El drama de los habitantes del Cauca que viven en medio de las balas

El drama de los habitantes del Cauca que viven en medio de las balas

Febrero 26, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Perla Escandón, reportera de El País.

Tres habitantes del Cauca narran cómo se enfrentan a diario a la guerra. Testimonios de tres valientes.

Un campesino cansado de los estragos de los ataques Siete explosivos han caído en el último año en los alrededores de la casa de Silvio, un campesino que reside a unos 500 metros de la cabecera de El Palo, en Caloto.El más reciente fue lanzado el lunes pasado en el ataque donde murieron tres militares y 11 más resultaron heridos. Ese ‘tatuco’ dañó la reja del balneario que este hombre construyó hace ocho años como una forma de sustento. Además, las esquirlas afectaron cinco ventanas.Dice que perdió la cuenta del número de enfrentamientos del Ejército y las Farc, en los que su predio ha salido perjudicado. “Han sido tantos que uno ni se acuerda. Dos veces he tenido que arreglar toda la casa”.Asegura que en ocasiones pasa días enteros encerrado con su esposa mientras pasan los combates. Resguardados esperan en una de las cinco habitaciones, mientras que en las afueras guerrilleros y soldados corren y se esconden entre los matorrales.Afortunadamente, subraya que los actores de ambos bandos nunca han entrado a su casa, ni lo han presionado. “Cuando los disparos nos dan tiempo, salimos y nos vamos para el pueblo”, dice este hombre natural de Toribío, que hace cuatro meses fue operado del corazón. El balneario y una plantación de uvas son motivos suficientes para querer quedarse en su finca, de plaza y media de extensión. Pasa su tiempo cultivando uva Isabella, que luego comercializa en El Cerrito, Valle, o también produciendo vino artesanal. “Cuando hay ataques me dañan entre 15 y 20 matas”, dice este labriego, lamentando que esta fruta da cosecha cada seis meses.Manifiesta su preocupación de que por causa de los atentados terroristas los turistas descarten visitar el balneario en esta Semana Santa.“No tendría de qué vivir si eso pasara”, asevera este hombre aposentado hace 22 años en ese corregimiento. Sin embargo, cuando el pueblo está en calma, don Silvio también debe soportar, en algunas ocasiones, los estragos de la naturaleza. “El 4 de diciembre del año pasado y el 22 de enero del 2012 la creciente del río inundó la casa y dañó unos enfriadores y unos electrodomésticos”, expresa este hombre.Una madre con las cicatrices de la guerra Nadie como Zoila María Fernández sabe lo que es vivir la guerra en carne propia. No sólo hace once años los paramilitares asesinaron a dos de sus hijos, al considerarlos auxiliadores de la guerrilla, sino que su vivienda siempre ha sufrido las consecuencias de los ataques de la subversión. “El 24 de febrero del 2001 los paramilitares los sacaron de los dormitorios y los mataron. Uno tenía 30 años y el otro 28”, recuerda. Luego de que las Autodefensas asesinaran a sus dos hijos, esta mujer de 60 años salió con el resto de su familia hacia Pereira, donde vivió tres años, pero la falta de empleo hizo que se devolviera a su natal corregimiento El Palo.A pocos metros del puente que une con el casco urbano de Caloto, esta señora levantó una casa, cuyas paredes están agujeradas por balas de fusiles y esquirlas de ‘tatucos’. Uno de los explosivos reventó un muro que permanece así porque “para qué arreglarlo si en cualquier momento se arman los hostigamientos y además nadie va a comprar una propiedad aquí”. “Uno vive asustado, la tranquilidad se acabó hace como unos quince años, pero para dónde se va a uno si esta es nuestra tierra”, manifiesta esta abuela.Repite que ella y su familia no abandonan ese pueblo porque no es fácil conseguir empleo en las grandes ciudades. “Ya pasó lo más duro en mi vida que fue perder a mis dos hijos. Ahora lo que hago es que cuando suenan las balas, nos tiramos bajo las camas y esperamos que pase todo. Yo no dejo salir a mi nieta”, acota la mujer que con su hija maneja un asadero.Un socorrista que rescata vidas en medio de las balasPocos incendios atiende al año, a pesar de que esa es su especialidad. Alfredo Guevara, comandante de los bomberos de Caloto, pasa más tiempo en la ambulancia en busca de heridos dejados por los hostigamientos de las Farc.Este hombre y sus 51 unidades rescatan vidas, muchas veces, en medio del fuego cruzado y sin ningún tipo de protección como un chaleco antibalas. En algunas ocasiones las Farc respetan el uniforme rojo de los socorristas y cesan los disparos, pero por eso ellos no dejan de “encomendarse a Dios”. Así lo vivió un sábado de marzo del año pasado cuando la guerrilla atacó el puesto de Policía de Caldono y lesionó a un uniformado y a un niño. ”Yo estaba en una capacitación y había enfrentamientos, nos tocó entrar a sacar a los heridos, teníamos las balas encima”.Lo hizo aún sabiendo que podía morir en el intento, pero jalonado por la fuerte convicción de que su misión es salvar vidas. Guevara relata que por el hecho de pertenecer a un organismo humanitario no están exentos de sufrir las consecuencias de los atentados terroristas. “Desde el 2010 para acá el cuartel se ha visto afectado por tres ataques. Una vez por matar a unos policías que tenían un retén al frente, (las Farc) lanzaron unos explosivos y las esquirlas dañaron unos carros y el techo de la sede”, narra el jefe de bomberos.Recuerda que en 1986 cuando el cuartel quedaba al lado de la estación de Policía, un atentado lo destruyó totalmente. “Nosotros sólo tenemos a Dios para protegernos”, reitera este hombre nacido en Puerto Tejada y que lleva 32 años en la institución.

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