El 'show' del fallido proceso de paz con las Farc en el Caguán: una historia para no repetir

El 'show' del fallido proceso de paz con las Farc en el Caguán: una historia para no repetir

Septiembre 10, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Paola Andrea Gómez | Jefe de Información de El País

Una zona de distensión atestada de visitantes y una corte negociadora, de la que hoy muchos están ausentes, marcaron el frustrado diálogo de paz del gobierno de Pastrana. Testimonio.

Estoy en esto desde que las culebras andaban paradas”. La diciente frase, para explicar cuánto tiempo llevaba en la guerrilla, rompió el hielo de una reunión en la que había poco de distensión y sí mucho de tensión. Ahí estaba él, Manuel Marulanda Vélez, el hombre que dos años atrás había dejado la silla vacía, en una instantánea que quedó para la posteridad y que se convirtió casi que en una profecía para los diálogos del gobierno de Pastrana.Eran más de las dos de la tarde del sábado 11 de marzo de 2001, justo después de una larga semana, con una agenda a reventar, en el fallido proceso de paz de San Vicente del Caguán. Una semana en la que ahí mismo se dieron cita 28 embajadores de países amigos, con sus monumentales delegaciones; más de 40 madres de policías y soldados secuestrados aguardando por hablar con la guerrilla; un grupo de 17 niños Forjadores de Paz y algunos padres y docentes del Colegio Alférez Real de Cali y un batallón de reporteros dispuestos a captar hasta el más mínimo suspiro de lo que allí pasara.Quizás por el entusiasmo que le produjo el encuentro internacional de Los Pozos, donde los embajadores reconocían las bondades de la negociación, Marulanda se animó a romper el protocolo y llevó hasta su casa a más de 20 periodistas y reporteros gráficos que nos encontrábamos en la zona. Fue una cita inédita con el máximo líder de una guerrilla, que hoy de nuevo inicia diálogos con el Gobierno.Todo lo allí ocurrido fue casi surreal. Inimaginable en un proceso de paz que se asoma, sentarse con ‘Timochenko’ en su casa, en medio de la nada caqueteña. Imposible reconstruir la escena de esa tarde, en la que Sandra, la compañera sentimental de Marulanda (a quien vimos este jueves junto a los demás miembros de las Farc en Cuba) servía whisky a los periodistas y alistaba la mesa para el sancocho. Joaquín Gómez (ausente hoy de las cámaras), Simón Trinidad (en la cárcel, en Estados Unidos) y Andrés París (interlocutor de la guerrilla en la rueda de prensa que dieron en Cuba) rodeaban a su jefe, como una guardia pretoriana.Esa tarde, ‘Tirofijo’, desprovisto de escudería y con el rostro menos tieso de como lo registra la historia, confesó que tenía 71 años (justo 7 años antes de su muerte, ocurrida el 26 de marzo de 2008); que llevaba 36 años en la guerrilla, que jamás había votado, que nunca se había subido a un avión y que la única ciudad que había pisado era Ibagué.Al final de la jornada decidió hablarle a las cámaras y entonces su rostro adusto volvió a aparecer. Eso, para decirle al país que frente a las elecciones del 2002, según él definitivas para las negociaciones, prefería no opinar mucho, pero que era muy claro que Álvaro Uribe sería “el candidato del paramilitarismo”. Días después, muchos entendimos que quizás con esa frase, el entonces exgobernador de Antioquia, aún lejano para la mayoría del país, se convertía en la opción más viable de quienes no creían ni un ápice en las intenciones de paz de la guerrilla. Esa misma tarde, Marulanda aseguró que el tema del intercambio estaba casi listo: entonces no había secuestrados de una década, ni muertos en cautiverio. Al final, no hubo intercambio y el proceso se truncó.Al concluir el encuentro, de regreso a San Vicente, la radio informaba que la guerrilla, la misma cuyo líder acabábamos de escuchar en vivo y