El lenguaje en tiempos del proceso de paz

Marzo 23, 2015 - 12:00 a.m. Por:
María Teresa Arboleda Grajales, reportera de El País.
El lenguaje en tiempos del proceso de paz

De cara al proceso de paz en Colombia, expertos recomiendan dejar atrás términos que aluden a la guerra. Hay que pacificar las palabras.

Si bien muchos colombianos desean  que pronto  se firme la paz entre el Gobierno y las Farc, el lenguaje que se  usa a diario está inmerso en un campo de guerra, en el que se escuchan frases como: “nuevo round por las tarifas”, “se disparan los homicidios”, “esta es una noticia bomba”, “guerra entre hinchas caleños y americanos”, “estalló nuevo escándalo”,  “un mercado disparado”, solo por mencionar unos ejemplos.

Y no es que las personas sean agresivas, lo que sucede es que muchos traspolamos la violencia  que nos golpea. Esa es la diferencia que puede existir entre un país y otro; no es que suceda solo en Colombia, en muchas naciones, por determinadas coyunturas, se arma el lenguaje y también  en otras, la palabra se desarma,  explica el cubano y filósofo del leguaje  Pedro Pablo  Aguilera.

Para  Aguilera, director del Departamento de Humanidades de la Universidad Santiago de Cali, hay que borrar determinadas palabras que aluden a la muerte, a la guerra y buscar sinónimos, pues el   castellano es muy rico en ellos. Para cada palabra hay  cinco o seis.

En alusión a los medios de comunicación social,  recomienda “no dejarse  llevar por la premura, hay que   pensar menos en el raiting y más en la función sutantiva de  la comunicación, que es la de educar, informar y entretener, pero con altura”.

Por su parte, Carmen Millán de Benavides,  directora del  Instituto Caro y Cuervo de Bogotá, quien está   empeñada  en cambiar ciertas formas de comunicarse que no aportan a la paz, considera que  “la herramienta de la palabra es muy poderosa, por eso hay que volver a lo que siempre nos han enseñado: pensar antes de hablar. Pero yo no diría solo desarmar el lenguaje, sino el corazón y todo”.

Debe haber  motivación, conciencia y perseverancia  para cambiar y saber que  un lenguaje positivo mejora la  calidad de vida de todos, opina la psicóloga Isabella Cucalón.  Si es preciso, dice, hay que pedirles a amigos y familiares que  ayuden a que dejemos el  lenguaje  violento.

“Si queremos vivir en un país en paz, tenemos que empezar por nosotros mismos”, advierte  Cucalón.

Hay que enfocarnos en términos positivos de lo que queremos, sugiere la instructora en Programación Neurolingüística, PNL, Julieta Cordero González, pues argumenta que “ahora que estamos trabajando por la paz, debemos hacer conciencia de que nuestro lenguaje debe contribuir con dicho  objetivo: cuando expresas algo, toda tu energía está allí y si lo mencionas en la manera como no quieres, le  das fuerza a eso que no deseas”. 

Un ejemplo práctico, plantea, es evitar hablar de una marcha en ‘contra’ de la violencia, y decir mejor: una marcha para ayudar a la paz de Colombia.

Frente a palabras como  terroristas o bandidos, expertos  sugieren que no siempre debe usarse esa calificación, pues dependiendo del caso,  se pueden reemplazar por grupos armados  o partes en conflicto.

Para  el docente Aguilera,  “hay mucha agresividad  con la palabra,  se demuestra en frases como ‘ese tipo me mató’, cuando en realidad se quiere expresar lo contrario, que le encantó. O ‘te voy a matar a besos’. La violencia está en todos los ámbitos,  somos una cultura latina  marcada por lo belicoso”.

Asegura que las  palabras tienen el poder de crear representaciones, imaginarios, tienen la fuerza de la imagen en sí mismas “y eso lleva, por ejemplo,  a que una persona, ante frases como  ‘noticia bomba’, sienta el sonido, la explosión del artefacto”.

Su teoría coincide con la explicación de la especialista   en PNL, Julieta Cordero González,  respecto a que una  afirmación como ‘se dispararon...’, debido   a la  situacion actual de Colombia, no genera paz. Al contrario,  transmite agresividad al  cerebro. 

Esto es  porque “el cerebro toma el mensaje de manera literal, sin análisis y sin sentido del humor, así uno diga las cosas en chiste”, complementa la profesional.

La credibilidad de la palabra no está en la violencia, sino en el manejo de la calidad periodística, afirma el docente de la Santiago de Cali.

“Quienes  trabajamos en los medios de comunicación debemos ser muy responsables.   Aunque claro, es mucho más fácil crear un enganche  desde una palabra impactante que desde otros frentes; es más fuerte decir ‘le tengo la noticia bomba, a decir ‘la  chiva’.  Y es que hemos dramatizado y espectacularizado la vida y  convertido los medios en terrenos de debate a través de una palabra muy agresiva”, sostiene.

Al respecto, el director de la Revista Semana, Alejandro Santos, afirma que “la palabra es un instrumento muy poderoso;  los medios son determinantes en cualquier conflicto y en ese sentido, me parece que no solo por el lenguaje hay que desarmar la palabra y reconciliarla también con el desafío que tiene Colombia en el posconflicto”.

Pero no solo en el tema puramente lingüístico-enfatiza-sino, sobre todo, en la deposición de odios, en las posiciones estigmatizantes, en la falta de espacios para la diferencia y en la dialéctica perversa de la confrontación, que vende mucho, pero no ayuda a que el  país se reconcilie, sino todo lo contrario.

“Frases como se dispararon los precios no me parecen graves, me parece más grave cuando se titula buscando confrontar posiciones y descontextualizando los temas”, puntualizó el Director de Semana.

De otro lado, cuando se trata del discurso político, pretender desarmarlo es ilusorio, dice Carlos Ramírez Escobar, profesor de la maestría en Derechos Humanos y Cultura de Paz de la Universidad Javeriana Cali. 

“Obviamente, hay un límite entre las descalificaciones y agresiones, por una parte, y el sano debate democrático, por otra, pero es una frontera difusa, pues cada bando en la disputa por el poder busca hacer hegemónica su lectura de la realidad”.

Así,  mientras se negocia la paz en Colombia, el lenguaje debe dar paso a uno menos beligerante,  que esté a tono con el ambiente de reconciliación nacional.

Respecto al lenguaje político, muchas veces polémico, el Instituto Caro y  Cuervo publicó el libro ‘Hugo Chávez y Álvaro Uribe o la fuerza de las palabras. Dos discursos para gobernar’, escrito por María Fernanda González. Propone un análisis que, enriquecido con los métodos de la estadística textual, permite identificar una estrategia política y la construcción de un proyecto de nación.

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