Pero dicen que había unos 20 guerrilleros más vestidos de civil disparando a los agentes desde varios puntos y que en las esquinas vieron otros 15 o 20 más, armados, asegurando la salida.Los uniformados contratacaron por dos horas y dieron de baja a ‘alias RR’, comandante de las milicias urbanas del Frente VI de las Farc. Aparte del avión fantasma, no pidieron más apoyo porque la comunidad dice que en Timba, Valle, había guerrilleros, de civil también, esperando los refuerzos para emboscarlos.Y es que Timba, Valle, donde no hay Estación de Policía, parece un pueblo de vaqueros del viejo Oeste americano: como la coca da poder económico y militar, todos los días se matan entre ellos, bandas delictivas y bandolas de sicariato. “Eso es una bomba de tiempo, estas economías dependen del narcotráfico, todos tienen un primo, un sobrino o un amigo allá arriba y eso en la montaña es otro mundo”, dice otra fuente sin nombre y sin rostro.Así unos digan que la guerrilla regresó a su estrategia de los 70: tres o cuatro de civil y con granadas en una mochila atacan para crear el impacto psicológico de que todavía tienen poder, otros dicen que sí han visto pasar grupos de cien y hasta 200 hombres armados y uniformados en la oscuridad de la noche. Como otros fantasmas más de estos caseríos o pueblos al estilo de Comala. Donde nadie tiene rostro ni identidad.

CONTINÚA LEYENDO
Publicidad
VER COMENTARIOS
Publicidad