en directo, atacaba desde la madrugada la base de comunicaciones de Cerro Tokio, entre el Queremal y Dagua, dejando 16 infantes de marina muertos. Durante el proceso de paz del Caguán no hubo cese el fuego. Y por ese accionar violento, Pastrana decidió romper negociaciones y pedir el desalojo del Caguán, justo después de que secuestraran un avión y se llevarán al senador Jorge Eduardo Géchem, el 20 de febrero de 2002. Cuando se instalen las mesas en Oslo, la guerrilla espera convencer al Gobierno para que cese el fuego. El presidente Santos anunció que éste sólo llegará al final del proceso. Luces, cámara, negociación.Cuatro días antes del encuentro ‘íntimo’ con Marulanda, San Vicente del Caguán era un hervidero. No recuerdo un lugar más caluroso en la geografía nacional, ni siquiera el Chocó o Buenaventura. El hervidero era fruto también de las inmensas delegaciones internacionales y el ‘batallón’ de reporteros que atestaban el pueblo. Algunos medios alquilaban casas, porque viajaban tanto que les resultaba más rentable que pagar hotel.Entonces, usted podía toparse en una fuente de soda, de sillas plásticas puestas en el andén, al Embajador de España o al representante de México; al alcalde Néstor Ramírez, hablando para el canal local, desde múltiples planos; a los guardaespaldas de los visitantes ilustres excediéndose de copas en las noches, al mejor estilo de los hombres de seguridad de Obama en Cartagena. Y si miraba despacio y sin aspavientos, podía ver cómo gramaban y pesaban la coca en las balanzas de las tiendas, de las calles menos transitadas.Eran los años maravillosos de un pueblo que se acostumbró a vivir del ‘turismo de paz’; donde los taxistas ya tenían sus clientes fijos y las carreras a Los Pozos y al aeropuerto de Florencia costaban un dineral. Las ‘fufurufas’ estaban de plácemes. Incluso, dicen que muchos niños que hoy transitan entre los 10 y los 15 años fueron fruto de los amores furtivos del Caguán.En los hoteles había que reservar con mucha antelación. Recuerdo que para ese viaje, debido a la ocupación, nos alquilaron una especie de azotea con dos camas en un mismo espacio, a los dos enviados especiales de este diario. No había más. Un solo baño. La internet era un artículo suntuoso y quien lo ofrecía era un rey. La música de la emisora de la guerrilla amenizaba las tardes soleadas. Y dos vallas con el rostro de ‘Jacobo Arenas’ y ‘Tirofijo’, a unos pasos de la Mesa de Diálogo, sobresalían altivas en la geografía del paisaje. Era una imagen difícil de borrar.Todo eso pasaba en el Caguán, un año antes de romperse las negociaciones y justo cuando la Comisión Facilitadora Internacional expresaba que el proceso de paz estaba en su mejor momento. San Vicente, tan turística, cálida y a la vez desenfrenada como cualquier ciudad vedette del mundo, vivía de las mieles de una fama efímera y estigmatizante de la que ha luchado mucho por desprenderse.Las luces, las cámaras que nunca faltaron en esa negociación, sobre expusieron al mundo un proceso que a todas luces necesitaba un poco más de intimidad, esa que el entonces jefe máximo de la guerrilla nos ofreció en una tarde de marzo grabada en la memoria.El pasado jueves, en un auditorio repleto de periodistas en Cuba, en la mesa de las Farc había uno solo de los representantes de esa etapa del Caguán: Andrés París, con once años más de vida encima. Iván Márquez, repetirá como negociador. Raúl Reyes, el ‘Mono Jojoy’, Iván Ríos, Alfonso Cano y Manuel Marulanda están muertos. Colombia también cambió en los últimos once años, así como la mirada del mundo a nuestra realidad. Aprender de los errores del pasado, dijo el presidente Santos. Basta con recordar lo que ocurrió en el Caguán para entender que dicha premisa hoy es más que una obligación.

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